martes, 11 de septiembre de 2012

Tres


    Daniel sintió como desde lo más profundo de su ser, pugnaba por escaparse un grito de proporciones incalculables, pero sabiendo que no tenía tiempo para ello, empujó a la niña a un lado evitando por unos centímetros que su putrefacta madre la agarrase con sus zarpas.
    La pobre mujer aún iba en camisón, el pelo desordenado y las manchas de sangre hacían juego con su labios agrietados y sus ojos muertos.
    Sin dar tiempo de reaccionar a Susana, Daniel empujó a la mujer al interior del oscuro sótano haciéndola rodar por las escaleras, hubo varios crujidos que le pusieron la carne de gallina.
    Daniel entró en el sótano encendiendo la luz aunque no descendió por las escaleras, y esta vez no era por miedo sino por el tufo a muerte y descomposición que había allí.
    -¡Imbécil!-, lloró Susana empujándolo para tirarlo a él también, aunque sin demasiada fortuna hay que decir.
    -¡Quería estar con ellos!, ¡quería... !-, Susana se desplomó otra vez de rodillas, lo cual ya estaba cansando a Daniel que sin decirle nada, comenzó su descenso respirando lo justo para oler lo mínimo posible el viciado aire del sótano.
    Daniel descendió con el rodillo bien sujeto en la mano derecha aunque sintió que la madre de Susana no era ya una amenaza, había caído hecha un bulto al pié de la escalera con la cabeza vuelta en un ángulo imposible, no había duda de que se había roto el cuello al caer por la escalera, pero aún así se acercó a la mujer con precaución, y al llegar a una distancia prudencial le dio con el pié, pero no dio señales de vida.
    Ya más tranquilo bajó al atestado sótano, había decenas de cajas, un par de estanterías con latas de conservas, y algunos muebles viejos. Como quiera que el «paseo» le había dado hambre, Daniel agarró unas cuantas latas para comérselas arriba, luego cogió una lona vieja para cubrir el cadáver de la mujer pero antes la arrastró hasta un rincón en el que no entorpeciese el camino.

    Mientras Daniel exploraba el sótano de la casa, Susana subió a su habitación con la mochila al hombro y deseando que todo aquello terminase cuanto antes. No recordaba cuando ni cómo empezó todo aquello, los días en casa de Elena le habían parecido terriblemente largos y estar todo el día en tensión y aterrorizada le había hecho perder la noción del tiempo, aunque no habían pasado más de dos semanas ella habría jurado que el tiempo que pasó en casa de su amiga no fue menos de un mes.
    Sin quitarse ropa o zapatos se tiró en su cama, que aún estaba tal y como ella la dejó aquel día fatídico, incluso la persiana de su ventana seguía cerrada. Sorbiendo por la nariz y sin poder dejar de llorar se quedó dormida, y por una vez fue un sueño tranquilo.

    Cuando Susana despertó ya había empezado a oscurecer, aunque aún se sentía terriblemente triste, el dormir en su casa, en su propia cama, pareció tener un efecto reparador en ella que mientras se frotaba los ojos pensó que fue una idiota al querer que su madre la mordiera, si Daniel no hubiera actuado tan deprisa ahora ella sería uno de esos asquerosos cadáveres andantes, o quizás él habría terminado con ella destrozando su cráneo con el rodillo de amasar.
    Se sentó en el borde de su cama, cogió un paquete de pañuelos de papel del cajón de su mesilla de noche y se sonó la nariz recordando que, ahora, estaba sola. Quiso llorar, pero ya no tenía sentido, sus padres la habían dejado, habían muerto, convertidos en zombies, muertos vivientes devoradores de carne fresca. Su propia madre había estado a punto de cogerla. Sacudió la cabeza esperando que todos esos pensamientos desapareciesen de su cabeza, pero al acallarse esos pensamientos pudo escuchar un sonido aún peor.
    Descendió al salón, donde Daniel en completa oscuridad miraba hacia la puerta de entrada, con el rodillo en la mano. A Susana le habría parecido algo cómico de no haber visto el gesto serio y de concentración en el rostro del joven, y al llegar a su lado fue capaz de entender su estado de alerta al identificar el sonido que había escuchado desde su cuarto.

    Gemidos.

    No eran simples gemidos, eran gemidos de gente muerta, gemidos de gente que daba manotazos a la puerta intentando abrirla, gemidos de gente que quería entrar a la casa no para tomar un té ni para ver un partido de fútbol con su padre, sino para clavar sus dientes amarillos en su carne y desgarrar su pálida piel y arrancar trozos y más trozos de su joven cuerpo que, seguramente, se pudriría en sus estómagos, pero que aún así los necesitaban por el más fundamental de los instintos que, al parecer, era lo único que sus vacías mentes conservaban.
 
    Muerta de miedo, Susana cogió la mano izquierda de Daniel que temblaba un poco, para luego preguntarle cuantos de esos muertos habían en el exterior.
    -Te lo digo en serio... no lo quieres saber.

    Un par de muertos vivientes les habían visto entrar aquella mañana, y para colmo habían olvidado cerrar la puerta, estando a punto de entrar en la casa cinco zombies, cerrar la puerta no sirvió para hacerles cejar en su empeño, más bien al contrario ya que llamó la atención de otros muertos con sus excitados gemidos y sus constantes golpes a la puerta, algo en sus podridos cerebros les decía que si sus «compañeros» querían entrar ahí debía de ser por una buena razón, que para ellos solo podía ser una, comida. Y así, minuto a minuto se fueron amontonando más y más de aquellos apestosos frente a la puerta de la casa, todos con la intención de devorar a sus inquilinos. Ahora eran tantos que si lograban entrar no dejarían rastro de ninguno de ellos dos, quizá sería lo mejor ya que no llegarían a transformarse en una de esas cosas.

