jueves, 13 de septiembre de 2012

Cuatro

    Los días pasaron con relativa tranquilidad, los zombies no parecían advertir la presencia de Susana y Daniel en la casa y ellos intentaban que la cosa siguiera así.

    Daniel tuvo que cruzar un par de veces hasta la casa de sus vecinos para coger algo de ropa para Susana, afortunadamente, Elena tenía tan solo una talla más que Susana, y aunque en un principio la segunda no quiso utilizar ropa de su amiga muerta reconoció que era mejor que ponerse la ropa de Daniel. También ayudó la promesa de ir en breve a hacer unas «compras» al centro comercial, realmente irían a abastecerse de alimentos, sobretodo de no perecederos y alguna que otra herramienta que necesitarían, pero para ello necesitaban un vehículo.
    Pensaron en volver por el coche que dejaron en casa de Susana, un coche espacioso y con un gran maletero, pero no podían ir andando, no al menos mientras no tuvieran más armas que la triste pistola, con poca munición, que Daniel guardaba en el bolsillo. Así que un día a primeros, de enero, salieron a la calle saltando por el muro que días antes habían saltado en sentido contrario. Habían visto algunos zombies en la parte frontal de la casa y no querían llamar su atención así que salieron por un lateral comprobando antes que no habían moros en la cosa. El único zombie visible era aquel al que Daniel había reventado la cabeza. Para saltar el muro con mayor facilidad, Daniel utilizó su escalera plegable, aunque tuvo que ayudar a Susana para que no se rompiera la crisma.
    Caminaron en silencio por el callejón, convertido en un barrizal a causa de la tierra arrastrada por las últimas lluvias proveniente de un descampado, al norte de la urbanización.
 
    Daniel portaba tres armas, la primera era la pistola, la cual solo utilizaría como último recurso, la segunda era una que había improvisado utilizando el palo de madera de una escoba al que le había colocado en la punta la cabeza de un rastrillo de jardinería, obteniendo así una especie de tridente, podía no ser un arma muy poderosa, pero le serviría para empujar a lo zombies y mantenerlos alejados, la tercera era un pesado martillo, le pareció bastante eficaz para romper cabezas, lo llevaba en su cinturón de herramientas.
    Susana había reusado llevar ningún arma, no se sentía capaz de atacar a un zombie, aún no.
El objetivo de la pareja era la moto de la madre de Susana y que días antes habían abandonado a la entrada del callejón. Daniel apretó el puño celebrando que la moto continuara allí, aunque rodeada por tres muertos vivientes, el más lejano de ellos estaría a la derecha de la moto, a unos quince metros, eso les daba espacio de sobra, lo malo eran los otros dos, ya que el primero estaba casi encima de la moto y el segundo a menos de cuatro metros.
    -Haremos esto, yo salgo primero, derribo al primero y sujeto al segundo, tú corres y arrancas la moto, ¿podrás?-, la niña asintió dubitativa.
    -... ¿y el tercero?-, Daniel sonrió con convicción.
    -Cuando nos haya visto ya estaremos en tu casa-, ella sonrió no tan convencida, pero tenía que reconocer que, a trancas y barrancas, Daniel siempre hacía lo que se proponía.
    -Vamos-, le dijo dándole un golpecito en el brazo.
 
    Los dos salieron corriendo del callejón mirando en todas direcciones para asegurarse de que no habían más zombies escondidos, Susana corrió hacia la moto y Daniel hasta el primer zombie, el de un chico muy delgado vestido con un abrigo rojo, le clavó el «tridente» a la altura del pecho y empujó hasta hacerle caer de espaldas, lo vio tan fácil que no pudo desperdiciar la ocasión, sacó el martillo y se lo hundió en la frente al zombie que, lanzando trozos de hueso y cerebro, se quedó inmóvil.
    Susana alcanzó la moto, subió a ella e intentó arrancarla.
    -Uh, oh-, exclamó al ver que no arrancaba.
    -Tú sigue, hay tiempo-, realmente lo tenían, pero no sabían cuanto, y para ganar algunos segundos más Daniel decidió acabar con el segundo enemigo.
    Arrancó su arma del cuerpo del zombie muerto y lo empuñó con las dos manos, girando alrededor del zombie que se bamboleaba intentando alcanzarlo.
    Mientras tanto, Susana miraba detrás de ella, donde el tercer zombie continuaba acercándose perezosamente.
    -Tú sigue-, le dijo Daniel, que aun sin mirarla notó que se había quedado quieta, no obstante, cuando ella reanudó sus esfuerzos la moto siguió sin querer ponerse en marcha, lo que empezó a asustar muy en serio a Susana.
    -Aunque no arranque la moto podemos saltar el muro antes de que nos alcance, no te preocupes-, le dijo Daniel mientras lanzó una estocada al zombie, su objetivo era la cabeza, pero falló y se la clavó en el cuello.
    -También me vale-, exclamó repitiendo la misma estrategia que había utilizado con el primero, caían con tal facilidad que era hasta casi divertido.
    -Siento que podría acostumbrarme a esto-, sentenció.
    -Puede... puede que le haya entrado agua al motor o que sea algo de la bujía o, bueno no sé, no soy mecánica.
    -Tiene que arrancar, tú sigue-, Susana resopló ante la cabezonería de Daniel, pero se sintió más segura cuando él se colocó entre ella y el tercer zombie.
    -Mmm, quizá deberías esforzarte un poco más en arrancar esa moto, estoy viendo a algunos amigos nuestros que estaban escondidos detrás de aquellos coches-, aunque Daniel señaló con los dedos a cuatro zombies que parecían haber aparecido de la nada, Susana no se atrevió a mirar.
    -Dios, si la moto arranca te prometo que me meto a monja-, exclamó, y para su sorpresa la motó arrancó.
    -¡Wow!, Dios, tú sabes que ya no hay conventos ni nada de eso, ¿verdad?-, exclamó ella mirando al cielo.
    -Ha sido pura casualidad-, exclamó Daniel al montarse tras ella, -Dios tiene cosas más importantes que hacer-, añadió, luego se agarró a su cintura y salieron pitando.

