Dos
Dando pequeños y temblorosos pasos salió de la habitación, y entones pudo oler un delicioso aroma que venía desde el piso de abajo, también podía oír el alegre burbujear de una olla.Al parecer, el tal Daniel sabía cocinar.
Tuvo bastante suerte al encontrar el cuarto de baño al segundo intento, cerró el pestillo, se bajó los pantalones y se dejó caer en la taza. La meada fue tan larga que estuvo a punto de quedarse dormida de nuevo, pero la voz de Daniel la hizo sacudir la cabeza para despejarse.
-¿Estás ahí niña?.
-¡Si!, ¡estoy...estoy...!.
-Tranquila niña, puedes cagar con tranquilidad, solo quería saber que no te habías caído por el retrete-, Susana no sabía si reír o golpear a Daniel al salir, así que se limitó a limpiarse.
-Por cierto, tienes tu ropa limpia encima de la silla de mi habitación.
-¡Gracias!-, exclamó ella, pero Daniel ya había bajado las escaleras.
Comieron los dos juntos, Susana pidió permiso a Daniel para darse una ducha antes y él se lo concedió, así que cuando bajó a la cocina iba duchada y con su uniforme escolar oliendo a suavizante.
-Yo que tú lo disfrutaría al máximo, ni el agua ni la electricidad durarán para siempre. -La niña le miró mientras se recogía el pelo en una trenza.
-Lo se...oh bueno, en realidad no.
-¿Estás ahí niña?.
-¡Si!, ¡estoy...estoy...!.
-Tranquila niña, puedes cagar con tranquilidad, solo quería saber que no te habías caído por el retrete-, Susana no sabía si reír o golpear a Daniel al salir, así que se limitó a limpiarse.
-Por cierto, tienes tu ropa limpia encima de la silla de mi habitación.
-¡Gracias!-, exclamó ella, pero Daniel ya había bajado las escaleras.
Comieron los dos juntos, Susana pidió permiso a Daniel para darse una ducha antes y él se lo concedió, así que cuando bajó a la cocina iba duchada y con su uniforme escolar oliendo a suavizante.
-Yo que tú lo disfrutaría al máximo, ni el agua ni la electricidad durarán para siempre. -La niña le miró mientras se recogía el pelo en una trenza.
-Lo se...oh bueno, en realidad no.
Los dos se sentaron en la mesa de la cocina, Daniel había encontrado en casa de sus vecinos bastante comida, al menos para un mes, incluso tenían refrescos, así que pudo servir un vaso de bebida burbujeante a la niña, que lo miró un poco incómodo.
-¿Todo esto lo cogiste de casa de los padres de Elena?, ¿verdad?.
-Ajá, pero tienes que saber una cosa por mucho que pueda dolerte, ellos están muertos, todos, así que no creo que lo necesiten para nada.
Daniel había preparado una especie de cocido, con garbanzos, chorizo y no se que más, algo que parecía bastante pesado, lo que hizo que las arcadas de Susana volvieran.
-No debes preocuparte, sé que comer algo tan pesado puede hacerte mal tras varios días sin comer, por eso tu plato es casi todo caldo, aunque te he puesto algo de fideos y unos poquitos garbanzos para que tenga algo más de substancia.
-¡Gracias!-, exclamó la niña. -De todas formas es raro, aunque tengo mucha hambre no tengo demasiadas ganas de comer.
-Es normal, tú toma aunque solo sea el caldo, te hará bien.
Estuvieron comiendo en silencio durante un par de minutos, aunque Susana se dedicaba más bien a remover su comida.
-¿Me llevarás a mi casa después?- Daniel dejó su cuchara y miró sorprendido a la niña.
-¿Tu casa?, ¿sabes si tus padres están bien?.
-¿Por qué no habrían de estarlo?, porque los padres de Elena se volvieran locos no significa que...
-¿Que se volvieron locos?, ¿no sabes lo que está pasando?, ¿no le has echado un vistazo a la «tele» en los últimos días?-, Susana negó con la cabeza.
-Estuvimos encerradas en el cuarto de mi amiga Elena, hasta que tuvimos tanta hambre que tuvimos que salir a buscar algo, y...y...la madre de Elena...el...su...el bebé...-, Susana comenzó a llorar desconsoladamente, haciendo que Daniel se sintiera incómodo.
-Bueno, pues lamento decirte que lo que viste en casa de tu amiga no fue un accidente aislado, de hecho es algo a nivel mundial, ¿no te has dado cuenta de que no tengo encendida la «tele» ni la radio, no hay, no emiten nada más que un mensaje de emergencia para que nos quedemos en nuestras casas, vamos, que la gente ha empezado a matarse los unos a los otros, pero lo divertido de todo esto es que aquellos que empezaron ya estaban muertos de antes, ¿me sigues?, ¿te suena la palabra zombie?, ¿George A. Romero? ¿La Noche de Los Muertos Vivientes?, ¿¡Braindead!?...
Susana dejó caer la cuchara al suelo horrorizada, se levantó tambaleándose y se acercó a la puerta de salida sacudiendo la cabeza.
-¿A donde vas?.
-No te...creo, yo he...vimos gente caminando por la calle...yo, yo les vi...quería llamarlos, pedir ayuda, pero...Elena no quería, tenía...tenía miedo de ellos, decía lo mismo que tú...pero no...no puede ser...-, estuvo a punto de derrumbarse de nuevo, pero Daniel se levantó y la sujetó a tiempo.
-Así que no me crees ¿eh?, te pondré la «tele» a ver si encuentras alguna emisora que te guste.
Daniel la cogió de la mano con fuerza y tiró de ella hasta sentarla en el sofá de su pequeño salón, cuando encontró el mando de la televisión la encendió, empezando por el primer canal.
En todos el mismo fondo, el mismo mensaje, subtitulado en varios idiomas y narrado por un hombre de voz calmada pidiendo tranquilidad, aconsejando a la población que permanecieran en sus casas por su propia seguridad, no daba ninguna información realmente útil, no se decía el tipo de amenaza ni el tiempo que duraría el estado de emergencia, tampoco se mencionaba si los servícios básicos se interrumpirían en algún momento, aunque se "garantizaba" que la población no quedaría "desabastecida"... solo se trataba de un simple «quedaos en vuestras casas o moriréis», o eso le pareció a Susana, que se tapó la boca sin querer creer nada de aquello.
-¡¡Quiero ir con mis padres!!-, empezó a gritar, -¡¡quiero ir con mis padres!!-, manoteó al ver que Daniel intentaba agarrarla para que no escapara, se soltó como pudo, y sacando fuerzas de donde no las tenía corrió hasta la puerta delantera, empezó a gritar desesperada y a llorar aun más al ver que la recia puerta de madera no se abría.
-¡Idiota!, ¡la llave está echada, sin ella no podrás abrir la puerta!-.
Susana se dejó caer al suelo llorando con desesperación, de rabia, tristeza y terror, de pronto comenzó a golpear la puerta gritando otra vez.
-¡Abre la puerta!, ¡abre la puta puerta de una vez joder!, ¡quiero irme a mi casa!-.
Daniel suspiró hastiado, no quería hacerlo, pero tener a una cría histérica y llorona no era lo que él hubiera preferido, casi mejor era estar solo, al menos estaría más seguro ya que con tanto grito y golpeteo no sería de extrañar que alguno de esos muertos se encapricharan de su puerta e intentaran derribarla. Por fortuna vivía en un barrio pequeño, por lo que no se veían muchos de ellos rondando por las calles, no al menos de día. Así que sopesó la situación y se decidió en un par de segundos, sacó las llaves de su bolsillo y caminó hasta la puerta.
-De acuerdo, joder, pero no grites más que nos van a oír, ¿por qué te crees que tengo bajadas las persianas de toda la parte delantera?, ¿o me vas a decir que no te habías fijado?-, Susana no contestó, de hecho no se había fijado, ya que la ventana de la cocina daba al patio y este tenía una tapia bastante alta, de ahí que Daniel la dejara abierta para que entrara toda la luz posible.
-¡Quita de ahí!-, le dijo dándole una ligera patada en el muslo para apartarla de la puerta, -sólo te digo una cosa, corre, no te pares, si ves que tus padres tienen ojeras, o que aparenten estar resfriados o que no son capaces de articular una palabra inteligible...¡corre!, pero no atraigas a ninguno de ellos hasta aquí, porque te juro que te dejo fuera con ellos, y sé lo que hacen con aquellos a los que cogen.
-¡Yo también lo se!, - replicó la niña, -les muerden-, Daniel sonrió sombriamente.
-No, eso les pasa a los que tienen suerte...a los que no, los devoran vivos-. La última aclaración de Daniel hizo callar a Susana, e incluso la hizo tranquilizar en cierta medida, pensar en lo que podía pasar si salía de aquella casa.
Daniel echó un vistazo por la mirilla de su puerta antes de abrirla, no quería correr riesgos innecesarios.
-Mmm, mira que casualidad, hoy hay un par de ellos paseando cerca de mi puerta, ¿quieres echar un vistazo?-, Daniel lo dijo con total calma, lo mismo podría estar diciendo que había visto a sus vecinos cortando el césped.
-¿Quieres verlos?, ya empiezan a tener colorcito-, exclamó al no tener respuesta por parte de la pequeña.
-¿No quieres?-, ella seguía en silencio, con la cara tapada por sus manos, sollozando en silencio, temiendo que sus mudos sollozos atrajesen a las misteriosas criaturas hasta la puerta contra la que se apretujaba, y de la que no podía separarse porque el terror la dejaba totalmente paralizada.
-¡Coño responde!, ¿quieres mirar o no?.
-¡Que no joder!-, le dijo ella poniéndose en pié y dándole un empujón. No fue nada del otro mundo, aunque Daniel no era muy corpulento la niña lo era aún menos que él, así que no le hizo ningún daño, pero le molestó por alguna razón.Quizá por el hecho de que aquella cría no valorase ni agradeciese que él le hubiera dado cobijo y alimento, la había estado cuidando durante DOS días que ella no recordaba, dándole de beber cuando se lo pedía y cuidando su fiebre, cediéndole su cama y haciendo guardia por las noches por si ella necesitaba algo, ¿ahora quería irse?, pues se iba a ir, pero antes vería como estaban las cosas en el exterior. La agarró fuertemente por su estrecha cintura, la hizo girarse de cara a la puerta. Como la mirilla estaba alta tuvo que levantarla, afortunadamente no pesaba mucho.
A Susana la reacción de Daniel la cogió por sorpresa, por un segundo llegó a pensar que la iba a violar allí mismo, pero en vez de eso la levantó hasta que tuvo la mirilla a la altura de los ojos, la luz la cegó durante un instante, pero después...no pudo dejar de mirar, ahogó un grito con las manos, lo que dio a entender a Daniel que ya había visto suficiente, así que la dejó en el suelo.
Metió la llave en la cerradura y la giró haciendo el menor ruido posible, luego dio un último giro, la puerta se movió ligeramente hacia el interior al estar libre.
-Eres libre para marcharte, cuando quieras-, llorando a moco tendido pero en silencio, Susana tomó la llave con firmeza, y ahogando de nuevo los sollozos como pudo, la volvió a girar, no dejó de darle vueltas a la llave hasta que esta quedó trabada del todo.
-¡No vuelvas a cogerme en brazos!.
-No vuelvas a obligarme.
-Eres un tío muy desagradable, ¿lo sabías?.
-Esto no es un concurso de popularidad, si no te gusta lo que ves ya sabes lo que tienes que hacer-, Daniel miró fijamente a la puerta.
-¿Tienes un teléfono?.
-Claro, pero pensaba que las niñas de hoy tenéis teléfono móvil desde los trece.
-Me regalaron mi primer móvil a los once, pero dejé mi móvil en la mochila, en casa de Elena...¿me vas a dejar hacer una llamada o no?-, Daniel sonrío con ironía.
-¿Una llamada?, te dejo hacer todas las que quieras si con eso lograse librarme de ti-, Daniel la acompañó a la sala y le mostró el teléfono, ella lo agarró con ansiedad y suspiró al ver que había tono.
-¡Bien, los teléfonos funcionan!.
-Ya, claro... tú espera, yo terminaré de comer.
Susana marcó el teléfono de su casa a toda prisa y esperó. Había supuesto que sus padres se habrían enterado de todo, que habrían visto algo en las noticias y se habrían quedado en casa, quizás habían intentado ponerse en contacto con ella, pero no se había enterado por todo el lío que había habído en casa de Elena. A lo mejor incluso fueron a buscarla a casa de su amiga pero...
-¿Todo esto lo cogiste de casa de los padres de Elena?, ¿verdad?.
-Ajá, pero tienes que saber una cosa por mucho que pueda dolerte, ellos están muertos, todos, así que no creo que lo necesiten para nada.
Daniel había preparado una especie de cocido, con garbanzos, chorizo y no se que más, algo que parecía bastante pesado, lo que hizo que las arcadas de Susana volvieran.
-No debes preocuparte, sé que comer algo tan pesado puede hacerte mal tras varios días sin comer, por eso tu plato es casi todo caldo, aunque te he puesto algo de fideos y unos poquitos garbanzos para que tenga algo más de substancia.
-¡Gracias!-, exclamó la niña. -De todas formas es raro, aunque tengo mucha hambre no tengo demasiadas ganas de comer.
-Es normal, tú toma aunque solo sea el caldo, te hará bien.
Estuvieron comiendo en silencio durante un par de minutos, aunque Susana se dedicaba más bien a remover su comida.
-¿Me llevarás a mi casa después?- Daniel dejó su cuchara y miró sorprendido a la niña.
-¿Tu casa?, ¿sabes si tus padres están bien?.
-¿Por qué no habrían de estarlo?, porque los padres de Elena se volvieran locos no significa que...
-¿Que se volvieron locos?, ¿no sabes lo que está pasando?, ¿no le has echado un vistazo a la «tele» en los últimos días?-, Susana negó con la cabeza.
-Estuvimos encerradas en el cuarto de mi amiga Elena, hasta que tuvimos tanta hambre que tuvimos que salir a buscar algo, y...y...la madre de Elena...el...su...el bebé...-, Susana comenzó a llorar desconsoladamente, haciendo que Daniel se sintiera incómodo.