    -¿Qué vamos a hacer?-, susurró la niña sin soltar la mano de Daniel.
    -No tengo ni idea... ni siquiera podemos volver al coche, es como si estuviera en Holanda, y me refiero a la distancia, no a lo de estar «emporrado»-. Susana asintió aunque no entendió a que se refería Daniel con lo de Holanda.
    -¿Tu padre tiene coche?.
    -Sí, pero está en el taller, por eso esto me pilló en casa de Elena, su padre...
    -Tranquila, no hace falta que me cuentes tu vida-, Daniel hablaba sin mirarla, tan atento estaba a la puerta que ni siquiera era consciente de que ella le había cogido de la mano, pero al quedar los dos en silencio durante un par de minutos notó la calidez de la mano de la niña, alzó su propia mano (seguida por la de Susana evidentemente) mirándola sobresaltado y luego se la sacudió como si se tratara de un bicho.
    -¡Estate quieta, niña!, ¡no es este lugar ni momento para sobresaltos!.
    -¡Eres un idiota!... ¡solo quería que supieras que no estás solo!-, gritó ella excitando con su voz aún más a sus insistentes visitantes.
    -Te pediría el favor de que no gritases si tuviera la más mínima esperanza de que tu inacabado cerebro fuese a entender los motivos por los que te lo pido, y que por ende accederías a obedecerme. Pero no, en lugar de escucharme te vas a tu cuarto a llorar o a tocarte, que es lo que deberías hacer a tu edad ya que estás en esa edad en la que deberías estar explorando tu cuerpo... ups, espera... ¡ignora eso último que he dicho!, ¡duerme si lo prefieres, eso duerme!.
    Daniel masculló una maldición, se giró y subió tras Susana. La niña había corrido hacia su habitación, aunque no había oído ni la mitad de lo que Daniel le había gritado desde abajo no quería hablar con él, así que entró en su habitación y cerró de un portazo.
    Daniel llamó a la puerta con los nudillos y habló con cierta delicadeza; -Abre niña por favor, tengo que decirte una cosa.
    -¡No quiero!.
    -Vamos no seas así, ¿o acaso este es un comportamiento normal para una niña de trece años?.
    -Tengo doce, y no conseguirás que abra la puerta apelando a mi madurez.
    -¿Apelar?, ni siquiera sabía que conocías el significado de esa palabra, venga abre que es importante.
    -No quiero.
    -Mmm, un argumento muy convincente. Bueno, pues no abras, pero dime donde guardaba tu padre las balas, porque encontré su pistola y... - Daniel no pudo acabar la frase ya que Susana abrió la puerta y le dio una soberana patada en la espinilla que le hizo saltar a la pata coja varias veces.
    -¿De verdad todo esto es necesario?, y me refiero a pasar por el proceso de la preadolescencia y a los... diez o doce años de estupidez que le siguen... ¡¿Por qué no maduras y me dices donde está la munición de tu padre?!, a más balas tengamos mayores serán nuestras posibilidades de vivir.
    -No se nada de la pistola, mi padre ni siquiera la sacaba delante de mí, así que no tengo ni idea.
    -Genial-, dijo Daniel para si, -habrá que encontrar el escondite a la antigua usanza-, dicho eso corrió hasta la habitación de matrimonio, bajó las persianas al máximo y cerró las cortinas, necesitaba encender la luz y no quería que esta llamara aún más la atención. Tropezó un par de veces hasta llegar a la puerta y una vez allí pulsó el interruptor.
    -A ver, a ver... si yo fuera una caja de munición-, el primer lugar en el que miró fue en el armario, un mueble enorme y de bella factura con dos enormes lunas, en el interior encontró diversos cajones, pero a parte de calcetines y ropa interior no encontró nada parecido a una caja de balas.
    En el hueco de los zapatos habían varias cajas pero en ella solo habían... sí, zapatos. Daniel se puso en pié aún convencido de que las balas debían estar ahí, pero algo le dijo que no estaban en el interior del armario.

    Tras buscar las balas en los lugares que a él le parecieron lógicos, como el refrigerador, detrás de la tele, o los cajones de la ropa interior de la madre de Susana, a Daniel se le ocurrió que, si alguien quiere que una persona no coja algo y lo quiere esconder, el lugar perfecto sería aquel al que la otra persona no tuviera acceso, un lugar... al que no pudiera llegar.
    Daniel cogió una silla de un rincón y la utilizó para mirar encima del armario, donde habían mas cajas y algunas maletas, cogió todas las cajas que pudo y saltó de la silla. Arrojó las cajas sobre la cama y estuvo a punto de dar un salto de satisfacción al ver una en la que se veía claramente dibujada una diana.
    -Bingo.

    El padre de Susana no tenía un polvorín en su casa, obviamente, Daniel apenas había encontrado un par de cajas de balas, lo cual no era mucho y más teniendo en cuenta su escasa experiencia con armas de fuego. Aún así se sintió satisfecho ya que al menos tenía un arma para defenderse de los muertos sin tener que acercarse demasiado.
    Ahora, más tranquilo, fue a hablar con Susana.
    -Niña, déjame entrar por favor.
    -Estas no son horas para entrar en el dormitorio de una niña de doce años-, exclamó ella desde el interior.
    -Vamos no seas niña, deja que entre.
    -No quiero hablar, lárgate.
    -No seas tonta, no me interesa tu estúpida conversación, lo que pasa es que no... no quiero que estés sola esta noche. No después de lo que ha pasado, además están esos asquerosos que en cualquier momento pueden derribar la puerta, y no quiero tener que correr desde la otra habitación para protegerte. Entiéndelo.
    -No es tu obligación protegerme-, Susana intentó parecer indiferente ante el comentario de Daniel, pero él percibió que estaba comenzando a vacilar. Aunque sabiendo que seguiría dando guerra por algún tiempo se sentó en el suelo antes de continuar.
    -Puede que antes no lo fuera, pero ahora sí... solo nos tenemos el uno al otro, y si hay algo que protejo es aquello que considero mío.
    -Yo no soy nada tuyo, imbécil.
    -Aún no pequeña cabezota, pero dame un mes y seremos como hermanos... o como primos segundos, ya veremos-, Daniel escuchó un resoplido proveniente de la habitación de Susana, la niña estaba intentando disimular una carcajada.
    -¿Tú y yo hermanos?, si podrías ser mi padre.

    Aprovechando la tranquilidad del momento, Daniel examinó el arma para ver donde estaba el seguro, saber como sacar el cargador y esas cosas, sin querer tiró de la corredera y se dio él solo un susto cuando un cartucho salió disparado por la ventana de expulsión.
    -No te creas, soy más joven de lo que parezco.
    -¿de verdad?, ¿cuantos años tienes cuarenta?-, Daniel sonrió al escuchar risas tras la puerta de la habitación.
    -No, apenas llego a los treinta. Por cierto si tienes hambre dímelo, tengo latas de cosas... digo cosas porque no me he fijado de qué son.
    Daniel casi se cae de espaldas cuando Susana abrió la puerta de su habitación.
    -La verdad es que tengo un poco de hambre.