     El día seguía nublado, hacía al menos una semana que no veían el Sol con claridadm pero al menos no llovía, el asfalto estaba seco y el único obstáculo con el que se cruzaron eran los inevitables muertos vivientes que caminaban con aire despistado por todas las calles.

    Estaban a dos calles de distancia cuando Susana tiró de la palanca de freno a fondo estando a punto de derrapar, justo frente a ellos caminaban diez o doce zombies, justo en la calle que cruzaba perpendicular por la que ellos circulaban, los que caminaban en la misma dirección que ellos, al escuchar el frenazo de la moto, giraron y junto con el resto de los zombies aceleraron en dirección hacia ellos.
    -¿Por qué te paras?, los podías haber... -, sin que Daniel llegara a terminar la frase una furgoneta pasó delante de ellos, arrolló a la mitad de los zombies desperdigando sus pedazos por todos lados. 
    El conductor del vehículo no parecía controlar la furgoneta, ya que desde que apareció ante la vista de Susana y Daniel pudieron notar que llevaba una trayectoria de colisión contra la esquina a su derecha, y aunque hubo un amago de corrección este no fue suficiente, la furgoneta chocó con un vehículo aparcado y salió volando por los aires, dio varias vueltas antes de caer al suelo, donde rodó hasta acabar incrustándose contra un montón de contenedores de basura, aplastándolos y desperdigando su contenido por toda la calle.
    -¡Hostia!-, exclamó Daniel, -¡Se ha tenido que matar!.
    -Debemos ver si hay supervivientes-, añadió ella poniendo rumbo a la furgoneta.

    Tras el choque y el consiguiente vuelo, la furgoneta fue dejando trozos de metal por toda la calle, golpeando a algunos zombies que caminaban por la calzada y que quedaron descuartizados y/o aplastados en pocos segundos y que luego Susana tuvo que ir esquivando.
    Los contenedores de basura contra los que había chocado la furgoneta habían quedad pulverizados desparramando su apestoso contenido por toda la calle.

    Susana frenó a una distancia prudencial, no sabía si la furgoneta podía explotar y no quería arriesgarse.
    -¡Vamos, ve a ver si queda alguien con vida!-, gritó Susana, y si las miradas mataran ella habría caído fulminada en el acto.
    -¡Me cago en ti!-, gruñó él bajando de la moto y caminó hacia la furgoneta empuñando su tridente por si acaso.
    La furgoneta había caído boca abajo y las puertas traseras habían quedado destrozadas colgando apenas de las bisagras, Daniel no podía ver si había algo ahí dentro.
    -¿Hay alguien ahí dentro?-, preguntó alzando la voz, pero no contestó nadie. -¡Si hay alguien en el interior de la furgoneta que hable!, ¡podemos ayudar!-. Rodeó la furgoneta hasta quedar junto a la cabina del conductor, en ella habían dos personas, o más bien dos cuerpos, uno de ellos estaba evidentemente muerto, aunque a pesar de ello intentaba liberarse del cinturón de seguridad, las heridas de su cara y sus gemidos ininteligibles fueron suficientes para Daniel, que aprovechó para acabar con él hundiendo su tridente en el cráneo del atrapado zombie.
    -¿Qué demonios habrá pasado?.
    -¡Daniel!-, la voz de Susana era calmada pero firme, por lo que Daniel regresó a su lado con cierta tranquilidad aunque empuñando con firmeza su arma.

    Susana, desde su posición, controlaba la parte trasera de la furgoneta accidentada, y  cuando Daniel acabó con el zombie de la cabina del conductor una de las puertas cayó al suelo dejando visible su interior, interior de donde una mujer intentaba salir arrastrándose.
    -¿Está usted bien?-, preguntó Susana deteniendo a Daniel, que ya iba con su tridente a rematar la faena.
    -Conteste señora o mi impaciente amigo acabará con usted-, Daniel la miró ofendido y ella se encogió de hombros, al fin y al cabo esa había sido su intención nada más ver a la mujer.
    -¿Señora?-, volvió a llamar, pero al no haber contestación Daniel decidió acabar con la miseria de la pobre mujer, caminó hacia ella con lentitud pero decidídamente, mientras el zombie continuaba arrastrándose por la calzada, un gemido que pareció infinito surgió desde sus entrañas, Daniel alzó su arma apuntando a la cabeza del zombie y el gemido del zombie se convirtió en un inconfundible y desesperado llanto, Daniel hizo amago de atacarla, pero hasta ahora no había escuchado a ningún zombie llorando.
    -¡Ayu... ayúdenme!, ¡por favor... se lo suplico... aléjenme de ellos por favor!-, la mujer se dejó caer, hundiendo el ensangrentado rostro entre sus brazos, y Daniel sobresaltado miró a su alrededor pensando que quizás estuvieran rodeados de zombies, pero no era así.
    -¡Diga... la... ¿la han mordido?-, la mujer contestó con voz rasgada y desesperada.
    -¡No!, ¡esto no me lo hicieron los muertos!... ¡fueron los vivos!.
    -¿Los vivos?-, preguntó él con curiosidad.
    -¡Dani!-, llamó Susana con urgencia utilizando por primera vez el diminutivo, Daniel la miró sonriendo pero al mirar la dirección en la que ella señalaba se agachó para ayudar a la mujer a ponerse en pié.
    Por la calle por la que ellos habían venido venían caminando un par de docenas de zombies, ninguno de los dos había visto tan solo a unos pocos al llegar, seguramente estarían escondidos en el interior de las casas abiertas y habrían salido al escuchar todo el estrépito que se había montado en la calle con el accidente y sus gritos.
    -¡Ve para tu casa pero no entres!, si hay demasiados zombies no te quedes quieta y regresa aquí- Susana asintió y se puso en marcha. mirando a Daniel con el miedo pintado en el rostro.
    -¡Vamos!, si no me ayuda no podré llevarla a un lugar seguro-, aunque él intentaba levantar a la mujer esta parecía estar demasiado débil como para levantarse, así que él tuvo que agarrarla por un brazo para levantarla y cargarla sobre los hombros, dio un leve bote para acomodar la mujer a sus hombros y corrió todo lo que fue capaz, estuvo a punto de dejar su nueva arma, pero prefirió correr con dificultad un par de decenas de metros antes que quedar desarmado de nuevo, su «tridente» había demostrado ser bastante eficaz y no estaba dispuesto a dejarlo abandonado por una desconocida que quizá había sido mordida.
    Corrió como un desesperado persiguiendo a Susana, que ya había llegado a su casa y le esperaba al lado del Audi que habían ido a recoger.

