martes, 11 de septiembre de 2012

Uno

UNO



    La nevera ya estaba vacía, y por muchas veces que Daniel la abriera para examinar su contenido, no se llenaba mágicamente.
    Cerró el refrigerador dando un portazo haciendo que unas botellas de plástico cayeran al suelo, ni se molestó en esquivarlas.
    Siguió rebuscando en su cocina, en todos los muebles y estanterías, pero a parte de azúcar, sal y algunas especies, no había nada realmente comestible, y ya llevaba así tres días.
    Desde que todo se fue a la mierda había sido capaz de sobrevivir con lo que tenía en su despensa, pero ahora ya no le quedaba nada, ni siquiera un asqueroso paquete de arroz, o pan duro, incluso el pan rallado le parecía una buena opción en aquel instante.
    Caminaba por su casa despeinado y sin afeitar, con una camiseta de tirantas y un viejo pantalón vaquero.
    Había llegado la hora, no quería aceptarlo pero era así, en su casa ya no había alimentos así que tendría que buscarlos fuera, y era algo que no quería pensar, era algo que no quería intentar, pero era algo que debía hacer si quería vivir.
    Decidió hacerlo, quedarse sin hacer nada solo le traería una muerte lenta y dolorosa, si le mordía alguno de esos asquerosos bichos, al menos, la cosa sería rápida.
    Antes que nada se calzó sus zapatillas deportivas y cogió su mochila, no pensaba ir demasiado lejos, tenía la morbosa esperanza de que los vecinos de al lado hubieran muerto dejando su comida intacta, pero aún así cogió como arma su «bate de la suerte». Dicho «bate de la suerte» no era sino un simple bate al que le había colocado en el extremo superior numerosos clavos, de unos diez centímetros de longitud. Aún no lo había utilizado.
    Subió al piso superior y salió a su azotea, una azotea amplia con una piscina desmontable llena de agua en la que se había bañado con su novia hacía menos de lo que él creía, desterrando ese pensamiento se asomó por el muro que le separaba de la azotea de sus vecinos.

    El barrio de Daniel formaba parte del paisaje urbano de su ciudad desde hacía poco más de dos décadas, antes de ello estaba en el extrarradio, con campo y zonas de arbustos en los alrededores, cada casa estaba construida por los que luego serían sus dueños, así que todas tenían su propio estilo y diseño, aunque eso no quitaba que formaran calles totalmente coherentes.
    Tras asomarse por encima del muro Daniel no vio nada sospechoso, así que lo saltó con facilidad aunque intentando no hacer demasiado ruido al caer.
    Caminó de prisa, pero intentando ser sigiloso, hasta la puerta metálica que le llevaría al interior de la casa, pero esta estaba cerrada, Daniel maldijo en silencio. Se asomó por la barandilla frontal de elaborado diseño y vio que podía dejarse caer hasta el balcón del piso superior, lo difícil podía ser el regresar a su casa, ya que no tenía la más mínima intención de salir a la calle por muy pocos metros que tuviese que correr.
    Dándose por idiota desató las cuerdas del tendedero, las sopesó y pensó que eran demasiado finas, y que quizá no pudieran aguantar su peso, así que ató dos por sus extremos y luego hizo diversos nudos a lo largo de ellas, así no solo conseguía darle «consistencia» a su improvisada cordada, sino que la dotaba de apoyos para hacer más fácil la escalada.
    La operación solo le llevó unos minutos, pero la tensión se le estaba acumulando y comenzaba a jadear.
    Ya con la cuerda atada a la barandilla metálica volvió a asomarse a la calle. Su barrio parecía en calma, como si no fuera sino un domingo más, solo algunas prendas de ropa tiradas por el suelo y un par de cadáveres que apenas podían verse tras una esquina, denotaban que algo raro pasaba. Daniel comprobó si la barandilla sería capaz de aguantar su peso cogiendo la cuerda y tirando de ella con fuerza, no hubo ningún crujido extraño ni se desprendió ningún material de los anclajes, lo cual le pareció suficiente. Lanzó la cuerda hasta el balcón inferior y esperó durante unos instantes por si unas fantasmales manos agarraban la cuerda para tirar de ella y, de alguna forma, le hicieran caer a él. Suspiró entre aliviado y aterrado al no suceder nada, sujetó la cuerda y se fue descolgando por el tejado de tejas amarillas, con cuidado de no resbalar. No era escalador, así que estuvo a punto de caer cuando llegó al final del tejado e intentó descender, no tenía ningún tipo de arnés, no sabía si agarrarse a la cuerda o al borde del tejado, y sobretodo, estaba extremadamente asustado, así que se puede decir que se dejó caer sin soltar la cuerda y cerrando los ojos, con lo que se balanceó estando a punto de chocar con la puerta del balcón.