    Mientras calentaban las latas en el microondas Daniel echó un vistazo a través de la mirilla de la puerta para luego chasquear la lengua.
    -Siguen ahí, pero parece que se están dispersando... espero que mañana se hayan ido. Parece que no aguantan bien la luz del Sol, o su calor no sé. Sea como sea la cosa parece haberse tranquilizado un poco-, y entonces, casi como contestando a Daniel, una de las ventanas del salón estalló lanzando trozos de vidrio por doquier y provocando que Susana comenzara a gritar.
    -¡Que carajo!-, exclamó Daniel.

    En el exterior uno de los muchos muertos que parecían estar dispersándose había regresado con un palo, un bate o algo parecido y había golpeado el cristal con suficiente fuerza para romperlo.
    -¡No, esto no me gusta!-, dijo Daniel sacando el arma ya que de pronto todos los zombies parecían haberse puesto de acuerdo y estaban golpeando con fuerza tanto la puerta de entrada como las ventanas del salón.
    -Esto es malo, muy malo- Susana salió de la cocina para estar junto a Daniel y la miró asustada.
    -Bueno, no es tan malo, ¿no? las ventanas tienen rejas- dijo ella.
    -Pero la puerta no-, eso era lo que Daniel temía, de alguna forma aquellos seres habían juntado suficientes fuerzas como para que la puerta pudiera ser derribada, y si lograban eso esquivar los muebles que había puesto como barricada solo sería cuestión de tiempo.
    -No podemos quedarnos aquí, la puerta puede ceder en cualquier momento, ¿por donde podemos salir?- Susana se quedó en silencio intentando concentrarse, pero al estallar la segunda ventana la hizo gritar de nuevo.
    -¡Por donde salimos!.
    -Ga...garaje, por el garaje.
    -Pero sin el coche tendremos que correr mucho si queremos escapar.
    -Po... podemos coger la moto de mi madre-, Daniel ni se lo pensó, ni siquiera fue capaz de controlar su mano, en realidad no había querido hacerlo, pero descubrir en aquel preciso momento que contaban con un vehículo en el que podrían haber huido a su casa le enfureció de tal manera que la bofetada salió sola, golpeó a Susana en la mejilla derecha y la hizo caer al suelo.
    -¡Hay una puta moto en el garaje!... ¿y no se te ocurrió decirlo antes?, a estas horas podríamos estar a salvo en mi casa y no aquí rodeados de zombies, zombies que, por cierto, acaban de romper la puerta-, Daniel levantó a Susana de un tirón y sin soltar su mano corrió hasta la cocina donde estaba la puerta que daba al garaje, mientras tanto el salón empezaba a llenarse de seis tambaleantes visitas.
    Daniel encendió la luz del garaje y cerró la puerta tras de si esperando que no los hubieran visto meterse dentro, mientras tanto Susana había caído en un terrible silencio que parecía ensordecedor a los oídos de Daniel.
    La sujetó por ambas mejillas y la miró a los ojos con ojos fieros; -lo siento-, exclamó, -no quería pegarte, pero debías haberme dicho que había una moto aquí. Te prometo que no volveré a golpearte, pero te necesito despierta y alerta, ¿entiendes?-, ella asintió aunque no dijo nada.
    -Te ruego que me digas que las llaves no las tiene tu madre.
    -No las tiene mi madre, como siempre las pierde las deja puestas dentro del garaje- dijo ella con gravedad, y cuando Daniel comprobó que era cierto le dio un dulce beso en la frente.
    La moto era una simple «scouter» pero sería suficiente para huir de los muertos vivientes, Daniel montó en ella y la arranco, el sonido del pequeño motor era ensordecedor en aquel cuarto cerrado.
    -Venga, monta. Espera... ¿como se abre la puerta del garaje?.
    -Tiene una palanca, aunque tarda unos segundos en abrirse-. Daniel  se quedó en silencio unos instantes meditando sobre la situación.
    -De acuerdo, ¿sabes manejar esta moto?.
    -Claro-, dijo ella indignada. Aunque legalmente no tenía edad para conducir motocicletas había manejado las de algunas amigas mayores, no ganaría una carrera de motociclismo pero sabía lo suficiente.
    -De acuerdo, yo abriré la puerta y tu conducirás-. Los ojos de Susana se abrieron desmesuradamente, no tenía demasiado claro si sería capaz de controlar la moto de su madre entre todos aquellos muertos. De todas formas asintió con seguridad y se puso a los mandos después de que él bajara de la moto.
    -Bueno, ¿lista?-. Los golpes en la puerta que daba a la cocina contestaron de parte de Susana, Daniel tiró de la palanca y la puerta comenzó a abrirse con más lentitud de la deseada, Daniel corrió hasta la moto, se subió a ella y se agarró a la cintura de Susana.
    -Dale con todo, y si me caigo... no te des la vuelta-. Daniel sacó la pistola y apuntó al frente esperando a ver aparecer al primer cabeza muerta para dispararle, pero estos eran bastante lentos, Susana aceleró y dejó que la moto les llevara hacia adelante.
    -¡Deberíamos haber cogido los cascos!-, gritó Daniel tras salir del garaje.
    -Da igual... no nos van a multar.
    Al salir a la calle comprobaron que seguía lloviendo, aunque muy débilmente, tanto que apenas había auténticos charcos.
    Dejaron la casa atrás con mayor facilidad de la esperada, la mayoría de los zombies que se habían agolpado frente a la casa ya habían entrado, y los pocos que habían quedado fuera no pudieron reaccionar lo bastante rápido como para ser una auténtica amenaza.

     Las finas gotas de agua les golpeaban mientras Susana manejaba la moto a toda velocidad, mojándolos y aumentando la sensación de frío. Un par de calles antes de llegar a su destino y temblando de frío, Susana apretó la palanca de freno. La calle estaba atestada de muertos vivientes, no hacían nada es especial, tan solo caminaban errantes, al menos hasta que los vieron a ellos, y entonces alzaron sus manos y apretaron el paso intentando llegar hasta ellos.
    -Mierda, no vamos a poder entrar-, dijo Susana.
    -No te preocupes, gira la esquina hacia la izquierda, cogeremos por detrás.
    -¿Por detrás?.
    -Sí, hazme caso. saltaremos el muro.
    -¿Muro, qué muro?.
    -Tú dale y haz lo que te digo-, con tal de no tener que ver a la horda de muertos que caminaba hacia ellos a una velocidad preocupante, Susana obedeció a Daniel, esquivó a un par de zombies y frenó cuando él se lo dijo.
    