    El Audi había pertenecido al padre de Elena, Daniel y Susana lo cogieron del garaje de la casa de su Elena, ni siquiera tuvieron que buscar las llaves ya que estaban puestas, el coche estaba donde ellos lo dejaron tras su precipitada huida, justo en la puerta de la casa de Susana, desde donde la miraban con mortales intenciones dos muertos vivientes que, como era de esperar comenzaron a caminar en su dirección gimiendo y agitando sus codiciosas y podridas manos. -Mierda Dani, ven rápido-, exclamó ella al verlos.   
    Daniel corría todo lo rápido que podía, pero la mujer pesaba más que Susana, no es que fuera una mujer gruesa, pero Susana tenía apenas doce años, era bajita y delgada, y la mujer que Daniel estaba cargando era ya una mujer adulta, posiblemente más alta que él y no andaba falta de alimentos... por decirlo de alguna manera, así que cada vez que daba una zancada sentía todo el peso de la mujer sobre sus rodillas y tobillos que parecían querer torcerse cada vez. Mientras corría se le escapaba algún que otro gruñido por el esfuerzo y la ansiedad, por no hablar del terror que le producía la sola idea de mirar en la dirección en la que se acercaban los zombies, ya que sabía que de hacerlo terminaría arrojando a la mujer al suelo para salvarse él.

    Y entonces miró...

    No solo vio a los veinte o treinta muertos vivientes que había visto un par de segundos antes, ahora pudo ver que realmente salían de las casas, de los jardines, de detrás de los coches, llegaban desde todas las esquinas, con paso lento y firme y con unos gemidos que parecían querer quitarle su esperanza. «Tengo que seguir corriendo», pensó, pero al ver que todas las calles estaban bloqueadas por zombies no supo que hacer... estaban rodeados, ¿les habían hecho los zombies una emboscada?, eso no tenía sentido, los muertos vivientes de las películas no son inteligentes.

    Pero esto NO es una película.

    Susana se quedó paralizada de terror al ver la cantidad de zombies que había aparecido, eran decenas y decenas de zombies. Imploró a Dios para que aquello no fuera más que una pesadilla, y gritó de terror cuando una mano huesuda proveniente de debajo del Audi le agarró el tobillo.
    Reaccionó acelerando la moto a máxima potencia, eso le liberó de la presa, aunque la desestabilizó lo suficiente para hacerle caer de la moto a los pocos metros... de todas formas daba igual, delante de ella se levantaba un muro de muertos vivientes que no se atrevía a atravesar... un simple arañazo y todo se iría a la mierda. Se levantó dolorida y vio que Daniel había alcanzado al fin la esquina, aunque más que correr casi parecía arrastrarse a una velocidad no muy superior a la de los zombies.
    -¡Esto es una mierda!-, gritó cuando vio que Daniel tropezada y caía al suelo, la mujer parecía haber quedado inconsciente, ¿había sido por la caída o por el accidente?, ¿o quizás la habían mordido y estaba a punto de convertirse en zombie?, Susana gritó de miedo y rabia, corrió hasta el coche y lo rodeó para entrar por la puerta del pasajero dejando con un palmo de narices al zombie que había intentado atraparla, una vez dentro echó el seguro a las puertas y buscó desesperadamente las llaves del coche, le costó casi un minuto recordar que Daniel las había escondido debajo del asiento.
    Arrancó el vehículo gritando de horror al ver que por mucho que pisara el acelerador este no avanzaba.
    -¡Punto muerto, punto muerto!-, gritó con desesperación.
    Casi sin darse cuenta metió la primera marcha e hizo avanzar el vehículo con lentitud aplastando al zombie que aun no había logrado salir de debajo.
    -¡Jódete, hijo de puta!-, le gritó con rabia. Fue girando con lentitud, con demasiada lentitud seguramente, pero no quería acabar estrellando el coche o atropellando a quien no debía.
    El giro fue tan lento y amplio que se acercó peligrosamente a la multitud que se acercaba desde el oeste y que golpearon el coche con sus manos y puños haciéndola gritar de nuevo. Susana pensó que algunos zombies debían llevar armas, ya que algunos golpes sonaron metálicos.

    Daniel hizo un par de intentos de levantar a la mujer, pero al alzar la mirada solo vio zombies, ningún ángulo por donde escapar... solo zombies, aunque consiguiese levantarla no llegarían muy lejos, y dejarla allí tirada le pareció algo... no demasiado noble... sacó la pistola.
    -¡No voy a dejar que me matéis así como así!-, apuntó al que tenía más cerca, no estaban ya ni a diez metros.

    Disparó.