-Bueno, pues lamento decirte que lo que viste en casa de tu amiga no fue un accidente aislado, de hecho es algo a nivel mundial, ¿no te has dado cuenta de que no tengo encendida la «tele» ni la radio, no hay, no emiten nada más que un mensaje de emergencia para que nos quedemos en nuestras casas, vamos, que la gente ha empezado a matarse los unos a los otros, pero lo divertido de todo esto es que aquellos que empezaron ya estaban muertos de antes, ¿me sigues?, ¿te suena la palabra zombie?, ¿George A. Romero? ¿La Noche de Los Muertos Vivientes?, ¿¡Braindead!?...
Susana dejó caer la cuchara al suelo horrorizada, se levantó tambaleándose y se acercó a la puerta de salida sacudiendo la cabeza.
-¿A donde vas?.
-No te...creo, yo he...vimos gente caminando por la calle...yo, yo les vi...quería llamarlos, pedir ayuda, pero...Elena no quería, tenía...tenía miedo de ellos, decía lo mismo que tú...pero no...no puede ser...-, estuvo a punto de derrumbarse de nuevo, pero Daniel se levantó y la sujetó a tiempo.
-Así que no me crees ¿eh?, te pondré la «tele» a ver si encuentras alguna emisora que te guste.
Daniel la cogió de la mano con fuerza y tiró de ella hasta sentarla en el sofá de su pequeño salón, cuando encontró el mando de la televisión la encendió, empezando por el primer canal.
En todos el mismo fondo, el mismo mensaje, subtitulado en varios idiomas y narrado por un hombre de voz calmada pidiendo tranquilidad, aconsejando a la población que permanecieran en sus casas por su propia seguridad, no daba ninguna información realmente útil, no se decía el tipo de amenaza ni el tiempo que duraría el estado de emergencia, tampoco se mencionaba si los servícios básicos se interrumpirían en algún momento, aunque se "garantizaba" que la población no quedaría "desabastecida"... solo se trataba de un simple «quedaos en vuestras casas o moriréis», o eso le pareció a Susana, que se tapó la boca sin querer creer nada de aquello.
-¡¡Quiero ir con mis padres!!-, empezó a gritar, -¡¡quiero ir con mis padres!!-, manoteó al ver que Daniel intentaba agarrarla para que no escapara, se soltó como pudo, y sacando fuerzas de donde no las tenía corrió hasta la puerta delantera, empezó a gritar desesperada y a llorar aun más al ver que la recia puerta de madera no se abría.
-¡Idiota!, ¡la llave está echada, sin ella no podrás abrir la puerta!-.
Susana se dejó caer al suelo llorando con desesperación, de rabia, tristeza y terror, de pronto comenzó a golpear la puerta gritando otra vez.
-¡Abre la puerta!, ¡abre la puta puerta de una vez joder!, ¡quiero irme a mi casa!-.
Daniel suspiró hastiado, no quería hacerlo, pero tener a una cría histérica y llorona no era lo que él hubiera preferido, casi mejor era estar solo, al menos estaría más seguro ya que con tanto grito y golpeteo no sería de extrañar que alguno de esos muertos se encapricharan de su puerta e intentaran derribarla. Por fortuna vivía en un barrio pequeño, por lo que no se veían muchos de ellos rondando por las calles, no al menos de día. Así que sopesó la situación y se decidió en un par de segundos, sacó las llaves de su bolsillo y caminó hasta la puerta.
-De acuerdo, joder, pero no grites más que nos van a oír, ¿por qué te crees que tengo bajadas las persianas de toda la parte delantera?, ¿o me vas a decir que no te habías fijado?-, Susana no contestó, de hecho no se había fijado, ya que la ventana de la cocina daba al patio y este tenía una tapia bastante alta, de ahí que Daniel la dejara abierta para que entrara toda la luz posible.
-¡Quita de ahí!-, le dijo dándole una ligera patada en el muslo para apartarla de la puerta, -sólo te digo una cosa, corre, no te pares, si ves que tus padres tienen ojeras, o que aparenten estar resfriados o que no son capaces de articular una palabra inteligible...¡corre!, pero no atraigas a ninguno de ellos hasta aquí, porque te juro que te dejo fuera con ellos, y sé lo que hacen con aquellos a los que cogen.
-¡Yo también lo se!, - replicó la niña, -les muerden-, Daniel sonrió sombriamente.
-No, eso les pasa a los que tienen suerte...a los que no, los devoran vivos-. La última aclaración de Daniel hizo callar a Susana, e incluso la hizo tranquilizar en cierta medida, pensar en lo que podía pasar si salía de aquella casa.
Daniel echó un vistazo por la mirilla de su puerta antes de abrirla, no quería correr riesgos innecesarios.
-Mmm, mira que casualidad, hoy hay un par de ellos paseando cerca de mi puerta, ¿quieres echar un vistazo?-, Daniel lo dijo con total calma, lo mismo podría estar diciendo que había visto a sus vecinos cortando el césped.
-¿Quieres verlos?, ya empiezan a tener colorcito-, exclamó al no tener respuesta por parte de la pequeña.
-¿No quieres?-, ella seguía en silencio, con la cara tapada por sus manos, sollozando en silencio, temiendo que sus mudos sollozos atrajesen a las misteriosas criaturas hasta la puerta contra la que se apretujaba, y de la que no podía separarse porque el terror la dejaba totalmente paralizada.
-¡Coño responde!, ¿quieres mirar o no?.
-¡Que no joder!-, le dijo ella poniéndose en pié y dándole un empujón. No fue nada del otro mundo, aunque Daniel no era muy corpulento la niña lo era aún menos que él, así que no le hizo ningún daño, pero le molestó por alguna razón.Quizá por el hecho de que aquella cría no valorase ni agradeciese que él le hubiera dado cobijo y alimento, la había estado cuidando durante DOS días que ella no recordaba, dándole de beber cuando se lo pedía y cuidando su fiebre, cediéndole su cama y haciendo guardia por las noches por si ella necesitaba algo, ¿ahora quería irse?, pues se iba a ir, pero antes vería como estaban las cosas en el exterior. La agarró fuertemente por su estrecha cintura, la hizo girarse de cara a la puerta. Como la mirilla estaba alta tuvo que levantarla, afortunadamente no pesaba mucho.
A Susana la reacción de Daniel la cogió por sorpresa, por un segundo llegó a pensar que la iba a violar allí mismo, pero en vez de eso la levantó hasta que tuvo la mirilla a la altura de los ojos, la luz la cegó durante un instante, pero después...no pudo dejar de mirar, ahogó un grito con las manos, lo que dio a entender a Daniel que ya había visto suficiente, así que la dejó en el suelo.
Metió la llave en la cerradura y la giró haciendo el menor ruido posible, luego dio un último giro, la puerta se movió ligeramente hacia el interior al estar libre.
-Eres libre para marcharte, cuando quieras-, llorando a moco tendido pero en silencio, Susana tomó la llave con firmeza, y ahogando de nuevo los sollozos como pudo, la volvió a girar, no dejó de darle vueltas a la llave hasta que esta quedó trabada del todo.
-¡No vuelvas a cogerme en brazos!.
-No vuelvas a obligarme.
-Eres un tío muy desagradable, ¿lo sabías?.
-Esto no es un concurso de popularidad, si no te gusta lo que ves ya sabes lo que tienes que hacer-, Daniel miró fijamente a la puerta.
-¿Tienes un teléfono?.
-Claro, pero pensaba que las niñas de hoy tenéis teléfono móvil desde los trece.
-Me regalaron mi primer móvil a los once, pero dejé mi móvil en la mochila, en casa de Elena...¿me vas a dejar hacer una llamada o no?-, Daniel sonrío con ironía.
-¿Una llamada?, te dejo hacer todas las que quieras si con eso lograse librarme de ti-, Daniel la acompañó a la sala y le mostró el teléfono, ella lo agarró con ansiedad y suspiró al ver que había tono.
-¡Bien, los teléfonos funcionan!.
-Ya, claro... tú espera, yo terminaré de comer.
Susana marcó el teléfono de su casa a toda prisa y esperó. Había supuesto que sus padres se habrían enterado de todo, que habrían visto algo en las noticias y se habrían quedado en casa, quizás habían intentado ponerse en contacto con ella, pero no se había enterado por todo el lío que había habído en casa de Elena. A lo mejor incluso fueron a buscarla a casa de su amiga pero...
Estaban devorando a una mujer.
Mientras esperaba que sus padres contestaran, recordó lo que había visto a través de la mirilla, lo que Daniel le había obligado a ver.
Era cierto que habían un par de esas cosas justo frente a su puerta, pero no se dedicaban a pasear.Se encontraban en cuclillas sobre una mujer, o lo que quedaba de una mujer. Uno de ellos le mordisqueaba el brazo derecho, arrancando lo que le quedaba de bíceps y masticándolo con ansia. El otro... el otro le hurgaba las entrañas hasta que sacó algo chorreante y viscoso que Susana no fue capaz de identificar, justo cuando se lo llevaba a la boca, Daniel la dejó de nuevo en el suelo.
Mientras esperaba que sus padres contestaran, recordó lo que había visto a través de la mirilla, lo que Daniel le había obligado a ver.
Era cierto que habían un par de esas cosas justo frente a su puerta, pero no se dedicaban a pasear.Se encontraban en cuclillas sobre una mujer, o lo que quedaba de una mujer. Uno de ellos le mordisqueaba el brazo derecho, arrancando lo que le quedaba de bíceps y masticándolo con ansia. El otro... el otro le hurgaba las entrañas hasta que sacó algo chorreante y viscoso que Susana no fue capaz de identificar, justo cuando se lo llevaba a la boca, Daniel la dejó de nuevo en el suelo.
Tras más de veinte tonos de llamada, Susana colgó el teléfono para marcar el número de móvil de su padre. Debía de haberlo pensado antes, si sus padres habían salido a buscarla quizás se habían visto obligados a refugiarse en la casa de algún vecino o de algún desconocido.
Tampoco hubo respuesta.
-¡Llamaré a mi madre!... mi padre debe haberse dejado el móvil en el coche, o lo ha perdido, o quizás se lo han robado o... o... o...
-¡Tú tranquila!, ¡llama a quien te de la gana!-, gritó Daniel desde la cocina.
Su madre tampoco contestaba, y eso si empezó a preocupar de verdad a Susana, su madre jamás salía de casa sin su bolso, nunca jamás. Para su madre el bolso era algo casi sagrado ya que en él llevaba todo lo que elle consideraba imprescindible, las llaves de la casa y del coche, su documento de identidad, las tarjetas de crédito y las del seguro médico, algo de dinero, y el móvil, así como artículos de higiene personal.
Pero tampoco contestaba, y para eso si que no tenía ninguna hipótesis creíble, no tenía ni idea de por qué su madre no contestaba, lo único que le vino a la mente era que quizás estuviera tirada en la calle, siendo devorada por algún vecino.
Colgó el teléfono con rabia y corrió hasta la cocina incapaz de aguantar las lágrimas, miró a Daniel suplicante pero incapaz de decir nada.
-¿Que pasa?, ¿no contesta nadie?. No me sorprende, yo estuve tres días intentando contactar con mi novia pero no hubo manera.
-¿Puedes...puedes acompañarme a mi casa?, por favor-, Daniel sonrió sorprendido.
-Tú estás flipada, no pienso salir de aquí hasta que no sea estrictamente necesario.
Susana cayó de rodillas ante él, desgañitándose otra vez, era como si sus lágrimas no fueran a acabarse nunca.
-¡Por favor!...¡acompáñame te lo suplico!-, Daniel se levantó cogiendo el plato para llevarlo al fregadero, aquella escena le estaba incomodando sobremanera.
-Ya has visto como está la calle, no podemos arriesgarnos, podríamos...
-¡Mi casa está solo a dos calles joder!, no está tan lejos.
Tampoco hubo respuesta.
-¡Llamaré a mi madre!... mi padre debe haberse dejado el móvil en el coche, o lo ha perdido, o quizás se lo han robado o... o... o...
-¡Tú tranquila!, ¡llama a quien te de la gana!-, gritó Daniel desde la cocina.
Su madre tampoco contestaba, y eso si empezó a preocupar de verdad a Susana, su madre jamás salía de casa sin su bolso, nunca jamás. Para su madre el bolso era algo casi sagrado ya que en él llevaba todo lo que elle consideraba imprescindible, las llaves de la casa y del coche, su documento de identidad, las tarjetas de crédito y las del seguro médico, algo de dinero, y el móvil, así como artículos de higiene personal.
Pero tampoco contestaba, y para eso si que no tenía ninguna hipótesis creíble, no tenía ni idea de por qué su madre no contestaba, lo único que le vino a la mente era que quizás estuviera tirada en la calle, siendo devorada por algún vecino.
Colgó el teléfono con rabia y corrió hasta la cocina incapaz de aguantar las lágrimas, miró a Daniel suplicante pero incapaz de decir nada.
-¿Que pasa?, ¿no contesta nadie?. No me sorprende, yo estuve tres días intentando contactar con mi novia pero no hubo manera.
-¿Puedes...puedes acompañarme a mi casa?, por favor-, Daniel sonrió sorprendido.
-Tú estás flipada, no pienso salir de aquí hasta que no sea estrictamente necesario.
Susana cayó de rodillas ante él, desgañitándose otra vez, era como si sus lágrimas no fueran a acabarse nunca.
-¡Por favor!...¡acompáñame te lo suplico!-, Daniel se levantó cogiendo el plato para llevarlo al fregadero, aquella escena le estaba incomodando sobremanera.
-Ya has visto como está la calle, no podemos arriesgarnos, podríamos...
-¡Mi casa está solo a dos calles joder!, no está tan lejos.
Susana estaba totalmente derrumbada, tenía miedo, se sentía sola y no le gustaba estar en un sitio que no conocía con alguien al que apenas había visto unas pocas veces, pero tuvo que reconocer una cosa que Daniel le dijo, tuvo que serenarse y guardar silencio.
-Sé como te sientes, pero a parte del terror, y de las ganas de ver a tus padres, debes darte cuenta de tu cansancio y de tu debilidad, llevas sin comer varios días, ¿crees que podrías salir corriendo si nos rodearan varias de esas cosas?, ¿me ves capaz de protegerte de una pequeña oleada de ellos?, por que yo no.