    Se bajaron de la moto y entraron corriendo a un estrecho y oscuro callejón con Daniel apuntando al frente con el arma.
     Ten cuidado- le dijo ella agarrándose a su jersey.
     Se detuvieron al ver algo extraño frente a ellos, era un cadáver de eso no había duda, y yacía boca abajo en el suelo encharcado. En la oscuridad no podían ver el alcance de sus heridas, aunque la pernera derecha estaba desgarrada, y la ropa de la parte superior había sido arrancada en su mayoría.
    -¿Se... se levantará?-, pregunto ella retrocediendo asustada.
    -No lo sé, pero por si acaso procura no hacer mucho ruido... -, era fácil de decir pero difícil de hacer, sobre todo para Susana cuando miró hacia atrás y vio a tres zombies penetrando en el callejón a una velocidad más que aceptable.
    -¡No!-, quiso correr, pero tropezó con el cadáver del callejón y cayó al suelo raspándose las rodillas. Daniel miró hacia atrás y vio a los zombies que les perseguían, chasqueó la lengua contrariado y miró al suelo, dándose cuenta de que Susana había caído... porque el cadáver le había agarrado un pié. La niña se dio cuenta de ello cuando ya estaba en el suelo, «en medio de un charco de agua sucia y en un oscuro callejón... el final perfecto» pensó sin darse tiempo siquiera para gritar.
    El zombie que había hecho caer a Susana apenas podía moverse pero aún así poseía una fuerza inusitada y tiraba de la pierna de la niña dispuesto a darle un buen mordisco, y a pesar de que ella pataleaba con fuerza no era capaz de liberar su pierna.

    Daniel no quería ponerse a disparar ya que el ruido podía atraer a más muertos vivientes, pero era consciente de que debía de hacer algo para liberar a Susana antes de que se pusiera a gritar ya que de hacerlo no habría servido de nada no usar la pistola.
    -De acuerdo, intenta no moverte-, eso era como pedirle a una gacela que se ponga a hacer ganchillo cuando está a punto de ser devorada por un león, aún así Susana hacía lo que podía mientras Daniel retrocedió hasta colocarse casi al alcance del zombie.
    -En cuanto te libere trepa por ese muro azul-, le dijo Daniel, sin saber a ciencia cierta si ella sería capaz de saltarlo. -Y por tus muertos, no mires atrás-, él lo había hecho, los zombies que había visto hacía apenas unos segundos estaban a punto de alcanzarlos, estaban a poco más de tres metros, con sus ojos despidiendo reflejos de muerte y sus gemidos escalofriantes... y en la entrada del callejón habían aparecido cinco más.
 
    Daniel levantó su pié derecho, cogió aire y luego pisoteó la cabeza del zombie que mantenía atrapada a Susana, ella, mientras tanto, chapoteaba en el charco gimiendo intentando liberarse, el zombie por su parte alzó su fría mirada muerta hacia Daniel gimiendo lastimero.
    -No te preocupes, hoy se acaba todo para ti-, volvió a pisar la cabeza con todas sus fuerzas mirando de soslayo como el pasillo se iba llenando de apestosos muertos, los primeros ya casi podían alcanzarlos.
    -Mierda-, alzó la pistola temiendo tener finalmente que utilizarla, miró hacia abajo, a la horripilante cabeza del zombie... ni siquiera sabía si era el cadáver de un hombre o de una mujer, eso ya daba igual, ya que insistía en querer morder uno de los finos gemelos de Susana a pesar de que Daniel casi le había reventado la cabeza.
    -Ayuda... -, dijo Susana con un hilo de voz, al ver que Daniel no reaccionaba miró hacia atrás y vio con horror lo que se les acercaba.
     ¡No!-, exclamó desesperada intentando ya desesperadamente soltarse de la presa.
      Mientras susana se revolcaba en el agua sucia Daniel examinaba la situación sin saber que hacer, no solo no quería utilizar la pistola por el ruido, resultaba que no tenía mucha munición, por no hablar de experiencia con armas de fuego, que era poca y tan lejana en el tiempo que no contaba.
    -Espero que seas consciente de que en estos momentos podría estar saltando el muro para ponerme a salvo-, exclamó Daniel con seriedad haciendo llorar a Susana ya que pensó que se había rendido.
    -¡No quiero morir!-, gruñó ella pataleando.
    Daniel lo vio más claro que nunca, si saltaba el muro y dejaba que devorasen a Susana podría estar a salvo, aún tenía la pistola y alimento para un mes, ya tendría tiempo para buscar más. Al fin y al cabo era lo único que necesitaba, un buen plato de macarrones con tomate y ya era feliz, no necesitaba a una niña llorona y caprichosa que solo le daba problemas, ya se lo decía su novia «solo piensas en ti», por eso bajó el brazo del arma, miró por última vez a Susana, su pelo mojado se le pegaba a la cara haciendo que pareciese un zombie más, eso lo hizo más fácil.

    Daniel saltó lo más alto que pudo con los pies juntos y luego se dejó caer haciendo fuerza con sus piernas, se escuchó un satisfactorio crujido y trozos de cráneo se desperdigaron por el suelo, una mano muerta liberó el tobillo de Susana que se vio arrastrada por el charco por una fuerza desconocida.
 -¡Vamos!-, Daniel la levantó de un tirón y corrió arrastrándola sin dejar de mirar a los zombies que se les acercaban arrastrando sus pies.
    Como sospechó en un principio, el muro era demasiado alto para Susana, que intentó inútilmente alcanzar el borde superior de un salto, pero el cansancio, el hambre, el frío y sobretodo, el terror, impedía que sus cansados músculos funcionasen al cien por cien.
    Daniel cogió a la niña por la cintura y la levantó en peso, ella intentó agarrarse al muro pero este estaba mojado y se resbalaba.
    -Espero que nunca en tu vida te de por hacer «parkour»-, le dijo Daniel, a quién estaban a punto de alcanzar los zombies más cercanos que lo miraban con endiablada excitación en sus ojos acuosos.
 Sabiendo que de seguir así terminarían muertos los dos, lanzó a Susana hacia arriba tal y como haría un jugador de la NBA con la pelota, con la mano izquierda en la cintura de la niña y la derecha en el trasero, pesaba tan poco que pudo levantarla lo suficiente para que alcanzara con suficiente comodidad la parte superior del muro, y luego con sus manos le dio un lugar donde apoyar los pies y así saltar al otro lado sin miedo.
    -¡Cabrones!-, gritó Daniel mientras retrocedía algunos metros, el zombie más cercano había estado a punto de agarrarle un brazo.