    La bala impactó en el pecho del zombie haciendo que se tambaleara y gritara de dolor... ¿sentían dolor los zombies?.

    Disparó otra vez.

    Ahora le alcanzó en el hombro, lo que le hizo dar casi media vuelta.

    Disparó por tercera vez.

    El zombie cayó al suelo con un agujero de bala en la cabeza. -¡Venid, tengo más!-, gritó apuntando a la multitud.
    De pronto escuchó el claxon de un coche, giró la cabeza y vio el Audi acercándose con una lentitud desesperante, ver a Susana tras el volante le hizo sentir que no todo estaba perdido.
    Susana quitó el seguro a las puertas de la derecha y salió para ayudar a Daniel que caminaba con cierta lentitud.
    -¡Ánimo, ya nos vamos!-, le dijo al hombre abriendo la puerta trasera, por donde Daniel introdujo a la inconsciente mujer, luego entraron cada uno por una puerta y se pusieron los cinturones.
    -¡Agárrate!- exclamó Daniel, que pisó el freno, cambió de marcha, aceleró al máximo y soltó el freno haciendo salir el Audi a toda velocidad.

    El Audi atravesó la apestosa multitud atropellando y haciendo volar con facilidad a unas cuantas docenas de zombies que mancharon y arañaron la carrocería con sus huesudos cuerpos, y cuando atravesaron la multitud, se encontraron de frente con un solitario zombie, que antes de ser atropellado fue capaz de arrojar una enorme piedra contra el parabrisas, no llegó a estallar, pero la piedra quedó incrustada en el cristal, que había quedado hecho añicos convertido en una masa agrietada y traslucida.
    Daniel detuvo el coche a una distancia que consideró prudente, abrió la guantera y encontró un paño para los cristales, «que irónico», pensó. Se enrolló el paño en la mano para protegerse los nudillos y descargó varios golpes en el cristal hasta que obtuvo un hueco lo bastante grande para poder ver la carretera.
    -Bueno, supongo que debemos regresar a casa, iremos de «compras» otro día-, exclamó Daniel riendo histéricamente para descargar tensión. Y justo en ese momento un zombie aparecido de Dios sabe donde golpeó al capó con un bate de baseball asustando tanto a Daniel que aceleró a toda leche insultando al maldito bastardo.
    -¡Hijo de puta!, ¡me cago en tus putos muertos, cabrón!-, exclamó, y Susana rió nerviosa.
    -Sácanos de aquí Dani-, dijo ella mirando al frente con decisión.

    Había pasado mucho miedo, aún tenía algo, pero había estado a punto de rendirse al verse rodeado de zombies sin poder hacer nada más que un par de disparos. Había llegado a pensar que su hora había llegado, que finalmente sería devorado y que se levantaría al poco tiempo con la intención de devorar la carne de los vivos, se estremeció pensando que la persona viva más cercana era Susana, una niña de doce años cuyos padres ya habían muerto, posiblemente su «noviete» fuera ya un simple cadáver, era lo más probable. Era una niña que había visto a su mejor amiga regresar de la muerte, convertida en un ser depravado y deseoso de comer su carne, masticarla con sus dientes pequeños y blancos para luego tragarla con esfuerzo por su garganta reseca. Era una niña que había vivido varios días en una casa en la que habían tres muertos vivientes precariamente encerrados... era una niña que aún no sabía todo el valor que guardaba en su interior, una niña... que acababa de salvarle la vida.
    
    Mientras conducía sintió unas repentinas nauseas, por un solo segundo se había visto a si mismo caminando hacia Susana, con huesudas y codiciosas manos que se alzaban hacia ella, acorralada e indefensa, gritando y llorando para que la dejase ir, pero él no podía, su instinto no la dejaba, podía sentir ese hambre que nunca se saciaba del todo, que le quemaba el estómago muerto, no podía evitarlo, su... su carne lucía tan apetecible, era clara y sin ningún tipo de mancha... ¿qué zombie no querría devorar esa carne?. El zombie de su imaginación «su» zombie, se arrojó sobre el pequeño cuerpo de Susana destrozando su ropa dejando al aire su cuerpo infantil, luego hundió sus manos muertas en el vientre plano de la niña con la misma facilidad con la que el cuchillo caliente atraviesa la mantequilla, luego, alzó un puñado de sus rojas y brillantes vísceras para luego hincarles el diente.

    Un par de calles más adelante, Daniel salió del coche dejando atónita a Susana, que gritó preocupada, luego se derrumbó de rodillas y vomitó.
    -¡Sube al coche!-, le gritó la niña, ya que la calle se estaba llenando otra vez de muertos vivientes . «¿pero de donde salen?», pensó Susana.
    Daniel se levantó tambaleante y sudoroso, miró a su alrededor y entró en el vehículo a pesar de que seguía sintiendo algunas nauseas.
    -Tra... tranquila, solo me he mareado un poco-, Susana miró hacia atrás y exclamó; -si apenas hemos avanzado unos doscientos metros-, ignorando el comentario de Susana, Daniel reanudó la marcha en dirección a su casa.

    Antes de aparcar el coche, Daniel aprovechó para atropellar a tres muertos vivientes que caminaban casi de la mano, se bajó a toda velocidad y remató a dos con su «tridente», al tercero se le había roto el cuello aunque Daniel le dio un par de patadas para asegurarse de que no se movía.