-Podemos... podemos coger un coche...- dijo tras casi dos minutos de silencio. Su tono se había calmado completamente.
-No tengo, lo llevé al taller poco antes de que... - inexplicablemente la niña empezó a reír a carcajadas, Daniel la miró extrañado sin entender.
-... Mi padre... igual que mi padre...-, se llevó las manos a la boca para ahogar su histérico ataque de risa.
-Me gustaría no tener que decirte esto-, Daniel se agachó para poder mirarla a los ojos, -pero creo que debería hacerte a la idea de que tus padres están muertos.
-No puedo, si... si están muertos tengo que verlos. Tengo que quedarme tranquila... -Daniel asintió en silencio y se puso de pie.
-No te prometo nada, pero si comes bien y no te comportas como una histérica durante un par de días, quizá podamos utilizar alguno de los coches de ahí fuera. Susana se acercó y se abrazó fuertemente a las piernas de Daniel que estuvo a punto de caer.
-Gracias... de verdad, pero podríamos utilizar el coche del padre de mi amiga Elena, aún está en el garaje, solo tendríamos que encontrar las llaves.
-Bien pensado-, dijo él acariciando la cabeza de la niña.
Con la caída de la tarde empezó a ser, más que evidente, que iban a necesitar algún tipo de organización para dormir. Susana ya parecía estar algo mejor, tanto que le ofreció a Daniel su cama para dormir ella en el sofá, cosa que estuvo a punto de aceptar hasta que vio un gesto de agotamiento en ella, tan fugaz que ella ni siquiera fue consciente de el.
Daniel propuso ir a casa de sus vecinos, desmontar la cama de Elena, al fin y al cabo ya no la iba a necesitar, y traerla a su casa. En principio Susana no quiso ni hablar de ello, le pareció algo horrible. Tomar comida de casa de su amiga muerta era una cosa, era algo que necesitaban para sobrevivir, pero coger la cama de su amiga... sabía que le resultaría imposible dormir en aquel colchón, sabía que cada vez que cerrase los ojos aparecería ante ella la horrible imagen de su amiga con el cráneo destrozado. Además, solo iban a compartir casa durante un par de días, tres a lo sumo, y no quería abusar más de Daniel, que aunque era un tío borde y desagradable, le estaba dando alimento y cobijo.
Finalmente dejaron la cama de Elena en su casa, Daniel tuvo que admitir que sería un gasto tonto de energía si en tres días dejaba a Susana con sus padres, así que abandonó la idea y se resignó a dormir en su sofá durante un par de días más.
Lo de «dormir» era una forma de hablar, claro. Se pasaba casi toda la noche en su azotea, con ropa oscura y agazapado para no ser visto y con su «bate de la suerte» fuertemente agarrado en su mano derecha.
A pesar del frío que hacía por las noches no podía permitirse el lujo de relajarse, en cualquier instante alguno de aquellos muertos vivientes o lo que fueran podían intentar colarse en su casa. Necesitaba verlos para poder dormir un par de horas antes del amanecer, estar cien por cien seguro de que nada se iba a colar en su casa mientras dormía para arrancarle la garganta de un mordisco.
La noche del tercer día tras prometer a Susana que la llevaría con sus padres, fue una noche lluviosa y fría, tan lluviosa que Daniel se quedó en el interior, acechando la oscuridad a través del vidrio traslucido a causa de la lluvia en la habitación que él llamaba «su despacho» y al que sus amigos, más acertados, le llamaban «el cuarto de la play». Una habitación pequeña en la que se las había ingeniado para poner un sofá grande, una mesa de cristal, un mueble para su segundo televisor y un mueble de pared repleto de libros y videojuegos.
Apenas podía ver nada a través del cristal, solo cuando algún fugaz relámpago iluminaba la calle era capaz de verlos ahí abajo, merodeando bajo la lluvia, perdidos, arrastrándose sin destino. Los miraba con odio, con odio y asco, una repugnancia con la que casi no podía lidiar, una repugnancia que solo lograba hacerle odiarlos más.
Un trueno escalofriante por su potencia y duración hizo temblar todos los cristales de la casa, y la lluvia, como respondiéndole, se hizo más intensa aún, tanto que ya era inútil seguir de pié frente a su ventana.
-Sé como te sientes, pero a parte del terror, y de las ganas de ver a tus padres, debes darte cuenta de tu cansancio y de tu debilidad, llevas sin comer varios días, ¿crees que podrías salir corriendo si nos rodearan varias de esas cosas?, ¿me ves capaz de protegerte de una pequeña oleada de ellos?, por que yo no.
-Podemos... podemos coger un coche...- dijo tras casi dos minutos de silencio. Su tono se había calmado completamente.
-No tengo, lo llevé al taller poco antes de que... - inexplicablemente la niña empezó a reír a carcajadas, Daniel la miró extrañado sin entender.
-... Mi padre... igual que mi padre...-, se llevó las manos a la boca para ahogar su histérico ataque de risa.
-Me gustaría no tener que decirte esto-, Daniel se agachó para poder mirarla a los ojos, -pero creo que debería hacerte a la idea de que tus padres están muertos.
-No puedo, si... si están muertos tengo que verlos. Tengo que quedarme tranquila... -Daniel asintió en silencio y se puso de pie.
-No te prometo nada, pero si comes bien y no te comportas como una histérica durante un par de días, quizá podamos utilizar alguno de los coches de ahí fuera. Susana se acercó y se abrazó fuertemente a las piernas de Daniel que estuvo a punto de caer.
-Gracias... de verdad, pero podríamos utilizar el coche del padre de mi amiga Elena, aún está en el garaje, solo tendríamos que encontrar las llaves.
-Bien pensado-, dijo él acariciando la cabeza de la niña.
Con la caída de la tarde empezó a ser, más que evidente, que iban a necesitar algún tipo de organización para dormir. Susana ya parecía estar algo mejor, tanto que le ofreció a Daniel su cama para dormir ella en el sofá, cosa que estuvo a punto de aceptar hasta que vio un gesto de agotamiento en ella, tan fugaz que ella ni siquiera fue consciente de el.
Daniel propuso ir a casa de sus vecinos, desmontar la cama de Elena, al fin y al cabo ya no la iba a necesitar, y traerla a su casa. En principio Susana no quiso ni hablar de ello, le pareció algo horrible. Tomar comida de casa de su amiga muerta era una cosa, era algo que necesitaban para sobrevivir, pero coger la cama de su amiga... sabía que le resultaría imposible dormir en aquel colchón, sabía que cada vez que cerrase los ojos aparecería ante ella la horrible imagen de su amiga con el cráneo destrozado. Además, solo iban a compartir casa durante un par de días, tres a lo sumo, y no quería abusar más de Daniel, que aunque era un tío borde y desagradable, le estaba dando alimento y cobijo.
Finalmente dejaron la cama de Elena en su casa, Daniel tuvo que admitir que sería un gasto tonto de energía si en tres días dejaba a Susana con sus padres, así que abandonó la idea y se resignó a dormir en su sofá durante un par de días más.
Lo de «dormir» era una forma de hablar, claro. Se pasaba casi toda la noche en su azotea, con ropa oscura y agazapado para no ser visto y con su «bate de la suerte» fuertemente agarrado en su mano derecha.
A pesar del frío que hacía por las noches no podía permitirse el lujo de relajarse, en cualquier instante alguno de aquellos muertos vivientes o lo que fueran podían intentar colarse en su casa. Necesitaba verlos para poder dormir un par de horas antes del amanecer, estar cien por cien seguro de que nada se iba a colar en su casa mientras dormía para arrancarle la garganta de un mordisco.
La noche del tercer día tras prometer a Susana que la llevaría con sus padres, fue una noche lluviosa y fría, tan lluviosa que Daniel se quedó en el interior, acechando la oscuridad a través del vidrio traslucido a causa de la lluvia en la habitación que él llamaba «su despacho» y al que sus amigos, más acertados, le llamaban «el cuarto de la play». Una habitación pequeña en la que se las había ingeniado para poner un sofá grande, una mesa de cristal, un mueble para su segundo televisor y un mueble de pared repleto de libros y videojuegos.
Apenas podía ver nada a través del cristal, solo cuando algún fugaz relámpago iluminaba la calle era capaz de verlos ahí abajo, merodeando bajo la lluvia, perdidos, arrastrándose sin destino. Los miraba con odio, con odio y asco, una repugnancia con la que casi no podía lidiar, una repugnancia que solo lograba hacerle odiarlos más.
Un trueno escalofriante por su potencia y duración hizo temblar todos los cristales de la casa, y la lluvia, como respondiéndole, se hizo más intensa aún, tanto que ya era inútil seguir de pié frente a su ventana.
-Deberías acostarte-, sonó una voz infantil detrás de él. Era Susana, vestida con un pijama de Daniel que le estaba grande por todos lados, -Son casi las cinco de la mañana.
-No tengo sueño, nunca he dormido demasiado... estoy acostumbrado-. Susana se le acercó, y al llegar a una distancia prudencial miró a través de la ventana.
-Pero si no se ve nada... es una pérdida de tiempo, y mañana... mañana te necesito despierto-, él la miró un par de segundos sin comprender hasta que recordó su promesa.
-Ah, eso... casi ni me acordaba. Aunque si mañana sigue lloviendo así no creo que sea pruden... -, la niña le cogió de la mano y tiró de él.
-No te saldrás con la tuya, he comido bien estos días y no he sido ninguna histérica como me pediste, así que no te vas a escapar tan fácilmente.
Susana tiró de él hasta el salón en el primer piso y le preparó las mantas y el edredón, tras lo cual le hizo recostarse en el sofá para finalmente arroparlo.
-Bueno creo que ya está, espero que mañana te encuentres bien.
-Ya veremos-, se limitó a decir cerrando los ojos, abriéndolos a continuación cuando el sonido de los pasos de la niña desaparecieron escaleras arriba.
No podía creer que solo unas horas después iba a salir de su casa por primera vez desde que todo empezó, para él, la incursión a casa de sus vecinos no contaba, y saldría para que una estúpida niña pija pudiera comprobar que sus padres habían muerto. Aunque en realidad no sabía que sería lo mejor, ya que si estuvieran vivos podía dejarla con ellos, así podría regresar a su casa sin tener que preocuparse de nadie, ya que aunque había deseado tener alguien con quien hablar, una niña llorona y quejica no era su idea de la compañía perfecta, con seguridad ni siquiera la echaría de menos.
Susana se metió en la cama, había estado dormida hasta que un brutal trueno la despertó y quería volver a caer en los brazos de Morfeo lo antes posible. Se acurrucó entre las mantas sin cerrar los ojos, escuchando el sonido de la lluvia golpeando furiosa su ventana, el ruido de la lluvia encima de ella, casi la sentía en el interior de la habitación... la lluvia fría, helada... helada y gris, como los ojos de un muerto, de un muerto que se ha levantado de nuevo para alimentarse de los vivos, pensando en ello, se quedó dormida.
A la mañana siguiente el cielo seguía totalmente nublado, las nubes negras apenas dejaban pasar la luz del Sol, dando la sensación de ser casi de noche. Susana se puso en pié de un salto, se quitó el pijama de Daniel a toda prisa para ponerse su uniforme aún más deprisa. El frío le hizo echar de menos unas medias o unos leotardos, incluso le habría pedido unos pantalones a Daniel de no ser que iban a hacerle tropezar cada dos pasos.
Salió de la habitación dispuesta a despertar a Daniel, eran las diez de la mañana, pero si el mundo se iba a la mierda madrugar perdía su sentido, aún así el aroma del café llegando desde la cocina sorprendió a la niña, al parecer Daniel se había despertado antes que ella.
La niña entró en el cuarto de baño para hacer sus necesidades, se peinó un poco y se quitó el sueño con un poco de agua helada en su cara, acto seguido bajó a la cocina, tan oscura que casi parecía de noche.
-Buenos días-, exclamó en voz baja.
-Bueno... no se yo-, contestó Daniel ofreciéndole un asiento. Al parecer había preparado tostadas y café para los dos.
-Mis...mis padres no me dejan tomar café, pero gracias.
-Bebe una taza, te hará entrar en calor, además te espabilará un poco, lo necesitarás-. Susana asintió en silencio y atacó a su desayuno sin tregua, observando al poco tiempo, que él la miraba fijamente.
-¿Que pasa?.
-No es nada... solo que espero de verdad que tus padres estén vivos.
La niña terminó su desayuno en silencio, llevó sus cubiertos a la pila y los dejó allí, aunque hizo ademán de fregarlos Daniel la alejó del fregadero con un empujón.
-Déjalo, lo haré yo después.
En lugar de correr hasta la azotea, Daniel la llevó hasta el salón, y le tendió un impermeable amarillo.
-Es mío, de... de cuando tenía tu edad, lo encontré en una caja que tenía guardada póntelo, está lloviendo-, era cierto, aunque en comparación con la noche anterior no era nada.
-Gracias... -Por alguna razón, mientras subía las escaleras tras Daniel y su «bate de la suerte», Susana empezó a sentir cierto escozor en los ojos además de una extraña sensación en su interior, casi sentía que se iba a poner a llorar en cualquier momento.
-No tengo sueño, nunca he dormido demasiado... estoy acostumbrado-. Susana se le acercó, y al llegar a una distancia prudencial miró a través de la ventana.
-Pero si no se ve nada... es una pérdida de tiempo, y mañana... mañana te necesito despierto-, él la miró un par de segundos sin comprender hasta que recordó su promesa.
-Ah, eso... casi ni me acordaba. Aunque si mañana sigue lloviendo así no creo que sea pruden... -, la niña le cogió de la mano y tiró de él.
-No te saldrás con la tuya, he comido bien estos días y no he sido ninguna histérica como me pediste, así que no te vas a escapar tan fácilmente.
Susana tiró de él hasta el salón en el primer piso y le preparó las mantas y el edredón, tras lo cual le hizo recostarse en el sofá para finalmente arroparlo.
-Bueno creo que ya está, espero que mañana te encuentres bien.
-Ya veremos-, se limitó a decir cerrando los ojos, abriéndolos a continuación cuando el sonido de los pasos de la niña desaparecieron escaleras arriba.