    Susana cayó al otro lado del muro, debía de ser el jardín trasero de Daniel, no estaba demasiado bien cuidado pero el césped amortiguó un poco la caída que, de todos modos, fue dolorosa porque se había pelado las rodillas.
    -Joder Daniel, podías haber tenido más cuidado-, dijo ella sollozando aunque aliviada. Nadie le contestó.
    Miró hacia arriba, esperando que de un momento a otro Daniel saltara el muro, pero el tiempo pasaba y Daniel no aparecía.
    -Daniel-, llamó casi en susurros, -Daniel-, repitió pegándose contra el muro, intentando oír lo que sucedía detrás. Daniel continuaba sin aparecer, y ella comenzó a pensar que quizá ya no saltaría, quizá lo habían cogido. Golpeó el muro con rabia llamando de nuevo a Daniel mientras las lágrimas resbalaban de nuevo por su rostro.
    -¡Daniel!-, gritó una vez más, luego se giró aterrorizada cuando algo la tocó en el hombro, quizá si que iba a morir después de todo.
    -¡Tranquila joder que soy yo!-, dijo Daniel, tomándola en brazos y entrando en su casa por la puerta trasera.

    Una vez a salvo de la lluvia y de los zombies, Daniel le preparó un baño caliente a Susana, la pobre estaba hasta arriba de porquería, además estaba aterida y aterrorizada, el baño la relajaría.

    Mientras ella se bañaba, Daniel exploró la casa a pesar de que no había por qué pensar en que no estuviera vacía, pero ya nada podía darse por sentado, ya no, un solo descuido podía significar su muerte y la de susana. Cuando quedó satisfecho con el registro de la casa, Daniel preparó algo con el microondas, los zombies habían interrumpido su anterior intento de cena y no habían comido nada en todo el día.

    Susana se tomó su tiempo en el baño, una vez dentro del agua caliente y jabonosa una sensación de inmenso placer recorrió todo su cuerpo, sin poder evitarlo recordó todo lo que había sucedido en el día, un día que ya jamás olvidaría. Lloró durante un buen rato, se dijo que ya no debía llorar más, que debía ser fuerte y aguantar lo que le viniera encima, se dijo que aunque se sintiera sola no lo estaba, tenía a Daniel, que aunque era borde la mayor parte del tiempo había demostrado que la protegería con su vida si era necesario.
    Salió del baño cuando el agua ya estaba enfriándose y su piel ya estaba arrugada, se secó con esmero y se puso el pijama que Daniel le había dejado, y como aún sentía frío se puso encima el albornoz de Daniel.
    Después de secarse y peinarse el pelo, bajó a la cocina donde estaba Daniel bebiendo un café a la luz de unas velas, aunque la luz eléctrica aún funcionaba no había razón de llamar la atención más de la cuenta.
    -Hola- le dijo él.
    -Hola... ¿hay más café? me... me apetece-, realmente el aroma del café recién hecho que inundaba la cocina era muy agradable y le despertó las ganas de tomarse uno.
    -Coge una taza, están debajo de la «vitro», -Susana parecía sentirse incómoda por alguna razón que se le escapaba a Daniel y que la hacía moverse con una lentitud exasperante, tanto que acabó por levantarse él y buscarle una taza.
    -¿Tienes hambre?, hay comida en el microondas-, ella asintió y él, que estaba al lado del microondas sacó un plato de comida precocinada.
    Guardaron silencio durante unos minutos, ella soplaba la lasaña que parecía plomo derretido y él se limitaba a mirarla con seriedad.
    -¿Tú no comes?-, le dijo ella.
    -Ya he comido, no te preocupes- Susana asintió en silencio.
 