    Entraron corriendo en la casa antes de que los pudiera ver algún zombie que hubiera podido pasar desapercibido para ellos, Daniel le pidió a Susana que le trajese agua caliente y algunas toallas mientras dejaba a la mujer en el sofá.
    Estaba tan sucia que ni siquiera era capaz de distinguir el color de su pelo. Una vez que Susana le trajo el agua y las toallas, Daniel limpió a la mujer todo lo que pudo respetando su intimidad, la única herida de cierta gravedad era la que tenía en la cabeza, seguramente producida durante el accidente, aunque también tenía hematomas en la cara así como alguna que otra herida reciente curándose, Daniel creyó entender lo que eso significaba.
    -¿Necesitas algo más?-, preguntó Susana deseando ayudar.
    -Sí, trae el botiquín, lo tengo en el mueble del cuarto de baño-, Susana subió las escaleras a toda prisa para buscar el botiquín.

    Daniel no era médico ni enfermero, pero atendió las heridas de la mujer lo mejor que pudo, no sabía si debía de vendar la cabeza de la mujer ya que parecía haber dejado de sangrar, aún así le cubrió la herida con una compresa, y como esta no se mantenía por si sola en su sitió le hizo un vendaje un tanto... improvisado.
    Cuando la mujer despertó Susana le estaba limpiando las piernas, tenía una cantidad de suciedad increíble.  La mujer se sobresaltó y encogió, Susana se levantó despacio y le sonrió con afabilidad.
    -Tranquila, estás en un lugar seguro, estooo... has sufrido un accidente y...
    -¿Donde están?-, preguntó la mujer en tono histérico, Susana dudó si debía decirle que sus amigos habían muerto, era posible que estuviera en estado de shock y a lo peor le daba un ataque de histeria y le daba por hacer una locura.
    -Bueno... tus amigos.. .- Susana se agarró las manos tras la espalda sin saber que hacer.
    -¿Mis... mis amigos?.
    -Sí, los que iban en la furgoneta- Susana se sobresaltó al ver que la mujer reía completamente histérica.
    -Esos... esos hijos de puta no eran mis amigos, los... los muy cabrones me tenían retenida.
    -¿Re... retenida?-, preguntó Susana sin poder reprimir su sorpresa, -¿y por qué iban a... ?.
    -Mira, lo siento, pero paso de tener que explicarle nada a nadie, y menos a una cría-, dijo levantándose del sofá, aún mareada se tambaleó hasta el punto que Susana pensó que acabaría por caer al suelo.
    -Pienso... pienso largarme a mi casa, si esos... esos hijos de puta han muerto que se jodan, bien merecido lo tienen. Demasiado tiempo me he llevado atada y retenida para no aprovechar la ocasión y marcharme-, caminó con tambaleante decisión hacia la puerta apartando de un manotazo a Susana, que no sabía como reaccionar.
    -¡Eres libre de marcharte en cualquier momento!, pero teniendo en cuenta que te hemos librado de ser devorada por unos setenta u ochenta zombies, que hemos cuidado tus heridas y limpiado, más o menos, el cuerpo creo que sería de esperar algo de cortesía y... agradecimiento, por otro lado, yo no saldría a la calle sin echar un vistazo antes por la mirilla, puede ser peligroso y delataría que estamos aquí-, la mujer se giró al escuchar la decidida y potente voz de Daniel que hablaba mientras bajaba las escaleras.
    -Tenemos alimento para casi un mes, y en un par de días iremos a por más provisiones, lo digo por si te interesa quedarte con nosotros, al fin y al cabo la unión hace la fuerza, o eso dicen. Por cierto, me llamo Daniel, y ella Susana, ¿qué dices?.
    -Tengo que encontrar a mi hermano, no puedo quedarme aquí sin hacer nada con una niñata y un enano que se cree alguien.
    -No es buena idea, lo más seguro es que esté muerto-, habló Susana con voz seria.
    -¿Muerto?, ¿qué sabrás tú?... es fácil hablar cuando aún tienes a tu padre-, Susana dejó caer al suelo la toalla que tenía en las manos y se sentó en el sofá.
    -De hecho sabe bastante, ¿ves algún parecido entre nosotros?, pues deberías ir al oculista. Quizá deberías tener más cuidado con las cosas que dices, ella te ha estado limpiando toda la mugre que tenías encima y ha estado esperando que despertaras, y ooooh sorpresa... sus padres murieron, se convirtieron en muertos vivientes que casi la matan a ella, puedes ir a su casa si quieres, la madre puede que siga en el sótano con el cuello destrozado.
    -Anda que tú también... eso debe ser lo que llaman «delicadeza»-, exclamó Susana con seriedad.
    -Ok perdona, pero ya deberías ir sabiendo como soy.
    -Ya lo voy sabiendo, aunque la verdad no me acostumbro a...
    -¿¡Holaaa!?, yo estaba a punto de largarme-, dijo la mujer interrumpiendo la discusión de los otros dos.
    Daniel la invitó con un gesto a mirar por la mirilla de la puerta, la mujer accedió ya que no tenía nada que perder, se llevó las manos a la boca, se giró y exclamó: -Buenas, me llamo Sandra, aunque desde pequeña me llaman Sandy... fue una cursilería de mis padres, ya que les gustaba mucho Grease, ya sabéis la película esa en la que cantan y bailan y eeeh, da igual, a mí me gusta, así que a callar-, Susana sonrió aliviada y Daniel le hizo un gesto de bienvenida.
    -El lavabo está arriba, por si quieres darte un baño más a fondo, pareces necesitarlo.
    -Luego, quizá-, se sentó en el sofá con gesto conciliador, -siento haber sido tan borde, pero es que de verdad necesito encontrar a mi hermano, es la única familia que tengo, y si realmente está muerto necesito saberlo, y si es uno de esos asquerosos cadáveres no puedo permitir que vaya por ahí arrastrándose y buscando gente a la que morder, mi hermano no-, Susana lanzó una significativa mirada a Daniel que entendió enseguida... la mujer buscaba a la única persona que le quedaba en el mundo, al igual que debería haber hecho él, pero Daniel se limitó a encogerse de hombros.
    La mujer siguió hablando ignorante del paralelo y mudo diálogo de los otros dos.
    -... Tiene quince años, debe estar esperándome en casa.
    -¿Ibas de camino a tu casa en la furgoneta?-, preguntó Daniel.
    -De hecho, no... -, contestó un tanto bruscamente.
    -Esos hombres la tenían retenida-, aclaró Susana.
    -Ya suponía algo así, ¿ellos son los que te hicieron eso?-, dijo Daniel señalando las heridas en el rostro de la mujer, que a parte de algunos moratones tenía el labio partido.
    -La mayor parte... - susurró intentando ocultar el rostro con su pelo.
    -¿y donde vives entonces?.
    -Vivo en el centro, en «Brisa Marina».
    -Chungo-, exclamo Daniel arrugando la frente -¿cuando fue la última vez que hablaste con tu hermano?.
    -Hace cinco días.
    -Supongo que eres consciente de las pocas posibilidades que hay de encontrar a tu hermano con vida, aun cuando en un principio pudiera haberse ocultado es bastante posible que...
    -Ni se te ocurra decirlo, él... él tiene que estar vivo. Yo debo... yo debo en... encontrarlo-, exclamó sollozando débilmente.