No podía creer que solo unas horas después iba a salir de su casa por primera vez desde que todo empezó, para él, la incursión a casa de sus vecinos no contaba, y saldría para que una estúpida niña pija pudiera comprobar que sus padres habían muerto. Aunque en realidad no sabía que sería lo mejor, ya que si estuvieran vivos podía dejarla con ellos, así podría regresar a su casa sin tener que preocuparse de nadie, ya que aunque había deseado tener alguien con quien hablar, una niña llorona y quejica no era su idea de la compañía perfecta, con seguridad ni siquiera la echaría de menos.
Susana se metió en la cama, había estado dormida hasta que un brutal trueno la despertó y quería volver a caer en los brazos de Morfeo lo antes posible. Se acurrucó entre las mantas sin cerrar los ojos, escuchando el sonido de la lluvia golpeando furiosa su ventana, el ruido de la lluvia encima de ella, casi la sentía en el interior de la habitación... la lluvia fría, helada... helada y gris, como los ojos de un muerto, de un muerto que se ha levantado de nuevo para alimentarse de los vivos, pensando en ello, se quedó dormida.
A la mañana siguiente el cielo seguía totalmente nublado, las nubes negras apenas dejaban pasar la luz del Sol, dando la sensación de ser casi de noche. Susana se puso en pié de un salto, se quitó el pijama de Daniel a toda prisa para ponerse su uniforme aún más deprisa. El frío le hizo echar de menos unas medias o unos leotardos, incluso le habría pedido unos pantalones a Daniel de no ser que iban a hacerle tropezar cada dos pasos.
Salió de la habitación dispuesta a despertar a Daniel, eran las diez de la mañana, pero si el mundo se iba a la mierda madrugar perdía su sentido, aún así el aroma del café llegando desde la cocina sorprendió a la niña, al parecer Daniel se había despertado antes que ella.
La niña entró en el cuarto de baño para hacer sus necesidades, se peinó un poco y se quitó el sueño con un poco de agua helada en su cara, acto seguido bajó a la cocina, tan oscura que casi parecía de noche.
-Buenos días-, exclamó en voz baja.
-Bueno... no se yo-, contestó Daniel ofreciéndole un asiento. Al parecer había preparado tostadas y café para los dos.
-Mis...mis padres no me dejan tomar café, pero gracias.
-Bebe una taza, te hará entrar en calor, además te espabilará un poco, lo necesitarás-. Susana asintió en silencio y atacó a su desayuno sin tregua, observando al poco tiempo, que él la miraba fijamente.
-¿Que pasa?.
-No es nada... solo que espero de verdad que tus padres estén vivos.
La niña terminó su desayuno en silencio, llevó sus cubiertos a la pila y los dejó allí, aunque hizo ademán de fregarlos Daniel la alejó del fregadero con un empujón.
-Déjalo, lo haré yo después.
En lugar de correr hasta la azotea, Daniel la llevó hasta el salón, y le tendió un impermeable amarillo.
-Es mío, de... de cuando tenía tu edad, lo encontré en una caja que tenía guardada póntelo, está lloviendo-, era cierto, aunque en comparación con la noche anterior no era nada.
-Gracias... -Por alguna razón, mientras subía las escaleras tras Daniel y su «bate de la suerte», Susana empezó a sentir cierto escozor en los ojos además de una extraña sensación en su interior, casi sentía que se iba a poner a llorar en cualquier momento.
Antes de salir a la azotea se puso el impermeable que Daniel le había cedido y que tranquilamente podía ser de ella ya que le sentaba a la perfección.
Para saltar el muro que los separaba de la casa de los padres de Elena, Susana tuvo que ser ayudada por Daniel, aunque se negaba a saltar la primera ya que temía que alguno de los miembros de la familia aun pulularan por la casa «muertito y coleando», solo tras prometerle Daniel que todo estaba controlado accedió a que él la impulsara por encima del muro, aunque una vez arriba, entre la altura, la lluvia, la falta de visibilidad a causa de la capucha y su pánico a ser devorada le impidió dejarse caer, por lo que esperó a que él saltase para lanzarse sobre sus brazos abiertos estando a punto de hacerle caer en el suelo mojado.
-Eres una miedica-, le dijo después de aquello, pero ella ni fue capaz de contestar, sentía un terror tan profundo que le impedía hablar.
Como sabía que en un momento u otro iba a regresar a casa de sus vecinos, Daniel había dejado la puerta de la azotea simplemente encajada, la abrió con sigilo y entró en silencio, haciendo una señal a Susana para que también permaneciera callada.
Bajaron las escaleras de la azotea y pasaron por el pasillo del piso superior, donde solo permanecía cerrada una puerta, descendieron al salón sin ningún tipo de problemas, pero una vez allí Susana se detuvo.
-Espera, tengo que coger mi mochila-, Daniel la miró incrédulo, estaban a unos pocos metros del coche familiar, solo debían salir al jardín.
-Tú estás loca, déjalo todo, ni tus libros ni tus cuadernos te servirán ahora-, fue a cogerla de la mano pero ella se deshizo de él y corrió escaleras arriba, Daniel se quedó esperando en el salón, aprovechando para sopesar la posibilidad de llevar alguno de los muebles a su casa, aunque le costaría pasarlos por encima del muro.
Susana corrió a la habitación de su amiga, buscando su mochila a prisa pero sin histerismo alguno, la casa estaba «asegurada» como dirían los militares y no tenía sentido sentir pánico en aquella situación, incluso mientras buscaba debajo de la cama de su amiga se sintió estúpida por no haber sido capaz de saltar el muro ella sola.
Daniel vio un bulto debajo de la mesa, entre un lío de figuritas rotas y trozos de cristal, se agachó y vio que era una mochila escolar, posiblemente de Susana, pero como cabía la posibilidad de que perteneciera a su difunta amiga decidió investigarlo así que la abrió, cogió un par de cuadernos y en los dos vio escrito el nombre Susana en la parte frontal, además de diversos dibujos y speudograffitis ensalzando el amor que parecía profesar hacía un tal Marcos. Guardó los cuadernos y cerró la mochila. -¡Susana!-, gritó, era la primera vez desde que la conocía que pronunciaba su nombre. -¡Acabo de encontrar tu mochila!.
Susana estaba tan distraida buscando por el dormitorio de su amiga que no estaba atenta a lo que Daniel le gritaba, pensaba que se limitaba a meterle prisa. Y tan distraida estaba, que no fue consciente del movimiento del pomo de la única puerta cerrada del pasillo, la puerta de la habitación de los padres de Elena. Dicho movimiento fue fugaz, como producido por un acto fortuito, como si aquel que lo hubiera movido no hubiese sido consciente de ello, pero un segundo después se movió otra vez, y ahora en un movimiento más amplio... un par de segundos más y la puerta se abrió un par de centímetros, lo justo para que una mano muerta fuera capaz de agarrarla torpemente y hacer espacio para el resto de su cuerpo apestoso. El señor Romero salió de su habitación.
Daniel seguía abajo, esperando a que la niña bajase, al parecer se debía haber vuelto sorda o algo, estuvo tentado de volver a gritarle, pero recordó que no era buena idea, así que se sentó en el sofá decidido a esperar, al fin y al cabo todo aquello era idea de ella, si fuera por él se quedarían en casa hasta que necesitasen salir para buscar más alimentos.
El señor Romero, o más bien su cadáver, escuchó ruido en la habitación de su hija, aunque para su cerebro muerto y putrefacto eso ya no significaba nada más que la posibilidad de carne fresca. Arrastró los pies, caminando pesadamente hasta la puerta del dormitorio, donde vio a una chica bastante joven, una niña quizá, aunque eso a él ya le daba igual, la carne fresca era la carne fresca. Ante la excitación de la inminente comida, su gesto adormecido cambió al gesto mortal del depredador ansioso, del torpe depredador, alzó las manos hacia ella, que rebuscaba inconsciente de la inmediatez de su muerte, al menos hasta que el señor Romero lanzara un aullido tan lastimero como terrorífico, el sonido más horrible que ella jamás había oído, incluso pensó que era una broma de Daniel hasta que se giró y vio al señor Romero lanzándose sobre ella... solo tuvo tiempo de arrastrarse de espaldas contra la pared antes de que el monstruo cayera sobre ella buscando su fino cuello, y entonces gritó, como nunca en su vida gritó... por su vida, gritó.
Cuando los padres de Elena entraron al salón, tuvieron que rodear la precaria barricada que las dos niñas habían colocado a la entrada, una vez en el interior, se revolvieron nerviosos, derribando algunas cosas de las estanterías y muebles hasta que escucharon un portazo en el piso superior.
Caminaron tambaleantes hasta la escalera y deteniéndose ante ella, como sopesando si subirla estaba dentro de sus posibilidades.
El cadáver de la madre hizo un primer intento, pero su coordinación no era precisamente la de una atleta olímpica y tropezó, cayendo hacia atrás, en el proceso de intentar levantarse se agarró al mantel de la mesa del salón tirándolo todo al suelo del salón.
Mario tenía diez años, iba a la escuela primaria, a solo unas manzanas de allí y cuyo horario empezaba una hora después que el del instituto de su hermana, razón por la cual aún estaba acostado. Acostumbrado a que su madre lo despertase todas las mañanas no tenía reloj ni despertador en su cuarto, se despertó al escuchar un fuerte golpe, un portazo posiblemente, lanzó una adormilada mirada a su ventana, pudiendo ver a través de la persiana, que ya había amanecido.Se sentó bostezando y desperezándose y buscando con los pies sus cálidas zapatillas. Tras encontrarlas se levantó, tenía ganas de hacer pis, y si su madre aun no se había molestado en despertarle debía ser porque aun era temprano, así que con total despreocupación abrió la puerta de su cuarto y salió al pasillo bostezando de nuevo. El inocente bostezo del niño excitó sobremanera a sus padres, o mejor dicho a los zombies de sus padres, ya que comenzaron a lanzar unos extraños alaridos, agudos y prolongados y, en cierta manera, lastimeros, podrían recordar a un cerdo en una matanza, pero como Mario nunca había estado en una matanza no fue capaz de hacer esa asociación, aun así, habría reaccionado de la misma manera, cayó al suelo asustado. Pero no supo lo que era el auténtico terror hasta que vio la cabeza de su padre subiendo por la escalera, lo primero que se le pasó por la mente fue preguntarse por qué su padre subía la escalera a rastras, lo único que se le ocurrió fue que quizá se había doblado un tobillo y le dolía mucho, aunque teniendo la barandilla eso parecía una tontería, así que le segundo que pensó fue que quizá se había lastimado los dos tobillos, lo tercero que pensó fue que los ojos de su padre le recordaban a los de un viejo tío suyo... el día que murió.
Para saltar el muro que los separaba de la casa de los padres de Elena, Susana tuvo que ser ayudada por Daniel, aunque se negaba a saltar la primera ya que temía que alguno de los miembros de la familia aun pulularan por la casa «muertito y coleando», solo tras prometerle Daniel que todo estaba controlado accedió a que él la impulsara por encima del muro, aunque una vez arriba, entre la altura, la lluvia, la falta de visibilidad a causa de la capucha y su pánico a ser devorada le impidió dejarse caer, por lo que esperó a que él saltase para lanzarse sobre sus brazos abiertos estando a punto de hacerle caer en el suelo mojado.
-Eres una miedica-, le dijo después de aquello, pero ella ni fue capaz de contestar, sentía un terror tan profundo que le impedía hablar.
Como sabía que en un momento u otro iba a regresar a casa de sus vecinos, Daniel había dejado la puerta de la azotea simplemente encajada, la abrió con sigilo y entró en silencio, haciendo una señal a Susana para que también permaneciera callada.
Bajaron las escaleras de la azotea y pasaron por el pasillo del piso superior, donde solo permanecía cerrada una puerta, descendieron al salón sin ningún tipo de problemas, pero una vez allí Susana se detuvo.
-Espera, tengo que coger mi mochila-, Daniel la miró incrédulo, estaban a unos pocos metros del coche familiar, solo debían salir al jardín.
-Tú estás loca, déjalo todo, ni tus libros ni tus cuadernos te servirán ahora-, fue a cogerla de la mano pero ella se deshizo de él y corrió escaleras arriba, Daniel se quedó esperando en el salón, aprovechando para sopesar la posibilidad de llevar alguno de los muebles a su casa, aunque le costaría pasarlos por encima del muro.
Susana corrió a la habitación de su amiga, buscando su mochila a prisa pero sin histerismo alguno, la casa estaba «asegurada» como dirían los militares y no tenía sentido sentir pánico en aquella situación, incluso mientras buscaba debajo de la cama de su amiga se sintió estúpida por no haber sido capaz de saltar el muro ella sola.
Daniel vio un bulto debajo de la mesa, entre un lío de figuritas rotas y trozos de cristal, se agachó y vio que era una mochila escolar, posiblemente de Susana, pero como cabía la posibilidad de que perteneciera a su difunta amiga decidió investigarlo así que la abrió, cogió un par de cuadernos y en los dos vio escrito el nombre Susana en la parte frontal, además de diversos dibujos y speudograffitis ensalzando el amor que parecía profesar hacía un tal Marcos. Guardó los cuadernos y cerró la mochila. -¡Susana!-, gritó, era la primera vez desde que la conocía que pronunciaba su nombre. -¡Acabo de encontrar tu mochila!.
Susana estaba tan distraida buscando por el dormitorio de su amiga que no estaba atenta a lo que Daniel le gritaba, pensaba que se limitaba a meterle prisa. Y tan distraida estaba, que no fue consciente del movimiento del pomo de la única puerta cerrada del pasillo, la puerta de la habitación de los padres de Elena. Dicho movimiento fue fugaz, como producido por un acto fortuito, como si aquel que lo hubiera movido no hubiese sido consciente de ello, pero un segundo después se movió otra vez, y ahora en un movimiento más amplio... un par de segundos más y la puerta se abrió un par de centímetros, lo justo para que una mano muerta fuera capaz de agarrarla torpemente y hacer espacio para el resto de su cuerpo apestoso. El señor Romero salió de su habitación.
Daniel seguía abajo, esperando a que la niña bajase, al parecer se debía haber vuelto sorda o algo, estuvo tentado de volver a gritarle, pero recordó que no era buena idea, así que se sentó en el sofá decidido a esperar, al fin y al cabo todo aquello era idea de ella, si fuera por él se quedarían en casa hasta que necesitasen salir para buscar más alimentos.