    La comida parecía querer derretir el plato y la niña sintió el repentino deseo de preguntarle algo que hacía algún tiempo le bullía en el interior.
    -Daniel...
    -¿Si?.
    -¿Recuerdas el día que me «rescataste»?, el día que... -, él asintió. -bueno, sé que saltaste el muro que separa las dos casas y luego bajaste utilizando una cuerda pero... ¿como me sacaste de allí?, no puedo creer que pudieras trepar otra vez cargando conmigo, y ni mucho menos saltar el muro de arriba... ¿como lo hiciste?.
    -Fácil... te cargué y salí por la puerta del garaje, por ahí habían menos zombies.
    -¿Qué?.
    -Sí eso, habían menos, y además no pesas demasiado la verdad, llamé un poco la atención para que me persiguieran y así despejar la entrada, dí la vuelta justo por el callejón que hemos cruzado esta noche, me quedé en la esquina esperando a que el último de ellos desapareciesen tras la esquina y entré por mi propia puerta. -Ella le miró con la boca abierta, quiso decir algo pero el asombro la dejó muda.
    -¡Eres un idiota!-, le dijo ella riendo como una tonta.
    -A ver, ¿que he hecho ahora?.
    -Llevas arriesgando tu vida por mí desde el primer día...
    -Bueno, no es para tanto. No podía dejarte allí.
    -En realidad sí, todo te resultaría más fácil... no habrías pasado por nada de todo esto...
    -No sabes lo aburrido que era estar aquí sin nada que hacer, es cierto que todo resulta mucho más fácil, pero no compensa. No sabes lo que es despertar cada día pensando que estás solo en este mundo, que no queda nadie con quién charlar o tener una discusión, alguien con quién compartir estos últimos momentos de esta moribunda especie, no sabes lo que es pensar que nunca más volverás a ver a un ser vivo, o si volverás a tener alguien en tu vida que merezca la pena... alguien que te escuche y a quien escuchar para reír y llorar juntos, no sabes... -, por un segundo Susana pensó que Daniel iba a llorar, pero no lo hizo a pesar de que sus ojos lucían brillantes y no paraba de sorber por la nariz. -Puede que sacarte de aquella casa fuese un error muy peligroso, pero es un error que volvería a repetir.
    Susana estiró su brazo izquierdo y tomó una de las manos de Daniel, estaba llena de un agradecimiento que no supo demostrar más que con aquel tímido gesto.
    -Te agradezco que me sacaras de allí, llegaste justo en el momento indicado, si hubieras tardado una hora más ahora yo estaría muerta. Sé que hoy he sido bastante estúpida, bueno en realidad lo llevo siendo desde el primer día, y sé que querer ser uno de esos bichos para estar con mis padres fue la peor de las ideas. Hace menos de dos horas he estado a punto de hacer realidad ese estúpido deseo, y ver tan de cerca esa posibilidad me hizo ver lo tremendamente estúpida que fui, por eso no solo te doy las gracias sino que te pido perdón. Ahora se que si has sido borde conmigo estos días era para que sobreviviera, para que superase todo lo que me estaba pasando, ya que un segundo de debilidad o de duda significa la muerte, o algo peor.
    -Bueno, también soy un poco borde por naturaleza-, exclamó él con cierta ironía, -pero tienes razón en lo básico-, se frotó el ojo izquierdo para limpiarse una lágrima mientras ella no miraba y al alzar ella la mirada le estrechó la mano para disimular.
    -¿Qué vamos a hacer a partir de ahora?-, le preguntó la niña-, tendremos que asegurar más la casa y eso, o quizá buscar otro lugar más seguro no sé, lo que si que es seguro es que deberemos conseguir crear nuestros propios alimentos... he visto que tienes un jardín bastante bueno y desperdiciado ahí fuera-, Daniel sonrió satisfecho.
    -Ahora empiezas a hablar como una auténtica superviviente.
    -¿Puedo hacerte otra pregunta?- preguntó Susana.
    -Claro, por una vez estamos teniendo una conversación en condiciones.
    -¿Como... como era tu vida antes de todo esto?, ¿que hacías?, ¿tenías novia o algo?- Daniel se frotó la barbilla sopesando cada pregunta de la niña, pensaba que quizá todas esas cosas que quería saber sobre él eran asuntos privados que a ella no le debían importar, pero qué demonios, era la única persona viva que había en solo Dios sabe cuantos kilómetros a la redonda.
    -Mi vida era bastante desastrosa en realidad-, dijo mirando a la mesa -no tenía ningún trabajo que pudiera llamarse «fijo», trabajaba de lo que surgía; camarero, vigilante de obras, yo que sé, mi novia siempre me dice, o me decía antes al menos, que debía sentar la cabeza, aceptar la oferta de su padre y trabajar como agente comercial de su empresa, pero yo no quería.
    -¿Y por que no trabajabas de algo que te gustase?.
    -Esa es una buena pregunta niña, el problema es que nunca supe qué hacer con mi vida, desde que estaba en el colegio ya sabía que por alguna razón iba a ser difícil encontrar mi vocación-, Susana le miró arqueando una ceja.
    -¿Que es eso de «vocación»?.
    -Lo que tú has dicho hace unos segundos, el trabajo que cada uno quisiera hacer, hay gente que ya de pequeño le gusta algo, no sé... digamos que un día de repente descubres que te gusta ayudar a la gente a estar sana, curar sus heridas y cuidarlos cuando están enfermos, que te sientes feliz cuando lo haces, pues esa sería tu vocación-, Susana sonrió, comprendía a la perfección lo que Daniel le decía.
    -Me encantan los animales-, empezó a hablar ella, -me gustan sobretodo los cachorros, darles el biberón y cuidarlos, no se si eso es una vocación, pero me habría gustado estudiar veterinaria, pero con todo esto ya no creo que sea posible-, Daniel le guiño un ojo sonriendo.
    -No te creas, aunque el mundo se haya ido a la mierda siempre hay un lugar para aquellos dispuestos a aprender-, aunque no comprendió del todo qué era lo que él quería decir, Susana sonrió complacida.
    -¿Y que hay de tu novia?, ¿sabes algo de ella, has intentado buscarla o saber algo?-, Daniel resopló cansado.
    -Es demasiado complicado y aburrido-, Susana consiguió cortar un trozo de lasaña lo suficientemente pequeño para no parecer una obsesa por la comida y le sopló para enfriarlo.
    -No tenemos nada mejor que hacer, creo yo-, al terminar de hablar se metió el trozo de lasaña en la boca sonriendo con los labios cerrados.
    -Pues sí que es verdad, aunque no tiene demasiado sentido hablar de cosas que ya han terminado, muerto sería una palabra más exacta creo yo... pero supongo que así al menos podemos dejar escapar los recuerdos que ya solo nos servirán de lastre...
    -No te enrolles que no me entero de la mitad, ve al lío-, le interrumpió ella soltándole la mano, no por nada sino porque le hacían falta las dos para comer, -¿de verdad no quieres un trozo?, esto está de muerte.
    -Ella insistía en que aceptara ese puesto que su padre me ofrecía, era un buen trabajo, bien pagado y con buenas perspectivas, no tendría que «descargar camiones» que era el mayor miedo que parecía tener mi madre, en cambió a mi no me parecía nada especialmente malo... es más, llegar agotado físicamente a mi casa era la única cosa que me hacía sentir que de verdad me había ganado el pan.
    -Te enrollaaaas-, canturreó ella sin dejar de atacar la lasaña, ahora que había alcanzado una temperatura que la volvía comible, dio rienda suelta a su hambre.
    -¿Vas a estar interrumpiendo todo el rato o me vas a dejar contar mi historia a mi ritmo?.
    -Bueeeno tííííooo pero no te enojes-, bromeó la niña arrancando una sonrisa al severo rostro de Daniel.
    -La cuestión era que ella insistía demasiado, siempre estaba diciendo que estaba malgastando mi vida, que no llegaría a ningún lado y que nunca tendría nada que realmente pudiera llamar mío. Puede que tuviera razón, pero yo no estaba dispuesto a pasar toda mi vida realizando un trabajo que no me gustase solo para tener un dinero que no iba a poder disfrutar.
    -Todo eso me parece bastante interesante, de verdad, pero... ¿y ella?, ¿la querías o no?, a veces hay que sacrificar algo para estar con quien queremos.
    -No te hagas la listilla-, dijo Daniel apoyando los codos en la mesa, -aunque no te lo creas hay cosas más importantes que el amor.
    -Si realmente piensas eso es que no sabes lo que es el amor-, dijo ella sacándole la lengua.
     Eso díselo a a ella, se marchó a África una semana antes de que todo esto empezara.
    -Ups... ¿y por qué se fue?.
    -Cosas de su trabajo, era periodista y en su periódico le ofrecieron la oportunidad que ella había estado esperando, su sueño siempre fue ser reportera da guerra-, Susana dejó caer su tenedor en el plato, por una parte le parecía genial aquello de ser reportera de guerra, pensó que sería algo muy peligroso pero a la vez muy emocionante, debía ser una de las mayores aventuras que una persona podía vivir hoy en día... o al menos antes de el levantamiento de los muertos, pero eso era solo una parte de lo que se le pasó por la mente al escuchar a Daniel; también pensó que la novia de su amigo fue muy egoísta por marcharse a un país en guerra solo por cumplir sus ambiciones.
    -¿No intentaste convencerla para que se quedara contigo?-, Daniel soltó una carcajada repleta de ironía.
    -Eso habría sido lo mismo que intentar impedir la erupción de un volcán utilizando un extintor, créeme-, Susana se le quedó mirando con gesto de concentración durante un par de segundos y luego exclamó; -eso es un no, evidentemente-, agarró de nuevo su tenedor y volvió a atacar su lasaña. -Ya te digo que habría dado igual, era el sueño de su vida, yo solo la estaba frenando.
    -Hombre, tampoco creo yo que fuera así, entonces... ¿os peleasteis?-, Daniel negó con la cabeza.