    Abrió los ojos lo justo para orientarse y darse cuenta de que no había demasiada altura y que el balcón estaba atestado de tiestos con plantas, la mayoría de ellas ya secas, así que descendió por la cuerda torpemente, deseando que aquel esfuerzo tuviese su recompensa.
    Una vez abajo comprobó que la puerta del balcón era deslizante y no estaba cerrada del todo, de todas formas no se precipitó a entrar, tenía hambre sí, pero era consciente de que debía tomar todas las precauciones posibles si no quería acabar siendo uno de esos zombies. Así que echó un vistazo a través del cristal utilizando sus manos para que el sol no le molestase. A Daniel le pareció el dormitorio de una niña, con tanto rosa y ositos de peluche que era evidente que no podía tratarse del dormitorio de matrimonio, además, las paredes estaban cubiertas con posters de diversos cantantes que él no conocía, lo que le hizo suponer que era la habitación de Elena, la hija mayor del matrimonio. Desde la falsa seguridad que le proporcionaba el cristal de la puerta, Daniel buscó alguna señal inequívoca de que allí pudiera haber algún cadáver viviente, pero no veía sangre ni signos de lucha en la habitación, lo único que quizás pudiera salirse un poco de lo normal eran las maletas sobre la cama y montones de ropa desperdigadas por doquier. Como parecía no haber amenaza alguna, corrió una de las hojas de la puerta hacia un lado y decidió entrar... y de repente se sintió como un idiota al recordar que había dejado su «bate de la suerte» en la azotea. Temiendo que pudiera ser peor el remedio que la enfermedad decidió no regresar a buscarlo, en su lugar entró en la habitación buscando algo que le pudiera servir de arma improvisada, vio una silla en un rincón, ocupada por un elefante azul de peluche que lo miraba en silencio.
    -Lo siento chico, pero necesito esa silla-, agarró la silla dejando caer el peluche e intentó arrancar una de sus recias patas. Al parecer las sillas de las películas debían de ser una mierda, Daniel tardó casi diez minutos en arrancar una de las patas dejando la silla hecha fosfatina en el proceso.
    Sintiéndose un poco más seguro, registró a fondo la habitación, pero a parte de peluches, cds de artistas púberes, y ropa femenina, no había nada que pareciese peligroso, incluso abrió el armario por si alguien se escondía ahí, todo era posible en las películas de terror, y desde que todo se fue al traste la realidad se había convertido en una película de terror, pero no, no había nadie dentro del armario.
    La puerta de la habitación estaba cerrada, no tenía por qué ser malo, pero Daniel pegó el oído en ella para intentar oír cualquier sonido sospechoso, pero a través de ella solo le vino el silencio.
 Giró el pomo todo lo silenciosamente que fue capaz, y con la pata de la silla en la mano derecha se asomó a la oscuridad.
     -Así que les gustaba la intimidad-, susurró Daniel.
    La habitación daba a un estrecho pasillo sin ventanas, había cinco puertas, una en cada extremo y dos en cada pared, quedando un pasillo perfectamente simétrico.
    Él nunca había entrado en casa de sus vecinos por lo que no sabía nada de su diseño, así que no tenía ni idea de por donde empezar, sabía que aunque no hubiera escuchado nada, tras cualquier puerta podía encontrar alguno de esos seres asquerosos, había oído decir que eran capaces de quedarse quietos y en silencio durante días.

    Como norma general, tanto la cocina como la despensa, estaban siempre en el piso inferior de una casa, así que se dijo que lo primero que tenía que hacer era encontrar las escaleras para el piso inferior, y por el sentido de la lógica que a veces nos engaña, Daniel supuso que debía de ser una de las puertas de los extremos.
    Salió al pasillo suspirando profundamente e intentando que sus zapatillas no chirriaran en el suelo, caminó despacio, procurando que su mochila no se enganchara en un enorme perchero que parecía presidir el pasillo, examinó todas las puertas, sin tener realmente ninguna seguridad de cual la llevaría hacia las escaleras.
    -Ya les vale, poner una puerta tapando la escalera-, dijo refunfuñando.
    Encogiendo los hombros, caminó hacia la puerta del extremo izquierdo, la más cercana, rezando para que fuese esa. Una vez a su lado, posó el oído izquierdo, tal y como había hecho unos instantes antes.

    Tampoco escuchó nada.

    Agarró el pomo de la puerta con delicadeza y probó a girarlo. No hizo ningún ruido, lo cual alivió a Daniel, que tiró de la puerta para abrirla lentamente.
    -Bueno, no era esta-, ciertamente había una escalera, pero era la que accedía a la azotea.
     Como en el rellano de la escalera había una ventana que daba luz, Daniel dejó la puerta abierta para iluminar algo más el pasillo.Se dio la vuelta dispuesto a seguir buscando el acceso al piso inferior y entonces escuchó algo que le heló la sangre.
 