    Daniel no sabía como convencer a la mujer, si él se encontrase en la misma situación que ella probablemente no sería tan valiente como ella, no nos engañemos. El ama profundamente a su novia, pero tenía serias dudas de si sería capaz de atravesar un edificio repleto de seres caníbales por ella... sí, unas dudas bastante serias. Incluso el rescate de Susana no había sido sino un cúmulo de casualidades que difícilmente volvería a repetirse. Daniel Suspiró y miró a la niña, que se atusaba el pelo distraida mientras miraba a la mujer sin ser consciente de que él la miraba. No se arrepentía de haberla sacado de aquella maldita casa la verdad, hasta sus continuos lloriqueos eran mejor que el absoluto silencio que había reinado en su casa hasta hacía bien poco, pero aún así seguía sin tener muy claro lo que habría hecho de saber que la que gritaba pidiendo ayuda no era su vecina, arriesgarse por alguien que se conoces es una cosa pero arriesgar el pellejo por una persona de la que ni siquiera conoces el nombre era otra muy distinta, nada propia de él.
    Ante el repentino silencio que se había levantado en la habitación, la mujer volvió a sentarse, cogió aire con una fuerte bocanada y comenzó a hablar.
    -No... no quiero despertar vuestra compasión ni vuestra pena-, dijo-. Solo... solo quiero que sepáis que para mí mi hermano es lo más importante, y que... sea como sea acabaré encontrándolo, -a pesar de los deseos de la mujer, Susana no pudo evitar mirarla con infinita compasión, -Quizá está por ahí escondido, yo estuve en la casa de aquí al lado varios días sin compañía... bueno, con Elena-, dijo en voz tan baja que ninguno de los otros llegó a oírla.
    -Tiene gracia-, exclamó Sandra riendo irónicamente, -ni siquiera era mi turno, se lo cambié a un compañero que me debía un fin de semana-, volvió a reír. -Yo... yo libraba aquel día, pero lo cambié... lo cambié por un fin de semana libre-, repitió un par de veces-, luego vi cosas horribles por televisión y quise ir a por él, correr en su búsqueda, vi... vi en las noticias unas imágenes de su instituto... una auténtica carnicería. Para que me entendáis, yo trabajo de noche, bueno debería decir que «trabajaba», la noche en la que empezó todo yo estaba en el puesto de vigilancia del centro comercial, estaba todo tranquilo, como siempre. Estaba viendo en la «tele» una vieja película cuando la interrumpieron para dar un informativo especial, estaba sucediendo algo extraño en no sé dónde, y cada poco había una conexión nueva en otro país en el que estaba sucediendo lo mismo. Enseguida vi que no era algo aislado, era algo a nivel mundial, la cosa era tan grave que me quedé en mi puesto incluso cuando mi relevo no vino, ahí me di cuenta de que algo pasaba, sobretodo cuando le llamé al teléfono y no contestó. Llamé... llamé a la central y no supieron decirme nada, todo era un caos, era todo tan confuso que no sabía si quedarme o marcharme. Si hubiera sabido lo grave que era la cosa me habría marchado de inmediato, pero ya se sabe... el puesto no se puede quedar nunca sin vigilancia, así que cuando ya era la hora de abrir y allí no apareció nadie cogí mis cosas, quería asegurarme de que mi hermano se encontraba bien, pero claro... no contaba con los atascos y los muertos vivientes, nunca quince kilómetros me parecieron tan largos- respiró hondo y pidió un vaso de agua y Susana corrió sonriendo hacia la cocina.
    -Conducía por la carretera, cuando un... un trailer, un camión enorme me embistió, iba como loco pero por fortuna chocó con la parte trasera de mi coche que giró como loco, me di un golpe en la cara... el coche estaba destrozado, inservible así que tuve que abandonarlo... esto sucedió en el puente «Constitución», justo en el cruce con la Nacional, y al salir del coche fui consciente de lo mal que estaban las cosas. Mi coche no era el único accidentado, ni yo era la única persona que miraba hacia la ciudad con las manos en la cabeza. Como ya sabéis, a esa altura del puente hay una vista espectacular de la ciudad, digna de una postal, pero lo que yo vi era digno de salir en las noticias de la noche. Incendios por todas partes, helicópteros de la policía estrellándose contra los rascacielos, el ejército cargando contra la población... o lo que yo pensaba que era la población-, Susana regresó de la cocina con un vaso y una botella de agua, llenó el vaso y se lo tendió a Sandra que lo vació de un ansioso trago. -Gracias-, dijo -La entrada a la ciudad estaba cortada pero a la gente no le importaba, intentaban entrar pasando por encima del bloqueo pero había un par de tanques y... tenía que encontrar otra manera, mi... mi hermano estaba solo, yo tenía que encontrarlo, tuve que... entré en un coche, estaba vacío pero tenía las llaves puestas y... no se, supongo que buscando otra entrada a la ciudad me perdí, debí torcer a la derecha donde debía haber cogido para la izquierda, he de reconocer que no se orientarme muy bien si se me saca del camino. Me perdí en una carretera secundaría, metí tanto la pata que a medianoche acabé frente a un bar de carretera donde Cristo perdió la sandalia. Allí no había pasado nada, aunque el dueño estaba parapetado detrás de la barra con la «tele» en el suelo y con el volumen casi al mínimo, pude verlo por una de las ventanas laterales del bar. Yo necesitaba hacer una llamada y tenía el teléfono sin batería, lo había dejado todo el día encendido por si mi hermano me llamaba pero nada, y tampoco atendió a mis llamadas y mensajes, le llamé a su móvil y al teléfono de casa pero no hubo suerte. Pero al ser ya media noche pensé que quizá contestaría, sé que es una tontería pero necesitaba pensar que él estaba a salvo, porque si no es asi, nada tendría sentido para mi. Convencí al hombre que me dejara entrar, utilicé su teléfono pero mi hermano seguía sin contestar. Aquella noche la pasé en el bar junto al dueño, que tenía tanto miedo que no se atrevía a regresar a su casa... por la mañana, al ver las noticias de la mañana, pude ver imágenes del día anterior, fue cuando vi el instituto de mi hermano... dejé el bar e intenté entrar a la ciudad, pero aunque fui capaz de regresar al camino correcto tuve la mala suerte de tener un pinchazo, y ahí fue cuando me crucé con esos cabrones. En principio eran cinco, pero poco a poco fueron cayendo, y que Dios me perdone pero me alegro un montón. Se ofrecieron a llevarme a la ciudad, yo les dije que no hacía falta, sé cambiar una rueda yo sola, pero cuando vi sus verdaderas intenciones fue demasiado tarde, y aunque sé artes marciales es difícil derrotar a cinco hombres si estás desarmada. No sé el tiempo que me tuvieron encerrada en la furgoneta, me tenían atada y amordazada para... para... un día logré escapar, ni siquiera recuerdo como, y llamé a mi casa... escuché la voz de mi hermano, juro que la escuché, pero era el contestador automático, en el decía que estaría en casa de su amigo Raúl que vive en el mismo edificio que nosotros pero un par de pisos más arriba, me sentí tan aliviada que me descuidé y volvieron a cogerme, aunque para entonces ya habían caído dos. Por alguna asquerosa razón a esos hijos de puta no les «ponía» mi uniforme, así que robaron este vestido en una tienda para que «estuviera presentable» según ellos, un puto vestido... habían perdido a dos de los suyos por un puto vestido, uno de ellos resultó herido al parecer, aunque tardó casi cuatro días en presentar síntomas, lo siguiente que recuerdo es rodar de un lado a otro en aquella horrible furgoneta y que luego desperté aquí, todo este día lo tengo bastante borroso.
    