    -En realidad no, un día discutimos por el tema que ya te he comentado y el tema simplemente salió, dijo que se iba a Sudán, que era la mejor oportunidad que había tenido en su vida y no podía dejarla escapar por un hombre que no parecía querer prosperar en la vida-, Susana observaba a Daniel con la boca abierta alucinando con lo que le estaba contando, aquello era mejor que una telenovela venezolana.
    -Me parece bastante fuerte, la verdad, si se fue así por las buenas a un país en guerra era porque no te quería, pero vamos que tú tampoco te quedas corto, si Mar... si alguien a quien yo quiera me dijese que se quiere ir a un país en guerra lo ato a la pata de la cama hasta que se le pase la tontería-, a Daniel no se le escapó el desliz que tuvo Susana, a la que estuvo a punto de escapársele el nombre de su novio, rollete o lo que quiera que fuese, le hizo sonreír sinceramente por primera vez en bastante tiempo.
    -Bueno yo ya he hablado bastante por hoy, ahora te toca a ti. ¿No tenías ningún novio ni nada por el estilo verdad?, porque con esa cara tuya de indigente medio drogadicta no creo yo que...
    -Pues debes saber que en mi clase era de las más guapas... y sí, tenía novio, aunque supongo que habrá sido devorado por algún zombie asesino o algo así, intento no pensarlo la verdad, de hecho preferiría hablar de otra cosa-, como la niña bajó la mirada con tristeza Daniel cambió de tema, hacía tanto que no tenía una conversación «de verdad» con alguien que ahora no quería que acabara.
    -¿Y que te gusta hacer?, ¿eres deportista, te gusta dibujar... bailas breakdance?-, Susana resopló divertida y miró a lo ojos a Daniel.
    -¿Te he dicho alguna vez que eres un borde?- Daniel simuló estar pensativo y luego contestó;
    -Un par de veces creo, ¿por?.
    -Por nada-, dijo ella sonriendo con cierta timidez. -Me gustaba hacer deporte sí, sobretodo natación, aunque no lo creas también me encanta trepar a los árboles, subir a lo más alto y dejarme mecer por el viento, es una sensación muy agradable. Me gustaba salir con mis amigas, ver películas de risa y alguna que otra romántica, las de terror nunca me gustaron... tiene gracia, a lo mejor me habría servido de algo ver alguna que otra «peli» de zombies... a Elena le encantaban. -Había empezado a hablar con entusiasmo, recordar las cosas que le gustaba hacer parecía reconfortarla, pero recordar a su amiga muerta hizo que su ánimo decayera un poco, aunque a pesar de ello continuó hablando.
    -Me gustaba mucho ir a pescar con mi padre, casi nunca cogíamos nada, o en todo caso algún pececillo pequeñito que no nos habría servido ni para un bocata, pero nos daba igual, nos quedábamos hasta por la tarde hablando de todo lo que se nos pasara por la cabeza, arreglando todos los problemas del mundo sentados en medio del lago en el bote de mi padre-, sin ningún aviso dejó escapar una fina y hermosa sonrisa seguida de una carcajada que erizó los vellos de la piel de Daniel y continuó hablando mientras él la observaba ocultando una sonrisa con su mano derecha.
    -Mis padres iban a celebrar una barbacoa en nuestra casita del lago, querían celebrar su décimo aniversario e invitaron a muchos amigos, a mi padre se le ocurrió la genial idea de pasar la mañana pescando para así dar algo de «variedad» al menú, yo tuve que acompañarle claro. Pasó lo mismo de siempre, un par de pececitos y poco más, «con esto no podemos ir a casa de tu madre», mi padre hablaba así con voz sería-, al imitar la voz de su padre Susana logró arrancar una carcajada a Daniel, -... ya se hacía tarde, le había dicho a mi madre que llegaríamos antes del atardecer, los invitados empezarían a llegar a eso de las seis o las siete de la tarde, en Verano aún es de día claro, pero para entonces no teníamos nada, así que mi padre cogió el coche y nos pasamos más de una hora buscando una pescadería, al final la encontramos y mi padre compró una caja entera de sardinas, también algunas caballas y cosas así, creo que solo le faltó por comprar un pulpo-, solo de recordar la situación estalló en carcajadas, se tuvo que tapar la boca, y aún así armó bastante escándalo, tanta risa contagió a Daniel, aunque fue bastante moderado.
    -¿Así que tu padre compró sardinas y caballas?-, ella asintió riendo y con los ojos inundados en lágrimas. -¡¡Pero son peces de mar!!-, Susana rió con aún más fuerza, -¿y que le dijo a tu madre?.
    -Lo metió todo en la nevera portátil y dijo que lo habíamos pescado todo en el lago, que por una vez habíamos tenido suerte-, habló con la voz entrecortada por la risa, un par de veces estuvo a punto de ahogarse, hasta Daniel estuvo a punto de levantarse para darle un golpecito en la espalda.
    -No me digas que tu madre se lo creyó.
    -¡Claro que no!, mi madre no es que sea una experta en pescado pero sabía que ni las sardinas ni las caballas son de agua dulce, pero no dijo nada... hasta que uno de sus amigos les dijo que estaban muy buenas, entonces les dijo «eso espero, mi esposo se ha pasado toda la tarde buscando la mejor pescadería de la ciudad», lo dijo estando él delante-, Daniel empezó a reír otra vez, y ahora de manera incontrolable.
    -¿Y que hizo él?- Susana parecía no poder dejar de reír pero aún así pudo terminar su historia.
    -Él estaba tan tranquilo con su cervecita en la plancha con las sardinas y tal, escuchando como mi madre hablaba con uno de sus amigos... jo, incluso me ha venido el olor a sardinas, bueno, la cosa es que ella le dice lo de que las sardinas eran compradas, mi padre se queda mirando a su amigo intentando no dejar de sonreír y luego se dio la vuelta para desaparecer en el cuarto de baño... estuvo ahí casi una hora, tuve que contarle un chiste para que saliera. El pobre le había estado contando a todo el mundo que él había pescado personalmente todos y cada uno de los peces que estaba asando... pobre-, mientras se secaba las lágrimas de los ojos fue lentamente dejando de reír. -Aún no puedo creer que ya no vaya a volver a verlos-, sentenció. -¿Y tú?, ¿echas de menos a tu novia?.
    -Aunque no te lo creas no la echo demasiado de menos, ya antes de marcharse nos veíamos poco, así que todo este tiempo ha sido casi como si nada hubiese cambiado, casi espero que  entre por la puerta en cualquier momento.
    -¿Te gustaría que lo hiciera, aparecer de nuevo quiero decir?- preguntó ella con curiosidad.
    -Pues no sé, ya te dije que todo es muy complicado.
    -De verdad que no te entiendo, ¿no la quieres?-, Daniel se encogió de hombros sin saber qué decir, pero ante la regañona mirada de Susana tuvo que asentir con la cabeza.
    -¡Bueno no me molestaría que mañana apareciese en mi puerta!, aunque no sé como acabaría reaccionando ni que sucedería. Lo mismo le da por querer repoblar la Tierra y acabar con todos los zombies para que yo trabaje de comercial en la empresa de su padre.
    -Jolín Daniel, ¿tan malo sería eso?.
    -Bueno, lo de acabar con los zombies y repoblar el planeta puede que no-, contestó él en tono pensativo.
    -Ya-, dijo ella riendo, -pero me refiero a lo de trabajar para el padre de ella-, Daniel asintió furiosamente.
    -Ya te dije que no quiero estar toda mi vida...
    -Si, si, si, ya lo dijiste, pero tienes que admitir que si quieres tener una casa, un coche o unos hijos no puedes ir conformándote «con lo que surja», se necesita algo estable-, el tono de Susana era perfectamente sereno y razonable, así como su planteamiento, pero Daniel no estaba dispuesto a dejarse vencer por una cría de doce años, así que le dijo; -¿Y a donde nos ha llevado tener ese comportamiento?, porque no me parece que ahora parezca muy importante tener un buen trabajo si a tus hijos se los ha comido tu vecino-, sin querer estaba alzando la voz, pero era algo que él no podía controlar... no todos los días una niña de doce años demuestra ser más madura que un hombre de treinta.
    -Hablas casi como si supieras que esto fuese a pasar, o como si te alegrases- dijo Susana en tono de desagrado.
    -No es eso, es solo que... al final todos morimos, ¿no?, de nada servirá todo nuestro trabajo cuando nos llegue el día, por eso ya que debemos vivir en este mundo prefiero hacerlo a mi manera, si eso significa vivir sin ningún tipo de atadura permanente así será, aprecio demasiado mi libertad.
    -¿Te puedo hacer una última pregunta?.
    -Claro, creo que ahora sería capaz de contarte cualquier cosa-, aunque Susana debía haberse alegrado por esa confesión se limitó a mirar a Daniel con seriedad.
    -¿Que tipo de «atadura» soy para ti?, ¿temporal?-, la mirada de Daniel se puso seria al escuchar la pregunta, pero un segundo después sonrió débilmente.
    -No eres ninguna atadura, una atadura es algo que te priva de tu libertad, te mantiene atado como dice su nombre, pero no me siento así cuando te veo-, Susana agachó la mirada fingiendo estar comiendo para que él no viera el rubor en su rostro.
    -Bueno yo tengo un sueño que no me aguanto en pié- dijo bostezando, -he puesto velas en mi cuarto, pero no subas a oscuras, coge una de la velas y apaga la otra, yo dormiré aquí abajo...si pasa algo solo tienes que pegar un grito-, dijo Daniel, y ella asintió en silencio, pero cuando él iba a salir de la cocina ella le llamó por su nombre y cuando él se giró le dijo; -gracias por salvarme la vida esta noche, podías haber muerto hoy.
    -No pienses en eso, soy yo el que debe darte las gracias a ti-, ella lo miró intrigada y él le sonrió al notarlo, -he de admitir que no es tan desagradable cuidar de una niña llorona y quejica... hasta mañana-, exclamó finalmente para luego acostarse en su sofá.
    Susana terminó su lasaña en silencio sonriendo ruborizada cada pocos minutos, al final iba a resultar que Daniel no siempre era un borde. Cuando terminó de comer subió las escaleras con una de las velas y se acostó en la cama de Daniel, fue la segunda noche que durmió a pierna suelta desde que todo se fue a la mierda.