    No fue capaz de identificar el sonido, que había sido breve y repentino, pero si que fue capaz de identificar su procedencia. La habitación que estaba justo frente al dormitorio desde el que se había colado.
    Resopló echando de menos su bate y agarrando con fuerza la pata de la silla, dio un par de pasos deseando que el ruido solo hubiera sido un producto de su mente... y el ruido se repitió.
    Era un gemido, un gruñido o algún tipo de resoplido inhumano.
    Sintiendo como una fría gota de sudor se iba formando en su sien izquierda, Daniel se pegó a la pared sin dejar de mirar a la puerta, sabiendo que ante la más mínima señal de movimiento saldría corriendo. Se arrastró por la pared lentamente, escuchando ahora claramente a lo que fuera que se encontrase en el interior de esa habitación. Gruñía de una forma casi animal, pero había algo en ese gruñido que lo hacía aterradoramente humano.
    El ser, fuese lo que fuese, tiró algo al suelo que sonó a cristal rompiéndose, más gruñidos y esta vez parecían estar acercándose a la puerta, un golpe pesado hizo vibrar el suelo. Daniel pensó que el zombie, porque no podía tratarse de otra cosa, se había caído, ya que tras el golpe pudo oír un lastimero, y horrible quejido. Más ruido de cosas cayendo hicieron que los nervios de Daniel se erizaran y que su corazón latiese como la batería de un metalero loco, deseaba tanto largarse de allí que ni siquiera fue consciente de que su mochila se estaba enganchando en uno de las fotos que sus vecinos tenían colgadas en las paredes, así que cuando al dar un par de cortos pasos para alejarse de la puerta hizo que el marco cayera sobre su hombro, solo fue capaz de reaccionar lanzando torpemente su mano izquierda para intentar cogerlo, en vez de eso, lo único que logró fue lanzar el marco más lejos, cayendo al suelo a medio metro de él estallando el cristal del marco estrepitosamente.
    Daniel se quedó quieto y en total silencio esperando estúpidamente que la cosa del cuarto no hubiera escuchado nada cosa, como era de esperar, imposible.
    No hubo dado un solo paso, cuando algo chocó contra la puerta cerrada golpeándola con fuerza y haciendo saltar a Daniel como si tuviese un muelle en el culo.
    La cosa de la habitación parecía haberse vuelto loca, golpeaba la puerta haciendo vibrar toda la pared. Daniel dejó escapar un alarido ahogado, y sin tiempo para pensar no supo si seguir su búsqueda o marcharse por donde había venido, y entonces se sorprendió al oír un ruido nuevo. Proveniente del piso inferior, eran gritos, inconfundibles gritos de terror.

    Ya no podía marcharse, algo se lo impedía, su mente quizá, esa pequeña pizca de valor que tenía en su interior y que creía perdida, o quizás el temor a que su conciencia no le dejase dormir recordando una y otra vez esos gritos, sabiendo que él podía haber hecho algo para ayudar a esa persona. Aún así, corrió hacia la habitación de la niña, dispuesto a subir la cuerda como diera lugar y olvidarse de todo, pero la chica gritó de nuevo, no había duda de que era una chica, muy posiblemente se trataría de Elena, su joven vecina.

    Cuando ya estaba a menos de medio metro del balcón giró la cabeza al escuchar que el zombie encerrado había empezado a aullar con desesperación, y su mirada se posó en una foto que había en una estantería al lado del escritorio. Una foto de Elena con una amiga, las dos de unos doce años. La fotografía le hizo detenerse en seco, mirar esos luminosos ojos azules mientras escuchaba los que podían ser sus últimos gritos con vida era más de lo que podía soportar.
    Se dio la vuelta con decisión, salió al pasillo y abrió la puerta del extremo derecho, echó un vistazo al interior, su faz se torno de una palidez enfermiza, giró sobre su talones y vomitó sin poder impedirlo.
 
    Había encontrado el cuarto de baño, era amplio y bonito, de azulejos azul marino hasta el techo. Pero no era eso lo que había hecho vomitar a Daniel, no... en el suelo, junto al bidé, había visto algo que no había sabido reconocer al verlo fuera de contexto, había sido algo tan inesperado que su cerebro tardó varios segundos en reconocer que era aquello, era una pierna humana, una muy pequeña, seguramente la del hijo pequeño de la familia, Andrés, de solo un año de edad. En la bañera, por alguna razón que se le escapaba, yacía la madre con una flecha en el centro de la frente y tan cubierta de sangre que no se podía distinguir la suya de la del niño, porque sí, al parecer había estado devorando a su hijo. Los intestinos del pequeño aún colgaban de las mandíbulas muertas de su madre, que sostenía a su hijo, que con el torso abierto parecía querer escaparse del abrazo de su madre. Eso había sido lo peor, el niño. Le faltaba una pierna y tenía la caja torácica abierta, por pura fuerza. Durante un par de segundos, Daniel había podido ver claramente las brillantes vísceras del crío... y se movía, no podía zafarse del cuerpo de su madre, pero no lloraba, ni se quejaba o gemía, se limitaba a retorcerse en silencio, sin que ningún sonido llegase a salir de entre sus labios muertos, y eso llenaba a Daniel de un pavor inconcebible.  