El señor Romero, o más bien su cadáver, escuchó ruido en la habitación de su hija, aunque para su cerebro muerto y putrefacto eso ya no significaba nada más que la posibilidad de carne fresca. Arrastró los pies, caminando pesadamente hasta la puerta del dormitorio, donde vio a una chica bastante joven, una niña quizá, aunque eso a él ya le daba igual, la carne fresca era la carne fresca. Ante la excitación de la inminente comida, su gesto adormecido cambió al gesto mortal del depredador ansioso, del torpe depredador, alzó las manos hacia ella, que rebuscaba inconsciente de la inmediatez de su muerte, al menos hasta que el señor Romero lanzara un aullido tan lastimero como terrorífico, el sonido más horrible que ella jamás había oído, incluso pensó que era una broma de Daniel hasta que se giró y vio al señor Romero lanzándose sobre ella... solo tuvo tiempo de arrastrarse de espaldas contra la pared antes de que el monstruo cayera sobre ella buscando su fino cuello, y entonces gritó, como nunca en su vida gritó... por su vida, gritó.
Segundo flashback de Susana.
Cuando los padres de Elena entraron al salón, tuvieron que rodear la precaria barricada que las dos niñas habían colocado a la entrada, una vez en el interior, se revolvieron nerviosos, derribando algunas cosas de las estanterías y muebles hasta que escucharon un portazo en el piso superior.
Caminaron tambaleantes hasta la escalera y deteniéndose ante ella, como sopesando si subirla estaba dentro de sus posibilidades.
El cadáver de la madre hizo un primer intento, pero su coordinación no era precisamente la de una atleta olímpica y tropezó, cayendo hacia atrás, en el proceso de intentar levantarse se agarró al mantel de la mesa del salón tirándolo todo al suelo del salón.
Mario tenía diez años, iba a la escuela primaria, a solo unas manzanas de allí y cuyo horario empezaba una hora después que el del instituto de su hermana, razón por la cual aún estaba acostado. Acostumbrado a que su madre lo despertase todas las mañanas no tenía reloj ni despertador en su cuarto, se despertó al escuchar un fuerte golpe, un portazo posiblemente, lanzó una adormilada mirada a su ventana, pudiendo ver a través de la persiana, que ya había amanecido.Se sentó bostezando y desperezándose y buscando con los pies sus cálidas zapatillas. Tras encontrarlas se levantó, tenía ganas de hacer pis, y si su madre aun no se había molestado en despertarle debía ser porque aun era temprano, así que con total despreocupación abrió la puerta de su cuarto y salió al pasillo bostezando de nuevo. El inocente bostezo del niño excitó sobremanera a sus padres, o mejor dicho a los zombies de sus padres, ya que comenzaron a lanzar unos extraños alaridos, agudos y prolongados y, en cierta manera, lastimeros, podrían recordar a un cerdo en una matanza, pero como Mario nunca había estado en una matanza no fue capaz de hacer esa asociación, aun así, habría reaccionado de la misma manera, cayó al suelo asustado. Pero no supo lo que era el auténtico terror hasta que vio la cabeza de su padre subiendo por la escalera, lo primero que se le pasó por la mente fue preguntarse por qué su padre subía la escalera a rastras, lo único que se le ocurrió fue que quizá se había doblado un tobillo y le dolía mucho, aunque teniendo la barandilla eso parecía una tontería, así que le segundo que pensó fue que quizá se había lastimado los dos tobillos, lo tercero que pensó fue que los ojos de su padre le recordaban a los de un viejo tío suyo... el día que murió.
-¡¿Papá?!-, quiso levantarse, ayudar a su padre a subir las escaleras y preguntarle que le pasaba, también podía buscar a su madre y decirle que llevara a papá al médico, seguro que le ponían una inyección o le daban una pastilla y se le quitaba esa cara de muerto. Pero le resultaba imposible levantarse, su corazón latía a tal velocidad y con tal fuerza que pensó que se le saldría del cuerpo en cualquier instante.
-¡¿Papá?!-, volvió a decir, pero su padre solo le respondía con siseos y gemidos ininteligibles, sonidos que para nada parecían humanos, unos gemidos que hicieron temblar a Mario erizándole el fino y escaso vello de su cuerpo.
Cuando su padre tuvo medio cuerpo en el pasillo, Mario se arrastró hacia atrás, el instinto de supervivencia pudo más que el amor hacia su padre, y cuando vio la herida tumefacta en el cuello de su padre no pudo ahogar el grito que parecía querer salir desde que vio su cara subiendo las escaleras... y un segundo grito, aún más fuerte, se le escapó al ver que tras su padre venía su madre, con la misma cara de muerta que su padre.
Elena escuchó el grito de su hermano desde el interior de su cuarto, donde Susana lloraba en sus brazos con desesperación.
-¡Tengo que salir!, ¡mis dos hermanos están ahí!. -Elena no quería separarse de su amiga, pero cuando esta escuchó más gritos de su hermano no pudo evitar levantarse y agarrar su arco.
-¡Quédate aquí!-, le dijo a su amiga, que no tenía la más mínima intención de dejarla salir.
En el pasillo, fuera de la habitación de Elena, su hermano Mario había logrado arrastrarse de espaldas al interior de su cuarto, y luchando con el terror fue capaz de cerrar la puerta de su habitación y usar el peso de su cuerpo para mantenerla cerrada. Lloró como un descosido mientras sus padres golpeaban la puerta intentando abrirla. Mario dudaba sobre si debía dejarles entrar o no. Por un lado pensaba que podía ser una broma de sus padres, les gustaba disfrazarse en halloween, lo cual resultaba bastante divertido... pero no era halloween, y de todas formas nunca habían utilizado sus disfraces para asustar a nadie, por no decir que sus heridas, y el aspecto enfermizo de su rostros era demasiado realista. Cuando sus padres se disfrazaban se notaba perfectamente el maquillaje, y si se disfrazaban de muertos vivientes utilizaban ropa vieja que se pudiera romper o manchar... pero su mamá tenía puesto uno de sus mejores vestidos, y su padre... su padre iba listo para la oficina. Daba igual las vueltas que quisiera darle, pero aquello no tenía pinta de ser una broma... se acurrucó contra la puerta llorando, sin saber qué hacer, sintió ganas de llamar a su hermana Elena, ella sabría qué hacer, aunque pareciese que le encantaba hacerle rabiar su hermana siempre sabía qué hacer en cada ocasión, como la vez que se perdieron cuando viajaron a París con sus padres, él no había hecho más que llorar, sin embargo su hermana fue capaz de encontrar a sus padres.
.
Mario estaba tan sumido en sus pensamientos, tal vez en un intento de evadirse de la horrible realidad que le rodeaba, que no se dio cuenta de que sus padres ya no intentaban atravesar su puerta, ahora entraban en su propio dormitorio, ya que dentro de él había empezado a llorar Andrés, el pequeño de la familia.
Elena salió de su cuarto, dispuesta a utilizar su arco a la más mínima señal de peligro, vio la puerta de su hermano cerrada, se acercó a ella y le dio un golpecito.
-¿Andrés?-, llamó susurrante, su hermano tardó casi diez segundos en contestar.
-No salgas de ahí hasta que yo te avise, voy a bajar para...-, en realidad no iba a bajar, solo quería asegurarse de que sus padres no habían sido capaces de subir las escaleras, había visto como sus movimientos se habían vuelto de repente torpes y espasmódicos y esperaba que no hubieran sido capaces de subir. Había planeado cerrar la puerta y bloquearla con lo que fuese... se lamentó de no haberla cerrado al subir antes, pero el miedo había podido con ella.
Elena se había quedado muda, ya que mientras hablaba con su hermano, su madre salía del dormitorio grande, tenía un aspecto horrible, su piel parecía tan estirada sobre su cráneo que parecía a punto de romperse, y su color gris le hacía parecer muerta, parecía llevar muerta varias semanas, y solo hacía unos minutos que su padre le había mordido, aquello no tenía ningún sentido, aquello no podía ser... ¡espera!, su madre llevaba algo en sus manos, estaba mordiendo algo, de su... de su boca goteaba un líquido rojo y viscoso que solo podía ser...
-¡No!-, gritó bajando el arco, -¡no!-, volvió a repetir llamando sin querer la atención de su madre que aceleró su tambaleante pase para acercarse a ella.
La niña retrocedió totalmente deshecha, era una niña fuerte y con un valor que ya quisieran para si muchos chicos de su edad, pero ver a su madre arrancar una pierna al cuerpo muerto de su hermano pequeño fue demasiado para ella. Retrocedió hasta entrar de espaldas al cuarto de baño, sin ánimo para cerrar la puerta y esperar a que alguien la rescatase, cerró los ojos y empezó a llorar.
Continuará...
Daniel no era ningún luchador, no le gustaban las peleas y nunca había sido un gran atleta, así que cuando escuchó el primer grito de Susana, su primer impulso fue el de salir corriendo por la puerta de entrada, pero pensando que salir a la calle era potencialmente más peligroso que enfrentarse a fuera lo que fuera que estuviera atacando a la niña, cogió su bate y corrió hacia el piso superior.
Daniel vio a su vecino, el señor Romero, encima de Susana cual pedófilo pervertido, solo que sus mordiscos eran aún más obscenos ya que la convertirían en un ser tan repugnante como él.
Agarró el bate con las dos manos, entró en la habitación sin que el tipo se diera cuenta y golpeó con fiereza la cabeza del cadáver viviente, lo hizo con tal fuerza, que los clavos se hundieron en la cabeza del muerto atravesando el cráneo y quedando tan firmemente sujetos que el bate escapó de las manos de Daniel, para su alivio, el señor Romero cayó inerte sobre el cuerpo de la niña, que aún pataleaba y gritaba.
El chico la ayudó a salir de debajo del cuerpo y la inspeccionó para asegurarse de que no había sido mordida, en las noticias dijeron que así se contagiaba... al menos mientras aún habían habido noticias.
-¿Qué..qué haces?-, se quejaba ella, retrocediendo ante la exhaustiva exploración de Daniel.
-Busco mordiscos... si te muerden, puedes darte por muerta-, la mirada de la niña se suavizó.
-Lo se...es lo que le pasó a Elena.
-¡¿Papá?!-, volvió a decir, pero su padre solo le respondía con siseos y gemidos ininteligibles, sonidos que para nada parecían humanos, unos gemidos que hicieron temblar a Mario erizándole el fino y escaso vello de su cuerpo.
Cuando su padre tuvo medio cuerpo en el pasillo, Mario se arrastró hacia atrás, el instinto de supervivencia pudo más que el amor hacia su padre, y cuando vio la herida tumefacta en el cuello de su padre no pudo ahogar el grito que parecía querer salir desde que vio su cara subiendo las escaleras... y un segundo grito, aún más fuerte, se le escapó al ver que tras su padre venía su madre, con la misma cara de muerta que su padre.
Elena escuchó el grito de su hermano desde el interior de su cuarto, donde Susana lloraba en sus brazos con desesperación.
-¡Tengo que salir!, ¡mis dos hermanos están ahí!. -Elena no quería separarse de su amiga, pero cuando esta escuchó más gritos de su hermano no pudo evitar levantarse y agarrar su arco.
-¡Quédate aquí!-, le dijo a su amiga, que no tenía la más mínima intención de dejarla salir.
En el pasillo, fuera de la habitación de Elena, su hermano Mario había logrado arrastrarse de espaldas al interior de su cuarto, y luchando con el terror fue capaz de cerrar la puerta de su habitación y usar el peso de su cuerpo para mantenerla cerrada. Lloró como un descosido mientras sus padres golpeaban la puerta intentando abrirla. Mario dudaba sobre si debía dejarles entrar o no. Por un lado pensaba que podía ser una broma de sus padres, les gustaba disfrazarse en halloween, lo cual resultaba bastante divertido... pero no era halloween, y de todas formas nunca habían utilizado sus disfraces para asustar a nadie, por no decir que sus heridas, y el aspecto enfermizo de su rostros era demasiado realista. Cuando sus padres se disfrazaban se notaba perfectamente el maquillaje, y si se disfrazaban de muertos vivientes utilizaban ropa vieja que se pudiera romper o manchar... pero su mamá tenía puesto uno de sus mejores vestidos, y su padre... su padre iba listo para la oficina. Daba igual las vueltas que quisiera darle, pero aquello no tenía pinta de ser una broma... se acurrucó contra la puerta llorando, sin saber qué hacer, sintió ganas de llamar a su hermana Elena, ella sabría qué hacer, aunque pareciese que le encantaba hacerle rabiar su hermana siempre sabía qué hacer en cada ocasión, como la vez que se perdieron cuando viajaron a París con sus padres, él no había hecho más que llorar, sin embargo su hermana fue capaz de encontrar a sus padres.
.
Mario estaba tan sumido en sus pensamientos, tal vez en un intento de evadirse de la horrible realidad que le rodeaba, que no se dio cuenta de que sus padres ya no intentaban atravesar su puerta, ahora entraban en su propio dormitorio, ya que dentro de él había empezado a llorar Andrés, el pequeño de la familia.
Elena salió de su cuarto, dispuesta a utilizar su arco a la más mínima señal de peligro, vio la puerta de su hermano cerrada, se acercó a ella y le dio un golpecito.
-¿Andrés?-, llamó susurrante, su hermano tardó casi diez segundos en contestar.
-No salgas de ahí hasta que yo te avise, voy a bajar para...-, en realidad no iba a bajar, solo quería asegurarse de que sus padres no habían sido capaces de subir las escaleras, había visto como sus movimientos se habían vuelto de repente torpes y espasmódicos y esperaba que no hubieran sido capaces de subir. Había planeado cerrar la puerta y bloquearla con lo que fuese... se lamentó de no haberla cerrado al subir antes, pero el miedo había podido con ella.
Elena se había quedado muda, ya que mientras hablaba con su hermano, su madre salía del dormitorio grande, tenía un aspecto horrible, su piel parecía tan estirada sobre su cráneo que parecía a punto de romperse, y su color gris le hacía parecer muerta, parecía llevar muerta varias semanas, y solo hacía unos minutos que su padre le había mordido, aquello no tenía ningún sentido, aquello no podía ser... ¡espera!, su madre llevaba algo en sus manos, estaba mordiendo algo, de su... de su boca goteaba un líquido rojo y viscoso que solo podía ser...