    Entre las prisas y las cenas interrumpidas por zombies sedientos de sangre, Daniel y Susana se dejaron bastantes cosas útiles en casa de la segunda. Las latas de comida que Daniel había encontrado en el sótano de la casa se quedaron todas en la cocina, incluidas las dos que abrieron y que no llegaron a comerse, la caja de munición que el padre de Susana escondió en su día en la parte superior del armario y que Daniel encontró con bastante facilidad se quedó en el suelo del salón, ya que se le cayó cuando los zombies empezaron a amontonarse en masa frente a la puerta.
    Susana también perdió lo suyo... para empezar a sus padres, pero hablando de cosas materiales y de uso práctico deberíamos empezar a hablar de ropa, cuando supo que iba a tener que regresar a casa de Daniel llenó un par de maletas con ropa y otras cosas que una chica necesita, pero al tener que salir pitando se quedó atrás. Otra cosa que se dejó y que seguramente echaría más de menos fue su mochila, no por sus libros o cuadernos, ni siquiera por la cartera en la que guardaba su dinero, el carné de la biblioteca y otras cosas sino por su teléfono móvil, teléfono que se había dejado encendido y que a eso de las doce de la noche empezó a vibrar y a sonar con una canción pop, la llamada, al parecer, provenía de un tal Marcos.

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