    Sabiendo que si se dejaba caer en el suelo presa del terror y las nauseas, ya no se levantaría, Daniel abrió la puerta a la derecha del cuarto de baño, donde al fin encontró un pequeño rellano que daba a una escalera estrecha con pasamanos de madera. Los gritos se hicieron más notorios, y además ahora, podía oír con cierta claridad, unos gemidos y gorgoteos realmente repugnantes.

    Bajó las escaleras alzando el bate y deseando que de haber un zombie atacando a alguien, fuera el del hijo mediano de la familia. Daniel no era un tipo grande ni fornido, y nunca se le dio bien pelear, por lo que una pelea con el cadáver viviente de su vecino no le atraía especialmente. Bajó las escaleras rápidamente, no esperaba más sorpresas ya que en la casa no vivía nadie más.

    Estaba bastante claro que el animal encerrado en el piso superior no podía ser otro que el cabeza de familia, en el cuarto de baño se había encontrado con la madre y el hijo pequeño, los gritos que había oído solo podía pertenecer a una niña o mujer joven, así que según sus cálculos aquel que estuviera persiguiendo a su joven vecina solo podía ser su segundo hermano... ¿Julián?, Daniel nunca conseguía recordar el nombre de ese niño, y eso que tuvo que devolverle bastantes balones que sin querer colaba en su azotea cuando jugaba con sus amigos.

    La escalera le dejaba en el salón, a la izquierda podía ver las puertas de cristal que llevaban al jardín, y a su derecha estaba el pasillo que llevaba a la puerta principal, de donde provenían los gritos.
 
    El salón parecía un campo de batalla, sillas de aspecto caro yacían rotas por todo el suelo, al igual que un televisor de pantalla plana que ya quisiera Daniel para si. Al parecer habían intentado improvisar una barricada con el sofá y algunas estanterías tapando el acceso al jardín, pero al parecer no llegaron a completarla. Trozos de cristal y loza, o quizás porcelana crujían a cada paso,
    Daniel tardó unos segundos en verlo, ya estaba en el centro del salón y a punto de gritarle a su vecina que ya habían llegado los refuerzos, pero el bulto que yacía contra la pared frente a las escaleras le hizo estremecerse. Estaba medio tapado con unas sábanas, como si no se hubieran atrevido a acercarse más, por lo que solo le habían cubierto de los hombros hacia abajo. Había caído sentado y casi habría parecido estar descansando de no ser por el charco de sangre seca a su alrededor... y por la flecha en su cabeza, claro. Se trataba del hijo mediano, ese del que nunca recordaba el nombre, y eso le rompió los esquemas.

    Mientras Daniel seguía inmerso en unos pensamientos que no le llevaban a ninguna parte, desde la cocina seguían llegando unos horrorizados gritos, además de sonidos de muebles siendo arrastrados y útiles de cocina cayendo al suelo, y entonces, un grito especialmente espeluznante hizo despertar a Daniel, que había quedado casi hipnotizado mirando los ojos muertos del niño. Se dio una bofetada para enfurecerse y entrar en calor para la batalla que se avecinaba y corrió hasta la cocina gritando para que su vecina le oyera venir.

    Al contrario de lo que Daniel había pensado, su vecina de doce años estaba muerta, no solo eso sino que se había levantado sedienta de sangre y hambrienta de carne fresca, dispuesta a devorar a su joven amiga que ahora corría por la cocina lanzándole todo lo que caía entre sus manos. Mientras Daniel se quedaba mirando absorto el cadáver de Mario, el segundo hermano  de Elena y de quién él nunca recordaba el nombre. La aterrorizada adolescente logró atrapar a su amiga muerta empujando la mesa de la cocina contra la pared, pero era una mesa pequeña y tenía que esquivar los furiosos zarpazos que el cadáver de Elena le lanzaba, y pesaba tan poco que si ella dejaba de empujarla contra la pared su amiga se liberaría y todo volvería a ser igual... estaba atrapada, iba a morir. Un pensamiento totalmente irracional y absurdo se le cruzó por la mente, pensó que si su padre no hubiera tenido el coche en el taller, nada de eso habría sucedido.
    
    Echándose a llorar de puro terror e impotencia cerró los ojos, casi deseando que su amiga la alcanzara en uno de sus manotazos y le mordiera la yugular, ya le daba igual, todo el mundo estaba muerto de eso no había duda, era bastante posible que ella fuera la última persona viva del mundo... y no quería estar sola.
    Cuando escuchó la voz de un hombre joven gritando que se agachara, ella lo hizo sin tan siquiera abrir los ojos, el terror no le dejaba, se golpeó la frente con la mesa y cayó hacia atrás, estando a punto de hacer tropezar a su potencial salvador, una vez en el suelo entonces escuchó varios golpes, un par de crujidos repugnantes y algo asqueroso salpicando el suelo, y finalmente el ruido sordo del cuerpo de su amiga derrumbándose en el suelo.