-¡No!-, gritó bajando el arco, -¡no!-, volvió a repetir llamando sin querer la atención de su madre que aceleró su tambaleante pase para acercarse a ella.
La niña retrocedió totalmente deshecha, era una niña fuerte y con un valor que ya quisieran para si muchos chicos de su edad, pero ver a su madre arrancar una pierna al cuerpo muerto de su hermano pequeño fue demasiado para ella. Retrocedió hasta entrar de espaldas al cuarto de baño, sin ánimo para cerrar la puerta y esperar a que alguien la rescatase, cerró los ojos y empezó a llorar.
Continuará...
Daniel no era ningún luchador, no le gustaban las peleas y nunca había sido un gran atleta, así que cuando escuchó el primer grito de Susana, su primer impulso fue el de salir corriendo por la puerta de entrada, pero pensando que salir a la calle era potencialmente más peligroso que enfrentarse a fuera lo que fuera que estuviera atacando a la niña, cogió su bate y corrió hacia el piso superior.
Daniel vio a su vecino, el señor Romero, encima de Susana cual pedófilo pervertido, solo que sus mordiscos eran aún más obscenos ya que la convertirían en un ser tan repugnante como él.
Agarró el bate con las dos manos, entró en la habitación sin que el tipo se diera cuenta y golpeó con fiereza la cabeza del cadáver viviente, lo hizo con tal fuerza, que los clavos se hundieron en la cabeza del muerto atravesando el cráneo y quedando tan firmemente sujetos que el bate escapó de las manos de Daniel, para su alivio, el señor Romero cayó inerte sobre el cuerpo de la niña, que aún pataleaba y gritaba.
El chico la ayudó a salir de debajo del cuerpo y la inspeccionó para asegurarse de que no había sido mordida, en las noticias dijeron que así se contagiaba... al menos mientras aún habían habido noticias.
-¿Qué..qué haces?-, se quejaba ella, retrocediendo ante la exhaustiva exploración de Daniel.
-Busco mordiscos... si te muerden, puedes darte por muerta-, la mirada de la niña se suavizó.
-Lo se...es lo que le pasó a Elena.
Daniel se puso en pie y ofreció su mano a la niña, pero esta se levantó por si misma, tras lo cual el chico cogió su bate, para lo cual tuvo que pisar la cabeza del hombre ya que se había quedado incrustado profundamente en su cráneo.
-Encontré una mochila en el salón... supongo que debe ser la tuya- dijo Daniel saliendo ya de la habitación.
Susana se dispuso a seguir a Daniel, pero al acercarse a la salida de la habitación no pudo evitar mirar al escritorio de Elena, algo le había llamado la atención y por su mejilla resbaló una lágrima al ver que había sido una foto, justo la foto que había visto Daniel y que le impidió marcharse. la niña agarró la foto y la sacó del marco para luego guardársela en un bolsillo de su chaqueta.
Daniel la esperaba en el salón con su mochila en la mano y cuando él se la ofreció la cogió con gesto avergonzado.
-A ver si tenemos suerte-, exclamó saliendo al jardín. Se puso en guardia al ver un cadáver en el suelo pero se tranquilizó enseguida al ver una flecha en su frente.
-Elena era bastante buena usando el arco por lo que estoy viendo, nos habría sido útil, ¿donde aprendió?-, Daniel comprobó la puerta del coche, un Audi, y se felicitó al comprobar que estaba abierto. -Hace dos años fuimos a un campamento de verano y allí nos enseñaron a tirar con arco, yo era bastante mala pero Elena tenía muy buena puntería, por eso cuando regresamos les pidió a sus padres que la apuntaran al club de tiro con arco... entrenaba casi todos los días, una vez me dijo que le encantaría ir a las olimpiadas.
-Si, todo muy bonito ya lo creo, pero llevo aquí un buen rato y no encuentro las malditas llaves del coche.
-Eres de lo más desagradable que pueda haber en el mundo, tío-, le dijo ella en tono molesto.
-Ya me lo has dicho antes, por cierto ¿alguna sugerencia de donde pueden estar las llaves?, no creo que pueda hacerle un puente a este coche, y... estooo... el no haber hecho nunca un puente no ayuda en nada.
-Bueno este es el coche del padre de Elena así que quizá lo tenga él en el bolsillo ya que...-, lejos de demostrar algún tipo de compasión Daniel la miró con ojos expectantes e hizo un gesto con la mano para que subiera a buscar las llaves pero ella se limitó a mirarlo asustada, juntó las manos en su regazo y negó con la cabeza.
-Encontré una mochila en el salón... supongo que debe ser la tuya- dijo Daniel saliendo ya de la habitación.
Susana se dispuso a seguir a Daniel, pero al acercarse a la salida de la habitación no pudo evitar mirar al escritorio de Elena, algo le había llamado la atención y por su mejilla resbaló una lágrima al ver que había sido una foto, justo la foto que había visto Daniel y que le impidió marcharse. la niña agarró la foto y la sacó del marco para luego guardársela en un bolsillo de su chaqueta.
Daniel la esperaba en el salón con su mochila en la mano y cuando él se la ofreció la cogió con gesto avergonzado.
-A ver si tenemos suerte-, exclamó saliendo al jardín. Se puso en guardia al ver un cadáver en el suelo pero se tranquilizó enseguida al ver una flecha en su frente.
-Elena era bastante buena usando el arco por lo que estoy viendo, nos habría sido útil, ¿donde aprendió?-, Daniel comprobó la puerta del coche, un Audi, y se felicitó al comprobar que estaba abierto. -Hace dos años fuimos a un campamento de verano y allí nos enseñaron a tirar con arco, yo era bastante mala pero Elena tenía muy buena puntería, por eso cuando regresamos les pidió a sus padres que la apuntaran al club de tiro con arco... entrenaba casi todos los días, una vez me dijo que le encantaría ir a las olimpiadas.
-Si, todo muy bonito ya lo creo, pero llevo aquí un buen rato y no encuentro las malditas llaves del coche.
-Eres de lo más desagradable que pueda haber en el mundo, tío-, le dijo ella en tono molesto.
-Ya me lo has dicho antes, por cierto ¿alguna sugerencia de donde pueden estar las llaves?, no creo que pueda hacerle un puente a este coche, y... estooo... el no haber hecho nunca un puente no ayuda en nada.
-Bueno este es el coche del padre de Elena así que quizá lo tenga él en el bolsillo ya que...-, lejos de demostrar algún tipo de compasión Daniel la miró con ojos expectantes e hizo un gesto con la mano para que subiera a buscar las llaves pero ella se limitó a mirarlo asustada, juntó las manos en su regazo y negó con la cabeza.
Un relámpago iluminó el cielo para luego romperlo con un ensordecedor trueno, Susana alzó la mirada justo para que las primeras gotas de una copiosa lluvia le mojaran el rostro.
-Pensaba que la lluvia nos había dado una tregua...- dijo Daniel saliendo del coche, -entra en el coche no te vayas a mojar, yo iré por las llaves.
La niña se sentó en el asiento del copiloto dejando la mochila en el asiento trasero, se abrocho el cinturón y guardó silencio.
-Pensaba que la lluvia nos había dado una tregua...- dijo Daniel saliendo del coche, -entra en el coche no te vayas a mojar, yo iré por las llaves.
La niña se sentó en el asiento del copiloto dejando la mochila en el asiento trasero, se abrocho el cinturón y guardó silencio.
Mientras esperaba en silencio pudo ver a través de los setos que tapaban la fea verja metálica del jardín algo moviéndose, la distancia y el espesor de los setos no la dejaban ver bien de qué se trataba, pero parecía estar dando vueltas estúpidamente.
La lluvia empañó pronto los cristales del vehículo dificultando aún más la visión de Susana que empezaba a sentirse asustada sentada sola ahí abajo en medio de una tormenta terrible.
El cielo se había oscurecido tanto que casi parecía de noche, poco parecía importar que no fuera ni mediodía. Para distraerse un poco y así dejar de mirar a la cosa de detrás de la verja, Susana abrió su mochila y sacó su teléfono móvil al cuál apenas le quedaba batería, le pareció una tontería pero quería comprobar sus llamadas, se le llenaron los ojos de lágrimas al ver que tenía un montón, sobre todo de su madre. Se tapó la cara notando como el llanto regresaba a sus ojos, no quería llorar más, si sus padres seguían vivos, y no había por qué no, no quería que la vieran con los ojos llorosos.
A parte de las decenas de llamadas de sus padres, todas en un lapso de seis horas. Susana se sonrojó al ver que cierto chico también le había estado llamando durante todo aquel desastre, y se alegró una barbaridad al comprobar que su última llamada la había realizado tan solo doce horas antes, ¡al fin una buena noticia!, Marcos podía estar vivo, solo pensar eso le dibujó una bonita sonrisa en los labios.
La lluvia empañó pronto los cristales del vehículo dificultando aún más la visión de Susana que empezaba a sentirse asustada sentada sola ahí abajo en medio de una tormenta terrible.
El cielo se había oscurecido tanto que casi parecía de noche, poco parecía importar que no fuera ni mediodía. Para distraerse un poco y así dejar de mirar a la cosa de detrás de la verja, Susana abrió su mochila y sacó su teléfono móvil al cuál apenas le quedaba batería, le pareció una tontería pero quería comprobar sus llamadas, se le llenaron los ojos de lágrimas al ver que tenía un montón, sobre todo de su madre. Se tapó la cara notando como el llanto regresaba a sus ojos, no quería llorar más, si sus padres seguían vivos, y no había por qué no, no quería que la vieran con los ojos llorosos.
A parte de las decenas de llamadas de sus padres, todas en un lapso de seis horas. Susana se sonrojó al ver que cierto chico también le había estado llamando durante todo aquel desastre, y se alegró una barbaridad al comprobar que su última llamada la había realizado tan solo doce horas antes, ¡al fin una buena noticia!, Marcos podía estar vivo, solo pensar eso le dibujó una bonita sonrisa en los labios.
Dando un susto de muerte a Susana y sin reparar en ello, Daniel abrió la puerta del conductor y entró en el coche.
-He tardado en encontrar las llaves, resulta que se le habían caído en el salón, buen chaparrón está cayendo ¿eh?-, ella asintió mirándolo en silencio y sin poder reprimir una tímida sonrisa, y entonces al verla juguetear con su teléfono le preguntó si había sucedido algo, pero ella ni dijo nada.
-Bueno, voy a arrancar esto pero lo voy a dejar en punto muerto, no vayas a tocar nada, ya que supongo que no querrás salir ahí afuera bajo la lluvia para abrir la puerta de la verja, tras la cual he visto que hay varios imbéciles andantes, supongo, obviamente, que será algo que tendré que hacer yo, por eso recalco... no toques nada.
-He tardado en encontrar las llaves, resulta que se le habían caído en el salón, buen chaparrón está cayendo ¿eh?-, ella asintió mirándolo en silencio y sin poder reprimir una tímida sonrisa, y entonces al verla juguetear con su teléfono le preguntó si había sucedido algo, pero ella ni dijo nada.
-Bueno, voy a arrancar esto pero lo voy a dejar en punto muerto, no vayas a tocar nada, ya que supongo que no querrás salir ahí afuera bajo la lluvia para abrir la puerta de la verja, tras la cual he visto que hay varios imbéciles andantes, supongo, obviamente, que será algo que tendré que hacer yo, por eso recalco... no toques nada.
Una vez puesto el coche lo más perpendicular posible a la puerta verde de la verja, Daniel agarró su bate y caminó bajo la lluvia, a medio camino se giró para hacerle un gesto a Susana para asegurarse de que no hacía nada extraño, pero ella estaba distraida, ya que sus padres no contestaban a sus llamadas estaba probando sin con Marcos era diferente, aunque de momento tampoco cogía el teléfono.
No sin esfuerzo Daniel abrió la puerta de la verja intentando en vano no hacer demasiado ruido, pero esta chirriaba tanto que llamó la atención de todos los muertos vivientes cercanos, que por fortuna no eran demasiados, y que comenzaron a caminar hacia él, la amenaza más cercana provenía del cadáver de una mujer gorda y pequeña y que era la cosa que Susana había podido vislumbrar desde el interior del coche, Daniel dudó entre acabar con ella o correr hacia el coche pero como la desafortunada mujer caminaba con torpe decisión acabó por incrustarle el bate en la cabeza salpicando sangre coagulada y trozos de hueso, le dio con tanta fuerza que el bate volvió a quedar anclado en la cabeza de su víctima.
Susana dejó su teléfono justo a tiempo de ver a Daniel pisar la cabeza de una mujer gorda para recuperar su bate y el muy idiota le estaba dando la espalda a la calle sin darse cuenta de que tenía a otro de aquellos asquerosos cadáveres andantes a menos de tres metros. le estaba costando lo suyo arrancar el bate de la destrozada cabeza de aquel cadáver, no solo por lo profundo que parecían haberse clavado sus púas, la lluvia no le dejaba agarrar bien el bate, sin contar que estuvo a punto de resbalar gracias al mojado césped.
La niña quiso advertirle acerca del tipo que se arrastraba hacia él, pero las ventanas del coche estaban subidas y no la escucharía a tiempo.
-¡Joder, soy idiota!-, exclamó inclinándose sobre el asiento del conductor para accionar el claxon.
El sonido del claxon avisó a Daniel, que mirando al coche vio que Susana señalaba con su dedo a algo que se movía detrás de él, decidió abandonar su arma ante la imposibilidad de recuperarla y corrió hasta el coche sin dedicar ni una sola mirada a la nueva amenaza y entró en el coche jadeando.
Miró a Susana con los ojos rojos, tenía el pelo mojado pegado al cráneo.
-Podías haberme avisado un poco antes ¿no crees?-, exclamó con una calma que no sentía.
¡Perdona!-, se disculpó ella, -todos tenemos nuestras preocupaciones-, añadió.
Al salir a la calle Daniel aprovechó para atropellar al tipo que le había asustado, puede que no acabara con él pero de seguro necesitaría una silla de ruedas para moverse el resto de su no-vida.
-Bueno, tú dirás, ¿por donde se va a tu casa?.
-Coge la primera a la derecha-, le señaló ella sin dejar de juguetear con el móvil.