    Todos quedaron en silencio durante algunos minutos, a Susana le afectó tanto la historia que se sirvió un vaso de agua.
    -Así que sabes que tu hermano está vivo, o al menos que lo estaba hace cinco días.
    -Así es, y me da igual lo que digáis, estoy dispuesta a quedarme aquí unos días, he de admitir que no estoy en mi mejor forma, pero en cuanto me sienta mejor volveré a por mi hermano, con o sin vuestra ayuda-, Daniel suspiró cansado, -¿eres consciente de lo difícil que debe ser llegar al centro de la ciudad y de la cantidad de apestosos muertos vivientes que debe haber en los alrededores?, por no decir en el interior, del edificio «Brisa Marina».
    -No me importa, nada impedirá que llegue junto a mi hermano-, Daniel asintió con fingida convicción.
    -¿Y luego qué?, supongo que en tu casa no tienes suministros infinitos, tendrás que salir de vez en cuando a conseguir más, y en cada una de esas salidas deberás enfrentarte a una docena de pisos repletos de muertos vivientes, tienes que admitir que quedarte aquí te resultaría mucho más seguro-, Sandra, sabía que él tenía razón, pero aún así no estaba dispuesta a renunciar ir a por su hermano.
    -¡Pero no puedo dejarlo solo!.
    -Que hablaras con él hace cinco días no significa que esté vivo-, dijo Susana que se había sentado en uno de los reposabrazos del sofá.
    -Haremos esto-, exclamó Daniel antes de que Sandra dijera nada, -esperaremos cinco días, si puedes contactar con tu hermano en ese tiempo te prometo que, no solo te dejaremos que vayas a por él, sino que te ayudaremos, pero si pasados esos cinco días no hay contacto y aún así quieres marcharte te dejaremos ir, lo siento, no estoy dispuesto a arriesgar mi vida y ni mucho menos la de Susana por alguien que no sé a ciencia cierta si está vivo. ¿Trato hecho?, piensa que esos cinco días de descanso te irán muy bien.
    -¡Pero... pero!, ¡robaron mi teléfono, y sin él no sé el número del amigo de mi hermano!.
    -Yo tengo teléfono, y hay una herramienta muy útil que aún funciona, se llama internet, en ella podrás encontrar el número que quieras-, Sandra suspiró sin saber que decir.
    -Si está vivo lo encontraremos-, añadió Susana que se levantó y guió a la mujer hasta el ordenador de Daniel.
    -A ver cómo sale esto-, susurró Daniel para si.