    -¡Esto... esto no me lo esperaba!-, exclamó Daniel que jadeaba como si hubiera corrido una maratón.
 Tener que acabar con el zombie de su vecina era algo que no había entrado en sus planes. Al ver esos ojos azules sin brillo y con ansia asesina, había sentido tanta repugnancia que a punto estuvo de marcharse dejando a aquella pobre chica a solas con ella. En cierta manera incluso se había sentido estafado, ya que habían sido esos ojos azules los que le habían hecha bajar hasta allí cuando de saberlo se habría marchado a su casa sin pensarlo. Ahora sin embargo, yacía  su cuerpo muerto y putrefacto bajo los pies de aquel que se había propuesto rescatarla.
 
    Puso derecha una de las pequeñas sillas de la cocina y se sentó en ella hundiendo la cabeza entre sus manos.
    -¿Estás bien?, ¿te han mordido arañado o algo?-, la joven negó con la cabeza, pero al tener los ojos cubiertos por las manos Daniel no la vio responder.
    -¡¿Te han mordido o algo?!, ¡¡si no me contestas en tres segundos te juro que te aplasto la cabeza aunque sea con mis propias manos!!.
    -¡¡Te he dicho que no!!... ¡¡quítate las manos de la cara!!-, la voz de la chica resultó tan joven que sorprendió a Daniel. No era más que una cría.
    -¿Quién eres?-, le preguntó apartando las manos de su cara.
    -Me... me llamo Susana... nos... nos hemos visto al... algunas veces-, Daniel miró a la chica, morena de pelo rizado, ojos oscuros y piel clara, poco más de metro y medio... no le sonaba de nada. Y se lo hizo saber a la niña encogiendo los hombros.
    -Tú... tú eres el vecino de al lado, ¿ver... verdad?-, Daniel asintió en silencio.
    -Pues te he vis... visto muchas veces...
    -Bueno esta bien, me has visto y yo no te recuerdo, suele pasar cuando alguien no llama la atención. Por cierto, ¿sabes si hay comida por aquí?, llevo varios días sin comer y estoy «canino»-, la forma en que Daniel desvió el tema de conversación desconcertó a la cría, que se encogió de hombros.

    Daniel se levantó dispuesto a buscar alimentos en los muebles de la cocina, pero sintió que se le revolvían las tripas al ver a la chica tirada en el suelo. Por unos segundos pensó que por mucho que hubiera en aquella cocina le duraría menos si se llevaba a la niña, pero pensar que dejarla allí supondría con toda seguridad su muerte volvió a sentarse frotándose los ojos cansados.

    -De acuerdo, - dijo con voz trémula, -supongo que no querrás quedarte aquí sola- continuó, -así que te propongo una cosa-, la niña miró con atención a Daniel, que no parecía muy feliz de tener que hacerse cargo de una niña en un apocalipsis zombie.
    -Si me prometes que no llorarás ni gritarás ni te mearás encima y que harás todo lo que yo te diga sin rechistar te llevaré conmigo, puedo no ser el tío más fuerte y más listo del mundo, pero supongo que una niña de trece años no debería ir sola por el mundo, o por lo que queda del mundo, al menos hasta que encontremos alguien más apropiado para protegerla, ¿que dices?-, cuando la niña asintió en silencio Daniel se frotó la cara con las manos.
    -¿Qué es eso, lenguaje para sordos?, recuerda que la palabra hablada puede ser la diferencia entre la vida y la muerte, al menos cuando hables conmigo.
    -¡Podrías ser un poco más amable!, ¡¿no?!.
    -Me la suda la amabilidad, para mi murió a la vez que el mundo se fue a la mierda-, Daniel dejó la mochila y empezó a rebuscar en todos los muebles de la cocina, llevándose una grata sorpresa.
    -¡Bien!, esto ha merecido la pena-, sentenció sonriendo a Susana, la cual miró fugazmente el aplastado cráneo de su amiga, y entonces, en un ataque de nauseas, corrió al cuarto de baño del piso inferior pero se derrumbó sin llegar a salir de la cocina, vomitando lo poco que su estómago tenía en el interior.
    -¡Vaya hombre, genial!, así que estás en «esos» días-, sin saber a que se refería Daniel, Susana siguió vomitando.
    -¡Anda mira!, ¡atún y leche condensada!, ¡podríamos probar a que saben juntos!-, Susana vomitó aún más.
    -Cierto, el atún y el dulce no van bien, pero mira, tenemos harina... pan rayado... ¿que es esto?... ¿sal de ajo?, ¿se puede sacar sal de los ajos?, pensaba que la sal solo podía venir del mar... y de algunas piedras, supongo que sabrás que la sal es un mineral, «solsato» cáustico es su nombre científico.