-¿Tuviste suerte con eso?-, Daniel la miró de soslayo mientras le hizo la pregunta.
-No, sí... bueno a medias. Mis padres siguen sin contestar, aunque tenía muchas llamadas perdidas..., -se guardó lo de Marcos.
-¿Y eso es tener suerte «a medias?, yo diría que estás tan jodida como antes... ni siquiera se por qué accedí a esto-, aunque habló en un tono bastante calmado y hasta cierto punto inexpresivo, Susana notó el reproche en su manera de moverse.
-Lo siento... gira ahora a la izquierda y sigue recto un par de calles, ya casi hemos llegado.
«Pues sí que vive cerca, de no ser por la maldita plaga de muertos vivientes podríamos haber venido a pié», pensó Daniel.
Las calles estaban desiertas, su silencio era roto únicamente por el estruendo de la lluvia ya que los escasos paseantes apenas emitían sonido alguno, de hecho casi ni se movían del sitio, se limitaban a quedarse parados en un precario equilibrio, aunque aquellos que veían o escuchaban el coche parecían querer perseguirlo pero desistían a los pocos pasos, nada se sabía de la inteligencia de aquellos malditos, pero al parecer tenían la suficiente para no perseguir a una presa inalcanzable.
Durante el corto viaje, los dos ocupantes del Audi del señor Romero, pudieron observar los destrozos que había ocasionado el levantamiento de los muertos. Las calles parecían una zona en guerra, decenas de cadáveres totalmente devorados se apiñaban por doquier, miembros descarnados aparecían por todas partes, se cruzaron con una ambulancia que había volcado y ardido sin que los bomberos llegaran para apagar el fuego, estaba totalmente calcinada.
La lluvia parecía querer correr un velo sobre el horrible paisaje, pero era incapaz de ocultar los coches accidentados y las puertas abiertas de las casas, abandonadas en una fuga, frustrada, la mayoría de las veces.
Susana dejó escapar un gemido de impotencia y ansiedad al ver que una de esas puertas abiertas era la de su casa.
-¡Para aquí!, ¡para te digo!-, Daniel detuvo el coche sin molestarse en aparcarlo, sacó las llaves del coche y las escondió debajo del asiento del conductor.
-He visto muchas películas de terror... no quiero perderlas-, exclamó ante la extrañada mirada de la niña.
Salieron bajo la lluvia extremando las precauciones y prestando toda su atención a los muertos vivientes más cercanos, por fortuna, el que más cerca tenía las piernas tan destrozadas que solo podía moverse arrastrándose por el suelo utilizando los brazos, Susana gritó asqueada al verlo y luego corrió a la protección de su casa.
No sin esfuerzo Daniel abrió la puerta de la verja intentando en vano no hacer demasiado ruido, pero esta chirriaba tanto que llamó la atención de todos los muertos vivientes cercanos, que por fortuna no eran demasiados, y que comenzaron a caminar hacia él, la amenaza más cercana provenía del cadáver de una mujer gorda y pequeña y que era la cosa que Susana había podido vislumbrar desde el interior del coche, Daniel dudó entre acabar con ella o correr hacia el coche pero como la desafortunada mujer caminaba con torpe decisión acabó por incrustarle el bate en la cabeza salpicando sangre coagulada y trozos de hueso, le dio con tanta fuerza que el bate volvió a quedar anclado en la cabeza de su víctima.
Susana dejó su teléfono justo a tiempo de ver a Daniel pisar la cabeza de una mujer gorda para recuperar su bate y el muy idiota le estaba dando la espalda a la calle sin darse cuenta de que tenía a otro de aquellos asquerosos cadáveres andantes a menos de tres metros. le estaba costando lo suyo arrancar el bate de la destrozada cabeza de aquel cadáver, no solo por lo profundo que parecían haberse clavado sus púas, la lluvia no le dejaba agarrar bien el bate, sin contar que estuvo a punto de resbalar gracias al mojado césped.
La niña quiso advertirle acerca del tipo que se arrastraba hacia él, pero las ventanas del coche estaban subidas y no la escucharía a tiempo.
-¡Joder, soy idiota!-, exclamó inclinándose sobre el asiento del conductor para accionar el claxon.
El sonido del claxon avisó a Daniel, que mirando al coche vio que Susana señalaba con su dedo a algo que se movía detrás de él, decidió abandonar su arma ante la imposibilidad de recuperarla y corrió hasta el coche sin dedicar ni una sola mirada a la nueva amenaza y entró en el coche jadeando.
Miró a Susana con los ojos rojos, tenía el pelo mojado pegado al cráneo.
-Podías haberme avisado un poco antes ¿no crees?-, exclamó con una calma que no sentía.
¡Perdona!-, se disculpó ella, -todos tenemos nuestras preocupaciones-, añadió.
Al salir a la calle Daniel aprovechó para atropellar al tipo que le había asustado, puede que no acabara con él pero de seguro necesitaría una silla de ruedas para moverse el resto de su no-vida.
-Bueno, tú dirás, ¿por donde se va a tu casa?.
-Coge la primera a la derecha-, le señaló ella sin dejar de juguetear con el móvil.
-¿Tuviste suerte con eso?-, Daniel la miró de soslayo mientras le hizo la pregunta.
-No, sí... bueno a medias. Mis padres siguen sin contestar, aunque tenía muchas llamadas perdidas..., -se guardó lo de Marcos.
-¿Y eso es tener suerte «a medias?, yo diría que estás tan jodida como antes... ni siquiera se por qué accedí a esto-, aunque habló en un tono bastante calmado y hasta cierto punto inexpresivo, Susana notó el reproche en su manera de moverse.
-Lo siento... gira ahora a la izquierda y sigue recto un par de calles, ya casi hemos llegado.
«Pues sí que vive cerca, de no ser por la maldita plaga de muertos vivientes podríamos haber venido a pié», pensó Daniel.
Las calles estaban desiertas, su silencio era roto únicamente por el estruendo de la lluvia ya que los escasos paseantes apenas emitían sonido alguno, de hecho casi ni se movían del sitio, se limitaban a quedarse parados en un precario equilibrio, aunque aquellos que veían o escuchaban el coche parecían querer perseguirlo pero desistían a los pocos pasos, nada se sabía de la inteligencia de aquellos malditos, pero al parecer tenían la suficiente para no perseguir a una presa inalcanzable.
Durante el corto viaje, los dos ocupantes del Audi del señor Romero, pudieron observar los destrozos que había ocasionado el levantamiento de los muertos. Las calles parecían una zona en guerra, decenas de cadáveres totalmente devorados se apiñaban por doquier, miembros descarnados aparecían por todas partes, se cruzaron con una ambulancia que había volcado y ardido sin que los bomberos llegaran para apagar el fuego, estaba totalmente calcinada.
La lluvia parecía querer correr un velo sobre el horrible paisaje, pero era incapaz de ocultar los coches accidentados y las puertas abiertas de las casas, abandonadas en una fuga, frustrada, la mayoría de las veces.
Susana dejó escapar un gemido de impotencia y ansiedad al ver que una de esas puertas abiertas era la de su casa.
-¡Para aquí!, ¡para te digo!-, Daniel detuvo el coche sin molestarse en aparcarlo, sacó las llaves del coche y las escondió debajo del asiento del conductor.
-He visto muchas películas de terror... no quiero perderlas-, exclamó ante la extrañada mirada de la niña.
Salieron bajo la lluvia extremando las precauciones y prestando toda su atención a los muertos vivientes más cercanos, por fortuna, el que más cerca tenía las piernas tan destrozadas que solo podía moverse arrastrándose por el suelo utilizando los brazos, Susana gritó asqueada al verlo y luego corrió a la protección de su casa.
La casa de Susana estaba en una urbanización bastante moderna de casitas adosadas, todas poseían un pequeño jardín y una garaje cuya puerta estaba en la parte frontal de la casa, a pocos metros de la puerta principal. Eran de un diseño un tanto recargado para el gusto de Daniel, poseían una terraza espaciosa en la que se podían celebrar perfectamente barbacoas o cualquier tipo de fiesta, con tejas anaranjadas a dos aguas, no tenían azotea propiamente dicha, y aunque tenían dos pisos eran mas pequeñas que la casa de Elena, por poner un ejemplo.
-Bonito barrio-, exclamó Daniel caminando hacia la puerta con quizás demasiada tranquilidad. Quiso gritarle a Susana que lo esperase, pero prefirió ser cuidadoso y no atraer la atención de los muertos vivientes, ya que temía que hubieran más de los que ellos podían ver... «la paranoia puede ser buenas en tiempos como estos» pensaba para si.
Nada más cruzar la puerta de entrada, Daniel escuchó a Susana pidiendo ayuda con voz aterrada, no supo localizar el origen del grito hasta que la niña lo llamó por su nombre.
La puerta daba a un pequeño recibidor, a la izquierda había una escalera que daba al piso superior y en cuyo hueco habían tres bicicletas, a la derecha había otra puerta, de donde provenía el grito.
-Es por eso que nunca debes entrar corriendo en una casa sin saber que hay dentro-, casi estuvo a punto de marcharse dejando a Susana ahí, pero otro grito desgarrador de la niña, lleno de terror y desesperación le hizo correr al interior de la casa sin tan siquiera tener un arma.
-Bonito barrio-, exclamó Daniel caminando hacia la puerta con quizás demasiada tranquilidad. Quiso gritarle a Susana que lo esperase, pero prefirió ser cuidadoso y no atraer la atención de los muertos vivientes, ya que temía que hubieran más de los que ellos podían ver... «la paranoia puede ser buenas en tiempos como estos» pensaba para si.
Nada más cruzar la puerta de entrada, Daniel escuchó a Susana pidiendo ayuda con voz aterrada, no supo localizar el origen del grito hasta que la niña lo llamó por su nombre.
La puerta daba a un pequeño recibidor, a la izquierda había una escalera que daba al piso superior y en cuyo hueco habían tres bicicletas, a la derecha había otra puerta, de donde provenía el grito.
-Es por eso que nunca debes entrar corriendo en una casa sin saber que hay dentro-, casi estuvo a punto de marcharse dejando a Susana ahí, pero otro grito desgarrador de la niña, lleno de terror y desesperación le hizo correr al interior de la casa sin tan siquiera tener un arma.
Por suerte para Daniel Susana no había sido atacada por nadie, estaba derrumbada de rodillas en el suelo de un pequeño salón agarrando con desesperación la mano de un hombre muerto que se había derrumbado en un sofá de dos asientos. Estaba parcialmente devorado y ya empezaba a oler bastante, y a pesar de su evidente hinchazón, el rostro era bastante reconocible, al menos para su hija.
-Aléjate de él niña, por favor... podría levantarse en cualquier instante-, la cría hizo caso omiso a su consejo. -Te aviso que si se levanta no tendré nada para defendernos-, Susana lloraba desconsolada sin poder dejar de mirar el cadáver de su padre.
-Aléjate de él niña, por favor... podría levantarse en cualquier instante-, la cría hizo caso omiso a su consejo. -Te aviso que si se levanta no tendré nada para defendernos-, Susana lloraba desconsolada sin poder dejar de mirar el cadáver de su padre.
El llanto de la niña era tan triste y descorazonador que algo se rompió dentro de Daniel, que se acercó a ella con algo parecido a la compasión apareciendo en su corazón.
-Vámonos... esto no es seguro, él podría...
-Mi padre no se va a levantar-, replicó ella con la convicción que solo los desesperados pueden tener.
Daniel se frotó los ojos cansado, la lluvia azotaba las ventanas de la casa y parecía que se estaba levantando algo de viento, si no había nada que hacer allí preferiría volver a su casa cuanto antes. La agarró por los hombros y la zarandeó para hacerla reaccionar.
-Vamos, aunque sea tu padre eso no significa que no vaya a...
-Le han disparado a la cabeza...-, sentenció ella con frialdad.
Con cierto temblor en la mano Daniel apartó el flequillo de la frente del cadáver del hombre y pudo ver el agujero de un arma de pequeño calibre.
-Pues parece ser verdad, ¿como te has dado cuenta tan deprisa?, si tú no me lo hubieras dicho yo ni siquiera me habría dado cuenta, es más no habría entrado al salón.
Ella se giró mirándolo con dureza; -es mi padre-, dijo- no me hubiera importado que me mordiera si así pudiera estar con él...
-¿Entraste en el salón sin saber si se iba a levantar?-, exclamó Daniel horrorizado, y se llevó las manos a la boca cuando ella respondió.
-Esperaba que lo hiciera...-, Susana rompió a llorar con más fuerza aún. -Al... al verlo ahí supe que... que estaba muerto, no quería creerlo pero... pero... deseé tanto estar otra vez con él que recé para que se levantara y me mordiera... ahora... ahora estoy sola.
-¿Tu madre?-, preguntó él con toda la delicadeza de la que fue capaz.
-No lo se, quizá... quizá esté en el sótano-.
-Vámonos... esto no es seguro, él podría...
-Mi padre no se va a levantar-, replicó ella con la convicción que solo los desesperados pueden tener.
Daniel se frotó los ojos cansado, la lluvia azotaba las ventanas de la casa y parecía que se estaba levantando algo de viento, si no había nada que hacer allí preferiría volver a su casa cuanto antes. La agarró por los hombros y la zarandeó para hacerla reaccionar.
-Vamos, aunque sea tu padre eso no significa que no vaya a...
-Le han disparado a la cabeza...-, sentenció ella con frialdad.
Con cierto temblor en la mano Daniel apartó el flequillo de la frente del cadáver del hombre y pudo ver el agujero de un arma de pequeño calibre.
-Pues parece ser verdad, ¿como te has dado cuenta tan deprisa?, si tú no me lo hubieras dicho yo ni siquiera me habría dado cuenta, es más no habría entrado al salón.
Ella se giró mirándolo con dureza; -es mi padre-, dijo- no me hubiera importado que me mordiera si así pudiera estar con él...
-¿Entraste en el salón sin saber si se iba a levantar?-, exclamó Daniel horrorizado, y se llevó las manos a la boca cuando ella respondió.
-Esperaba que lo hiciera...-, Susana rompió a llorar con más fuerza aún. -Al... al verlo ahí supe que... que estaba muerto, no quería creerlo pero... pero... deseé tanto estar otra vez con él que recé para que se levantara y me mordiera... ahora... ahora estoy sola.