    Con la ayuda de Susana, Sandra encontró lo que buscaba. También aprovecharon para echar un vistazo a las diferentes redes sociales, algunas de las cuales estaban fuera de servicio porque los servidores estaban caídos, pero las que aún funcionaban se encontraban saturadas. Al parecer todo el mundo las estaba utilizando para buscar a sus seres queridos, pero no solo para eso, se estaban compartiendo vídeos e imágenes de lo que estaba sucediendo, información que ni la televisión ni la radio habían dado en su día, antes de que dejaran de emitir.
    Vieron vídeos de las fuerzas antidisturbios entrando en un hospital, disparando a todo el mundo estuvieran o no infectados, vídeos en los que se podía ver perfectamente como se bombardeaban ciudades enteras, fotos de cadáveres de niños, mutilados y devorados a medias.
    -¿En esto se ha convertido Facebook?-, preguntó Susana.
    -Era de esperar, al no haber radio ni televisión la gente necesita saber lo que sucede, y aquellos que tienen información intentan compartirla por inútil que parezca- dijo Sandra.
    -Al menos sabemos que hay más gente viva a parte de nosotros-, exclamó Susana sonriendo esperanzada.
    -Así es, bueno... la fecha de la mayoría de los vídeos son de los primeros días fíjate, incluso los mensajes son casi todos antiguos Sandra guardó silencio durante unos segundos mientras examinaba los mensajes del perfil de su hermano pequeño. -Según esto, la última vez que mi hermano accedió a su perfil fue hace seis días- exclamó, -le he dejado un mensaje por si acaso. Puede que entrara desde casa, muy posiblemente el mismo día que cambió el contestador automático... es posible que su amigo no tenga internet en casa, ¿no crees?.
    -Sí claro, seguro que es eso, -Susana pensaba algo muy distinto, para ella una casa sin internet era algo inconcebible, algo digno de la edad de piedra, pero no quería frustrar la poca esperanza que pudiera tener aquella mujer, aunque en realidad pensase que era bastante posible que su hermano y el amigo de este hubieran muerto intentando llegar a la casa del segundo, o quizá se encontraban acorralados e incomunicados en una de las habitaciones de la casa, había todo un universo de oscuras posibilidades, y Susana se las imaginó todas.
    Daniel tenía un teléfono al lado del ordenador, bastante ingenuo sería no tener uno en cada planta. Susana lo descolgó, observó que había tono y se lo pasó a Sandra que la miró asustada, la niña entendió por lo que la mujer estaba pasando, si a pesar de todo nadie cogía el teléfono sería hora de ir pensando lo peor.
    Con un terrible suspiro, Sandra agarró el auricular que Susana le ofrecía, marcó el número con toda la calma de la que fue capaz para no equivocarse y esperó...  tono de conexión de llamada.
    Dando un alarido que hizo saltar del susto a Susana, la mujer dejó caer el auricular al suelo, se llevó las manos a la cara y empezó a llorar... al parecer de alegría.
    -¡Comunica, está comunicando!, ¡eso significa que están vivos!-, Susana se llevó también las manos a la cara, aún seguía bastante escéptica sobre todo el asunto, los días que había pasado con Daniel le habían enseñado a tener prudencia en todas las situaciones, por muy esperanzador que pudiera parecer algo no había nada malo en suponer que las cosas podían acabar torciéndose, eso te mantenía alerta.
    -Le diré a Daniel que aún hay esperanzas-, exclamó Susana -puedes bañarte ahora que estás más tranquila, yo he intentado lavarte pero estabas muy sucia.
    -No te preocupes-, suspiró nerviosa, -supongo que sí me daré ese baño.

    Sandra se dio un baño de casi media hora, lo que quiere decir que era un baño de media hora menos que los que se daba Susana. Una vez limpia notó que la herida de la cabeza había dejado de sangrar, no debía de ser tan grave como parecía, pero aún así se secó la cabeza con mucho cuidado para no abrirla. Una vez limpia se puso el albornoz de Daniel, no quería ni ver aquel maldito vestido, no quería tener que recordar los últimos días, y con él puesto eso sería imposible.
    -Supongo que no tendrás algo que me vaya bien, he decidido quemar ese asqueroso vestido-, exclamó al bajar al salón.
    La verdad era que una vez limpia y, más o menos, peinada, Sandra resultó ser una mujer bastante atractiva, aun con los moratones y heridas. A pesar de estar en pleno Invierno poseía una piel tostada preciosa, su pelo era rubio oscuro ligeramente rizado y tenía una complexión atlética a la que el albornoz sentaba increíblemente y sus ojos eran tan azules que los moratones no podían ocultarlos.
    -Bueno estooo, no... no sé, ¿que talla usas?, aunque no sé si a mi novia le importará que te pongas su ropa.
    -¿Tenías ropa de mujer y no me lo dijiste?-, preguntó Susana indignada.
    -No puedes culparme, no te iba a sentar nada bien, mi... mi novia es una chica... voluptuosa, y tú... tú... tú eres una criaja que ni siquiera ha empezado a desarrollarse-, Sandra rió a su pesar, aquella había sido la conversación más extraña de su vida, Susana tampoco pudo evitar reírse, al fin y al cabo Daniel tenía razón, seguramente toda la ropa de la novia de Daniel le estaría grande a ella.
    -La ropa está en el armario de mi habitación, toda la parte derecha y los dos cajones inferiores son suyos... por cierto, mi armario solo tiene TRES malditos cajones-, las dos chicas rieron ante el comentario de Daniel, Susana hizo amago de acompañar a la mujer otra vez pero ella le dijo que no hacía falta, la niña se sentó en el sofá dando un bote inesperadamente alegre.
    -¿A que viene esa repentina alegría?.
    -No quiero que pienses que me estoy haciendo demasiadas ilusiones, pero mientras ella se estaba bañando aproveché para mirar mi correo y mi página de Facebook... Marcos está vivo.

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