    Mientras la niña seguía echando el estómago por la boca, Daniel siguió sacando todo lo que veía interesante y poniéndolo sobre la mesa de la cocina, cuando acabó con los muebles abrió la nevera.
    -¡Vaya!, debió cogerles en día de compras, aquí hay tantas cosas que sería mejor quedarnos aquí.
    -¿Quedarnos aquí?-, Susana se giró con la barbilla llena de vómito. -¡No... no podemos quedarnos aquí!... ¡ellos... ellos pued... pueden despertar!-, Daniel le quitó importancia con un gesto de la mano.
    -No creas, una vez que les destrozas la cabeza ya no se levantan... por cierto, ¿quién mató al crío y a la madre?, hay que ser bueno y tener nervios de acero para acertarle en la cabeza a alguien que quiere comerte el hígado-, Daniel tenía tanta hambre que se preparó un sandwich con algo de fiambre que había encontrado en la nevera.
    -Fue Elena... tuvo que hacerlo para salvar nuestras vidas, sin ella yo ya habría muerto para cuando tú hubieses llegado-, Susana lo dijo en tono solemne y agradecido.
    -Sí bueno, pero luego ella intentó comerte, supongo que intentó cobrarse el favor, por cierto... límpiate la barbilla, estoy comiendo y das asquito. Y si tiene tiempo su alteza, podría buscar algunas bolsas o mochilas para llevarnos todo esto, acabo de recordar que arriba hay otro «cadáver muerto» de estos y quiero poder dormir sin temor a que me muerdan el culo.
    Susana se levantó tambaleándose dispuesta a coger su mochila del instituto, pero a penas fue capaz de ponerse en pie, se tambaleó mareada, dio un par de pasos y cayó al suelo desfallecida.


Primer flashback de Susana.



    Susana lo tenía todo preparado para el instituto, era su primer año y le estaba yendo bien, bastante bien. Incluso había tenido la suerte de que Elena, su mejor amiga del colegio hubiera acabado en su misma clase.
    Era Viernes, empezaba el fin de semana y tenían planeado quedar justo después de salir del instituto para ir a tomar algo o pasar un rato en el parque para reírse de los chicos, siempre estaban intentado hacerse los «guays» y siempre terminaban metiendo la pata. Pero antes de todo eso, Susana tuvo que ponerse su uniforme escolar, con su faldita tableada y de cuadros rojos, su camisa blanca bien planchada y su chaqueta azul marino. Se puso la mochila al hombro y desayunó en la cocina con sus padres.

    -Recuerda que hoy iras al colegio con tu amiga Elena, tengo el coche en el taller-, le había dicho su padre, y ella se había limitado a asentir en silencio, le encantaba ir con el padre de Elena, era divertido y se reía mucho con él.
    Tras desayunar salió de su casa y caminó un par de manzanas camino a casa de su amiga, que sin duda la estaría esperando en el porche de su casa, como tenían por costumbre cada vez que quedaban en su casa, mientras el padre sacaba el coche del garaje que estaba en la parte trasera de la casa para recogerlas a las dos.
    
    Pero ya desde el principio Susana sintió algo extraño en el ambiente, las calles ya deberían estar repletas de tráfico matutino, pero a penas se cruzó con un par de madres llevando a sus hijos a la escuela, y dos o tres coches, uno de los cuales iba a toda velocidad mientras alguien agitaba un pañuelo desde la ventana del copiloto.

    Al llegar a casa de su amiga esta no estaba en la entrada, pero como la puerta estaba abierta y Susana tenía mucha confianza con la familia de su amiga, entró exclamando un sencillo «soy yo», al que nadie contestó.

    La familia de Elena usaba aire acondicionado, y sabía que no les gustaba dejar la puerta abierta por el gasto que eso suponía, así que tras entrar cerró la puerta tras de si, y luego dio otra voz para hacerse notar.
    -¡¿Elena?!, ¡¿señor Romero?!-, silencio. Entró en el salón de camino al patio, quizá la estaban esperando ya en el garaje.

    Los gritos empezaron justo en el momento en que Susana abrió la puerta del patio, era la madre de su amiga, y posiblemente también el padre, aunque a juzgar por los gritos las razones de cada uno eran diferentes.

    Luchando entre el temor de que un ladrón o un asesino se hubiera colado en la casa, y el temor a que aquella familia pudiera ser asesinada, Susana se armó de valor y corrió hacia donde escuchaba los gritos, al garaje, y se frenó en seco ante el horror de lo que vio.
    Junto a la puerta abierta del garaje pudo ver al señor Romero luchando con un hombre que tenía la cara manchada de sangre, mientras la señora Romero parecía buscar algo con lo que golpear al hombre extraño.
    Susana vio algo raro en todo aquello desde el principio, la pelea era extraña, el señor Romero no intentaba golpear a su agresor, sino que mas bien intentaba que este no le mordiera, aunque al parecer ya había sido mordido, a pesar de ser un hombre grande y fornido no parecía poder deshacerse de su atacante, sangraba profusamente por el hombro izquierdo, el mordisco había sido tan brutal que le había arrancado un trozo de la ropa. Mientras la señora Romero seguía buscando algo con más pánico que tino, su esposo logró impactar tres buenos puñetazos en el rostro de su contrincante, haciendo que algo crujiera en su cráneo y provocando una hemorragia exagerada a toda luces, el tipo se tambaleó hacia atrás estando a punto de caer y girando casi como lo haría un borracho, y entonces vio a la niña.