-¿Tu madre?-, preguntó él con toda la delicadeza de la que fue capaz.
-No lo se, quizá... quizá esté en el sótano-.
Susana no parecía tener intención de moverse de al lado del cadáver de su padre, así que Daniel examinó el piso inferior en busca de posibles amenazas, no encontró ninguna pero se dio un susto de muerte al ir a cerrar la puerta de entrada y ver que cinco muertos vivientes a menos de cinco metros, caminaban hacia la casa. Cerró la puerta de un portazo maldiciendose por tal descuido.
Sin decirle nada a Susana comenzó a apilar muebles contra la puerta y las ventanas del salón, no tenía muy claro hasta donde llegaban las fuerzas de los muertos vivientes pero tampoco sentía una imperiosa necesidad de comprobarlo. Una vez satisfecho, y otra vez sin decirle nada a la niña, comprobó el piso superior ya que no quería más sorpresas desagradables, ya que con una al día iba sobrado. En el piso superior no había nada, o al menos Daniel no encontró nada extraño, solo sintió un extraño escalofrío al entrar en la habitación de Susana. Entrar sin permiso en el cuarto de un muerto era una cosa, pero entrar en la habitación de una persona viva le parecía una falta de respeto, pero aún así miró debajo de su cama, al igual que en el dormitorio de los padres de la niña, donde tampoco encontró nada.
Una vez examinado el piso superior y quedando satisfecho del resultado obtenido, Daniel descendió de nuevo al piso inferior. Regresó junto a Susana, que aún continuaba llorando la muerte de su padre, Daniel, sin decir nada, observó con atención la habitación notando que excepto los muebles que él había movido para tapar las posibles entradas no había signo alguno de lucha, y en el piso superior tampoco había visto nada raro y eso le confundió totalmente.
-¿Como se va al sótano?-, Susana miró a Daniel con ojos vidriosos y sin comprender, -tu madre, dijiste que quizá estaba en el sótano, ¿donde está la puerta?.
Daniel no tenía la más mínima intención de bajar al sótano sin ningún arma, y como había perdido su «bate de la suerte» tuvo que improvisar, así que antes de bajar al sótano cogió un rodillo de la cocina, lo sostuvo en alto, y aunque no quedó muy satisfecho se conformó. Tenía que comprobar la casa entera para cerciorarse de que no corrían peligro alguno, si de paso encontraba a la madre de Susana perfecto, pero no era una de sus prioridades.
La puerta del sótano estaba bajo el hueco de la escalera del recibidor, escondida detrás de un enorme perchero y cuando Daniel intentó abrirla no cedió.
-Está cerrada-, aunque bien podría dar por sentado que el sótano estaba simplemente
cerrado Daniel, no quiso descartar que estuviera cerrado por dentro, era posible que la señora de la casa se hubiera encerrado para protegerse de lo que había en el exterior, no en vano se habían encontrado la puerta abierta y a su marido medio devorado.
Aunque no tenía ni idea de lo que podía haber allí debajo Daniel golpeó la puerta con suavidad, como queriendo hacer notar que era un ser humano y no un zombie devorador de carne humana.
-¡¿Hay alguien ahí debajo?!, ¡¿señora?!-, esperó unos segundos y al no recibir respuesta insistió.
-¡Señora, la casa está asegurada!, ¡he traído a su hija Susana, está sana y salva!-, no había respuesta.
Daniel comenzaba a perder la paciencia, por alguna razón su cabeza había decidido que la madre de Susana se encontraba ahí debajo y le cabreaba el que la dichosa mujer no le contestase, así que golpeó de nuevo la puerta, esta vez con energía y gritando.
-¡Señora, por última vez, tengo a su hija!, ¡y un coche!, ¡pueden venir las dos a mi casa si quieren, tengo alimento para más de un mes!-, nada más acabar la frase le dio una patada al pomo de la puerta, pero como Daniel no era Bruce Willis, no solo no derribó la puerta, sino que se lastimó el tobillo.
-¡Me cago en usted, señora!, ¡si no quiere salir que le den!-, le dijo a la puerta acercándose a tan solo dos centímetros de ella, y entonces alguien golpeó la puerta desde dentro, con tanta fuerza que estuvo a punto de golpear a Daniel en la nariz, el susto le hizo caer al suelo de espaldas con un gemido de terror, se arrastró alejándose de la puerta para luego levantarse y empuñar el rodillo.
-¡Niña!, ¡ven Niña!-, fuera lo que hubiese detrás de le puerta, ya no estaba vivo. Golpeaba la puerta con desesperación entre aullidos y barboteos repugnantes que ningún ser humano sería capaz de emitir.
-¡Niña ven aquí... joder!-, cuando Daniel se giró para llamar a Susana de nuevo ella ya estaba a su lado, ofreciéndole una hoja de papel.
-Esto estaba en el salón, al lado del... cadáver de mi padre-, lo dijo sin levantar la mirada del suelo.
Daniel cogió el papel y le echó una mirada por encima, luego miró a Susana con una sonrisa estúpida en los labios y luego leyó la nota detalladamente.
A aquel que lea esta carta, y deseando que no sea mi querida hijita:
No creo necesario contar que ha pasado, las noticias de la mañana ya lo contaron todo, o casi todo, por alguna razón, los muertos se están levantando y atacando a los vivos, no solo los atacan sino que se los comen y los transforman en uno de ellos, creando un círculo que solo tendrá fin cuando no quede ser vivo en la tierra.
Mi marido vio las noticias al poco de enviar a nuestra hija a casa de su amiga Elena, para que su padre las llevara a clase, y regresó contagiado, creo que le mordieron porque tenía marcas en la cara y en los brazos. Intenté curarlo pero enseguida le dieron unos horribles espasmos, intenté sujetarlo pero su fuerza era tanta que llegó a lastimarme, y para colmo la televisión no paraba de vomitar escenas de violencia y muerte procedentes de todo el mundo, «a la cabeza» era lo que repetían cada pocos segundos, «a la cabeza».
Tuve que apagar la televisión porque me estaba desquiciando y no podía curar a mi esposo antes de llevarlo al hospital ya que sus heridas eran bastante profundas, pero durante esos escasos segundos mi marido murió.
No pude llorar ni siquiera veinte minutos ya que a los pocos minutos se abalanzó sobre mí, no pude hacer nada, me cogió tan desprevenida que cuando quise darme cuenta ya me faltaba un trozo de mi brazo izquierdo y enseguida supe lo que me iba a pasar, me convertiría en una de esas cosas zombies o como queráis llamarlas, incluso ahora siento como mi lucidez va desapareciendo, aunque no se si es debido a la transformación o a los tres whiskys dobles que me he tomado.
Quise escapar de la casa, irme, marcharme, largarme... pirarme, como dice mi hija, pero no podía dejar aquí a mi marido zombie, así que cogí su pistola y le pegué un tiro en la frente, cayó en el sofá de tal manera que casi esperé que cogiera el mando de la tele para poner el fútbol.
Seguía con la idea de marcharme pero se me apareció una imagen en la mente que no pude soportar, me vi a mi misma mordiendo a mi hija, así que me decidí acabar con mi vida, pero como no se si seré capaz he decidido encerrarme en el sótano para así evitar accidentes.
Hija mía, si lees esto, recuerda que tus padres te quisimos hasta el último segundo de nuestras vidas. Cuídate.
Te quiero, Mamá.
Cuando Daniel terminó de leer la carta, Susana abrió la puerta del sótano.
Sin decirle nada a Susana comenzó a apilar muebles contra la puerta y las ventanas del salón, no tenía muy claro hasta donde llegaban las fuerzas de los muertos vivientes pero tampoco sentía una imperiosa necesidad de comprobarlo. Una vez satisfecho, y otra vez sin decirle nada a la niña, comprobó el piso superior ya que no quería más sorpresas desagradables, ya que con una al día iba sobrado. En el piso superior no había nada, o al menos Daniel no encontró nada extraño, solo sintió un extraño escalofrío al entrar en la habitación de Susana. Entrar sin permiso en el cuarto de un muerto era una cosa, pero entrar en la habitación de una persona viva le parecía una falta de respeto, pero aún así miró debajo de su cama, al igual que en el dormitorio de los padres de la niña, donde tampoco encontró nada.
Una vez examinado el piso superior y quedando satisfecho del resultado obtenido, Daniel descendió de nuevo al piso inferior. Regresó junto a Susana, que aún continuaba llorando la muerte de su padre, Daniel, sin decir nada, observó con atención la habitación notando que excepto los muebles que él había movido para tapar las posibles entradas no había signo alguno de lucha, y en el piso superior tampoco había visto nada raro y eso le confundió totalmente.
-¿Como se va al sótano?-, Susana miró a Daniel con ojos vidriosos y sin comprender, -tu madre, dijiste que quizá estaba en el sótano, ¿donde está la puerta?.
Daniel no tenía la más mínima intención de bajar al sótano sin ningún arma, y como había perdido su «bate de la suerte» tuvo que improvisar, así que antes de bajar al sótano cogió un rodillo de la cocina, lo sostuvo en alto, y aunque no quedó muy satisfecho se conformó. Tenía que comprobar la casa entera para cerciorarse de que no corrían peligro alguno, si de paso encontraba a la madre de Susana perfecto, pero no era una de sus prioridades.
La puerta del sótano estaba bajo el hueco de la escalera del recibidor, escondida detrás de un enorme perchero y cuando Daniel intentó abrirla no cedió.
-Está cerrada-, aunque bien podría dar por sentado que el sótano estaba simplemente
cerrado Daniel, no quiso descartar que estuviera cerrado por dentro, era posible que la señora de la casa se hubiera encerrado para protegerse de lo que había en el exterior, no en vano se habían encontrado la puerta abierta y a su marido medio devorado.
Aunque no tenía ni idea de lo que podía haber allí debajo Daniel golpeó la puerta con suavidad, como queriendo hacer notar que era un ser humano y no un zombie devorador de carne humana.
-¡¿Hay alguien ahí debajo?!, ¡¿señora?!-, esperó unos segundos y al no recibir respuesta insistió.
-¡Señora, la casa está asegurada!, ¡he traído a su hija Susana, está sana y salva!-, no había respuesta.
Daniel comenzaba a perder la paciencia, por alguna razón su cabeza había decidido que la madre de Susana se encontraba ahí debajo y le cabreaba el que la dichosa mujer no le contestase, así que golpeó de nuevo la puerta, esta vez con energía y gritando.
-¡Señora, por última vez, tengo a su hija!, ¡y un coche!, ¡pueden venir las dos a mi casa si quieren, tengo alimento para más de un mes!-, nada más acabar la frase le dio una patada al pomo de la puerta, pero como Daniel no era Bruce Willis, no solo no derribó la puerta, sino que se lastimó el tobillo.
-¡Me cago en usted, señora!, ¡si no quiere salir que le den!-, le dijo a la puerta acercándose a tan solo dos centímetros de ella, y entonces alguien golpeó la puerta desde dentro, con tanta fuerza que estuvo a punto de golpear a Daniel en la nariz, el susto le hizo caer al suelo de espaldas con un gemido de terror, se arrastró alejándose de la puerta para luego levantarse y empuñar el rodillo.
-¡Niña!, ¡ven Niña!-, fuera lo que hubiese detrás de le puerta, ya no estaba vivo. Golpeaba la puerta con desesperación entre aullidos y barboteos repugnantes que ningún ser humano sería capaz de emitir.
-¡Niña ven aquí... joder!-, cuando Daniel se giró para llamar a Susana de nuevo ella ya estaba a su lado, ofreciéndole una hoja de papel.
-Esto estaba en el salón, al lado del... cadáver de mi padre-, lo dijo sin levantar la mirada del suelo.
Daniel cogió el papel y le echó una mirada por encima, luego miró a Susana con una sonrisa estúpida en los labios y luego leyó la nota detalladamente.
La Carta.
A aquel que lea esta carta, y deseando que no sea mi querida hijita:
No creo necesario contar que ha pasado, las noticias de la mañana ya lo contaron todo, o casi todo, por alguna razón, los muertos se están levantando y atacando a los vivos, no solo los atacan sino que se los comen y los transforman en uno de ellos, creando un círculo que solo tendrá fin cuando no quede ser vivo en la tierra.
Mi marido vio las noticias al poco de enviar a nuestra hija a casa de su amiga Elena, para que su padre las llevara a clase, y regresó contagiado, creo que le mordieron porque tenía marcas en la cara y en los brazos. Intenté curarlo pero enseguida le dieron unos horribles espasmos, intenté sujetarlo pero su fuerza era tanta que llegó a lastimarme, y para colmo la televisión no paraba de vomitar escenas de violencia y muerte procedentes de todo el mundo, «a la cabeza» era lo que repetían cada pocos segundos, «a la cabeza».
Tuve que apagar la televisión porque me estaba desquiciando y no podía curar a mi esposo antes de llevarlo al hospital ya que sus heridas eran bastante profundas, pero durante esos escasos segundos mi marido murió.
No pude llorar ni siquiera veinte minutos ya que a los pocos minutos se abalanzó sobre mí, no pude hacer nada, me cogió tan desprevenida que cuando quise darme cuenta ya me faltaba un trozo de mi brazo izquierdo y enseguida supe lo que me iba a pasar, me convertiría en una de esas cosas zombies o como queráis llamarlas, incluso ahora siento como mi lucidez va desapareciendo, aunque no se si es debido a la transformación o a los tres whiskys dobles que me he tomado.
Quise escapar de la casa, irme, marcharme, largarme... pirarme, como dice mi hija, pero no podía dejar aquí a mi marido zombie, así que cogí su pistola y le pegué un tiro en la frente, cayó en el sofá de tal manera que casi esperé que cogiera el mando de la tele para poner el fútbol.
Seguía con la idea de marcharme pero se me apareció una imagen en la mente que no pude soportar, me vi a mi misma mordiendo a mi hija, así que me decidí acabar con mi vida, pero como no se si seré capaz he decidido encerrarme en el sótano para así evitar accidentes.
Hija mía, si lees esto, recuerda que tus padres te quisimos hasta el último segundo de nuestras vidas. Cuídate.
Te quiero, Mamá.
Cuando Daniel terminó de leer la carta, Susana abrió la puerta del sótano.
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