    Susana no era muy aficionada al cine de terror, le daba demasiado miedo, pero justo en aquel instante se sintió como si fuera la protagonista de una mala película de zombies, porque era evidente que ese tío que la miraba con avaricia no podía estar vivo. No había podido fijarse antes porque estaba de espaldas a ella, pero tenía unas heridas que debían de doler una autentica barbaridad, había perdido ambos labios además de la oreja izquierda y el ojo derecho, su ropa tenía diversos agujeros, que hasta que Susana vio el destornillador clavado en lo que ella pensó que sería el corazón, pensó que eran de balas... además, a medida que se le acercaba el nauseabundo hedor de la muerte se iba acercando a ella, como las olas del mar se acercan a alguien que está en la orilla y es incapaz de alejarse maravillado ante su majestuosidad.
    El señor Romero le gritó, a ella le pareció que lo hizo en cámara lenta, le decía que corriese, pero ella se sentía incapaz, ese tipo enorme y asqueroso había mordido al señor Romero, que era grande y fuerte, con ella no tendría ni para empezar, y lo sabía. Sus piernas se sacudieron aterrorizadas...

    Es un muerto viviente, le decía su mente infantil, aunque otra parte de su mente, esa que dicen que madura antes que la de los chicos, le decía que esas cosas no existen, y que debía de haber una razón totalmente racional y lógica de por qué ese tipo no yacía en el suelo a pesar de tener ambos pulmones perforados.
    Es un muerto viviente, le repitió su mente al ver como aquel tipo, o lo que fuera, caminaba arrastrando los pies y alzando los brazos hacia ella codiciosamente, mientras su mente racional le decía que posiblemente sería de esos «tipos raros» de los que intentaban prevenirla algunas de sus amigas mayores.

    ¡¡Es un muerto viviente!!, repitió por tercera vez su joven cerebrito, pero esta vez con la voz del señor Romero, que cayó al suelo taponándose la herida del cuello con una mano, y ahora Susana sí que se vio muerta.
    Había pensado que el señor Romero la salvaría, que llegaría antes que aquel tipo tan raro, que le haría una llave de Kung Fu, Karate, Judo o simplemente le daría un puñetazo que esparciera los sesos de aquel tipo por todo el jardín, pero cuando el fortachón padre de su amiga se derrumbó en el césped se vio más muerta que nunca, sus delgadas piernas temblaron incapaces de moverse, y su esfínter urinario se relajó, y una orina caliente y amarilla resbaló por sus muslos hasta los tobillos.

    Me va a comer, solo tengo doce años y me va a comer.

    Pero cuando el presumible muerto viviente se encontraba a menos de dos metros de Susana, algo silbó cerca de su oído y se incrustó en la frente del monstruo, clavándose profundamente en su cráneo y haciéndolo caer.
    Susana se giró llorando, y sin darse cuenta volvió a orinarse encima, esta vez de alivio, al ver a Elena, con su uniforme escolar y con su arco de competición.
    -¡¡Te... tenemos que llevar a tu padre al hospital!!-, gritó la señora Romero, y como si Dios la hubiera escuchado, una ambulancia se escuchó acercándose a lo lejos, luego un prolongado frenazo, una extraña variación del efecto Doppler seguido del inconfundible sonido de un accidente automovilístico, luego, dos fuertes explosiones... y de pronto se hizo el caos.

    Gritos por toda partes, algún disparo aislado, más frenazos, sirenas, explosiones... ¡¡el señor Romero mordiendo a su esposa!!.

    Elena había sido una niña muy inteligente, había visto a ese tipo acercarse a ella cuando salía a la calle para esperar a su amiga, desde el principio había notado que algo no marchaba bien en él, quizá fueron sus ropas desordenadas, o su pelo, que caía descuidado sobre su frente, o tal ves su mirada vacía y en cierto modo melancólica. Pero notó que algo iba realmente mal al verlo caminar hacía ella, no caminaba, más bien se arrastraba hacia ella, apuntando sus brazos en su dirección con oscuras intenciones, avanzaba tambaleando y trastabillandose en silencio, o eso le pareció al principio, ya que al llegar a cierta distancia pudo oír los extraños y guturales sonidos que escapaban por la garganta de aquel hombre, esos gemidos eran tan horribles como lastimeros... le recordaron una película que había visto días antes... era de zombies.
    Lo que la hizo correr al interior fue la espuma que empezó a salir de la boca de aquel hombre, sabía que eso le pasaba a los perros rabiosos y pensó que era eso lo que le sucedía a ese hombre, así que corrió hacia el interior de su casa, tropezando al intentar cerrar la puerta.
    Sus padres ni siquiera parecieron darse cuenta de su caída, los dos miraban la televisión horrorizados, estaban dando algo en las noticias, algo terrible, Elena supuso que se trataría de algún atentado, pero antes de poder echarle un vistazo a la «tele» o de advertir a sus padres, el tipo raro ya entraba en su casa, su padre apagó la «tele» al verlo, lo miró sin entender muy bien por qué un extraño entraba en su casa de esa manera y atacaba a su hija.

    Todo sucedió con bastante rapidez, Elena entró en su casa tirando de su amiga en estado de shock, dejó al arco a un lado y empezó a empujar muebles para hacer una barricada contra la puerta del jardín mientras le gritaba a su amiga que le ayudara, pero Susana se limitaba a observarla  en silencio y con la mirada perdida.
    No pudo hacer mucho, solo había arrastrado un par de muebles cuando sus dos padres corrieron hacia el interior de la casa, sorprendiendo a las dos niñas, que gritaron asustadas.
    -¡¡Subamos a mi habitación!!-, gritó Elena agarrando de nuevo su arco y empujando a su amiga, que empezó a gemir, lo cual le pareció bueno a Elena, ya que al menos, era una reacción.
    -¡Pero... pero son tus padres!-, gritó al llegar arriba estallando en lágrimas. Elena volvió a empujar a su amiga, esta vez al interior de su habitación.
    -Ya no-, exclamó estallando en un silencioso llanto.


    Continuara...


 Susana despertó, abrió los ojos y se asustó al no reconocer la habitación, se asustó un poco más al ver que las ropas que vestía no eran las suyas y se aterrorizó al ver que no llevaba su ropa interior, se alzó sobre los codos para arrastrarse contra un rincón buscando su protección. El hecho de haber despertado sobre una cama deshecha no le ayudaba a tranquilizarse.
 -Tranquila, tu ropa está en la lavadora. Pensaba que a tu edad ya no harías esas cosas, no te preocupes por nada, no he visto más de lo necesario... no sabes lo difícil que es desnudar a una chica teniendo los ojos cerrados... aunque puede que sea la falta de costumbre, no sabría decir-, eso habría sacado una sonrisa de los labios de la niña de no ser por el terror que le sacudía el cuerpo.
 -Te he preparado algo, por si quieres comer. Supongo que el desmayo ha sido precisamente por falta de alimentos, la tensión el estrés y todo eso, se te acumula todo en la cabeza hasta que ya no puedes más y te derrumbas, leí algo de eso en la Wikipedia.
 -Eres el chico de antes, el... el vecino de... -, Susana no fue capaz de pronunciar el nombre de su amiga, su amiga muerta.
 -Sí, me llamo Daniel. Según tú ya nos hemos visto alguna vez, supongo que nos habremos cruzado por aquí en alguna ocasión, pero claro, como las niñas de trece años no son lo mio no suelo fijarme en ellas, en ustedes quiero decir, ya me entiendes.
 En realidad Susana no estaba entendiendo demasiado de la insustancial charla de Daniel, estaba intentando recordar los últimos instantes antes de su desmayo, pero tan solo recordaba a Daniel siendo borde con ella... y la cabeza aplastada de Elena, con sus sesos salpicando el suelo de la cocina, él le había dado tan fuerte que uno de los ojos de su amiga había salido despedido quedándose pegado en la pata de la mesa. Recordar eso la hizo vomitar de nuevo, o al menos intentarlo ya que tenía el estómago vacío, aún así las arcadas fueron terribles.
 -Bueno, parece que no te vas a comer el sandwich, más para mi, ¿o te lo guardo para la noche?.
 Evidentemente Susana no contestó, hablar mientras se tienen arcadas es bastante complicado, así que esperó a recuperarse, entonces se irguió durante un par de segundos dispuesta a hacerle un par de preguntas a Daniel pero no fue capaz, se dejó caer de nuevo y se quedó dormida.

 Mientras la niña dormía, Daniel tuvo tiempo de tender su ropa, aún había luz y agua y había que aprovecharlo, y aunque no le entusiasmaba la idea de tener que cuidar a una cría sí que agradeció tener algo que hacer, alguien con quién hablar.
 Puso un rato la radio, pero no fue capaz de encontrar ninguna emisora que emitiera otra cosa que no fuese el repetitivo mensaje de emergencia, ese que ya se sabía de memoria. No dejaba de pensar que si fuese como en una película, el gobierno avisaría a la población para que todos fueran a «x» lugar ya que así sería más sencillo proteger a todo el mundo, pero no fue así. Al parecer el gobierno actuó demasiado tarde, o quizás fue el ejercito el que actuó de forma ineficaz, el punto es que no parecía haber ningún lugar seguro, ninguna base militar reconvertida en refugio para civiles, nada... no había nada.
 Se comió otro sandwich de atún con leche condensada felicitándose por tan genial experimento y se sentó en su cuarto, mirando a aquella niña dormida, esperando que despertase aunque solo fuese para hacerle otra broma sobre vómitos o mearse encima. 

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